sábado, 22 de noviembre de 2014

Nos sumamos a la Semana Europea de la Prueba del VIH

La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales, FELGTB, se suma a la celebración de la Semana Europea de la Prueba del VIH que del 21 al 28 de diciembre pretende recordar la importancia de conocer el propio estado serológico.

 Por lo menos 1 de cada 3 personas de los 2,3 millones que viven en Europa con el VIH no es consciente de ser VIH positivo, y de ahí surge la iniciativa de promover a nivel continental una Semana Europea de la Prueba del VIH que anime a más personas a hacerse la prueba y fundamentalmente garantizar que cada vez más personas en Europa sean conscientes de su situación referente al VIH.

 Un diagnóstico temprano hace más probable una buena respuesta al tratamiento y una vida larga y saludable, y reduce la probabilidad de trasmisión a terceras personas. Sin embargo,  hasta un 50% de las personas con VIH son diagnosticadas tardíamente (48% en España). El diagnóstico tardío aumenta con la edad, ya que en España la cifra aumenta del 31% entre los jóvenes de 15 a 19 años, al 66% entre los mayores de 49.

 A nivel europeo, es necesario abordar las cuestiones sociales, políticas o legales que dificultan las políticas de diagnóstico precoz e implementar criterios de calidad para ofrecer estos test de forma gratuita, confidencial y voluntaria, así como reducir el estigma asociado al VIH que hace que muchas personas eviten las pruebas.

 En Europa Occidental la mayoría de las nuevas transmisiones del VIH se producen en el contexto de una relación sexual entre dos hombres (39%) lo que hace más importante aún que los colectivos LGTB se impliquen en la promoción de la prueba del VIH.

 “Hay gente a la que le da miedo hablar de VIH, plantearse siquiera la posibilidad de tenerlo o que socialmente se le relacione con él, un estigma que muchas veces toma forma de homofobia, y supone una dificultad para el acceso a la prueba. La responsabilidad de la sociedad civil, las administraciones públicas y los organismos internacionales es empujar juntas contra los prejuicios sobre el VIH fundamentalmente por una cuestión de justicia y derechos humanos, pero también de salud pública”, ha destacado Santiago Redondo, coordinador del Área de Salud Integral y VIH de la FELGTB.


jueves, 20 de noviembre de 2014

20-N: Día Universal del Niño


Los derechos del niño son un conjunto de normas de derecho internacional que protegen a las personas hasta determinada edad. Todos y cada uno de los derechos de la infancia son inalienables e irrenunciables, por lo que ninguna persona puede vulnerarlos o desconocerlos bajo ninguna circunstancia. Varios documentos consagran los derechos de la infancia en el ámbito internacional, entre ellos la Declaración de los Derechos del Niño y la Convención sobre los Derechos del Niño.


Más información aquí

lunes, 10 de noviembre de 2014

Intolerancia excluyente

Con profunda tristeza escribo esta breve reflexión. He dejado que pasara el tiempo suficiente para que mis sentimientos de indignación y rabia se calmaran; sin embargo, la tristeza y la pena permanecen. Tristeza y pena por el modo en que las iglesias presentes en la última Asamblea extraordinaria del Consejo Evangélico de Madrid, celebrado el pasado 7 de Octubre, han actuado.

Me pregunto si estas iglesias, queriendo dar testimonio de su amor por el evangelio de Jesús, no lo han menospreciado.

Desde mi punto de vista, al actuar como lo han hecho, ponen de manifiesto, no la verdad del evangelio de Jesús, (que es una verdad que nadie posee, pues es una verdad que todos sus discípulos perseguimos en el amor – Ef.4,15 ), sino una gran pobreza teológica, eclesiológica y ética.

Y como lo que pretendo con este breve artículo es suscitar el diálogo y la reflexión, no voy a analizar extensamente estos tres aspectos que he mencionado, sólo intentaré resaltar lo esencial de los mismos, dejando para un hipotético encuentro posterior, y en otro ámbito de comunicación, su estudio en profundidad.

Pobreza teológica. Como muy bien dice Máximo García en otro artículo publicado en Lupa protestante, se tardaron siglos en definir la doctrina de la Trinidad, y el resultado final fue fruto, entre otras cosas, de un gran esfuerzo de discusión y deliberación. Pues bien, utilizar un adverbio u otro es de suma importancia, y el que ha elegido el C.E.M. resulta, como mínimo, entristecedor; y copio el texto de su página web:

“Somos trinitarios en cuanto considerar la Trinidad como verdad central sobre la naturaleza de Dios, un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

¿Cómo entender que el Padre existe simultáneamente como Hijo y Espíritu?, ¿y que el Hijo existe simultáneamente como Padre y Espíritu?, ¿y el Espíritu existe simultáneamente como Padre e Hijo?

Las definiciones teológicas no pueden ser fruto de la precipitación ni de la improvisación, y mucho menos subordinarlas a una disputa eclesial, y manipularlas como si de una ley penal se tratasen. ¡Qué tristeza!

Y qué tristeza de formulación. Decir que Dios existe “simultáneamente” en tres personas es subordinar a Dios al tiempo; mucho más correcto hubiera sido decir “eternamente”; ¿o es que la Trinidad es sólo la naturaleza de Dios “en el tiempo”? En esa misma dirección apunta el uso de la palabra “existir”: ¿nadie, en esa reunión, tenía conocimientos teológicos suficientes como para “alertar” de la pobreza e insuficiencia del uso de palabras temporales para hablar de Dios? Sospecho que no era ese el problema, que había personas con esos conocimientos; sospecho que lo más probable es que, lo que no estuviera presente en esa reunión, fuese un espíritu de “búsqueda de la verdad en el amor”.

Pobreza eclesiológica. No ya sólo porque, como muy bien apunta Máximo García en el artículo citado anteriormente, una estructura organizativa creada para fomentar la colaboración de las iglesias ha pretendido convertirse en una estructura eclesial, al estilo jerárquico católico-romano, (es lo que tiene combatir al “enemigo”, que uno termina imitando lo peor del mismo); sino porque incluso, como práctica eclesiológica atenta a los principios del evangelio, es de una gran pobreza moverse, como lo ha hecho el C.E.M. en esa asamblea, según los principios de “la dictadura de las mayorías”.

¿Desde cuándo las iglesias que siguen a Jesús han intentado resolver sus diferencias teológicas y éticas del modo en que lo ha hecho el C.E.M.? Nunca; no, al menos, las iglesias que se dejan guiar por el Espíritu de Jesús.

Lo que Jesús ensenó a sus discípulos fue a poner la unidad por encima de las diferencias, a valorar al todo por encima de las partes, a aceptar la complejidad de la realidad de la comunión por encima de los ideales de pureza “doctrinal”. El espíritu de la oración de Jesús sobre la unidad de los discípulos, “que sean uno”, creo que “ha brillado por su ausencia” en esa reunión.

Y una vez más creo que se pone de manifiesto una de las más graves carencias de nuestras iglesias: una profunda reflexión sobre el gran valor de la unidad que nos viene del evangelio de Jesús.

¿Hemos entendido lo que significa que el evangelio de Jesús nos propone una eclesiología de comunión? Sólo una eclesiología de comunión permite a cada iglesia ser libre y responsable frente a su Señor y, desde esa libertad y responsabilidad, relacionarse con las demás.

Pues bien, el C.E.M. ha menospreciado esa libertad y responsabilidad de cada iglesia frente a su Señor, y ha pretendido situarse entre el Señor y algunas iglesias, a las que pretende imponer una determinada doctrina o visión ética, ignorando los más elementales principios eclesiológicos que nos propone el evangelio de Jesús.

Eclesiología “de cuartel”, jerárquico-impositiva, parece el calificativo más apropiado para describir el modo de entender la comunión entre las iglesias que ha puesto de manifiesto el C.E.M. con su modo de enfrentar las diferencias entre las iglesias.

¿No hubiera sido más evangélico proponer, que no imponer, a nuestros hermanos que bautizan sólo “en el nombre de Jesús”, un proceso de diálogo, un ejercicio de verdadera comunión, mediante el cual ayudarles a entender que el bautismo “en el nombre de Jesús” era sólo una práctica inicial de algunas de las primeras iglesias cristianas, que después profundizaron en su práctica bautismal y llegaron a integrarse en “la Gran Iglesia”, que bautizaba en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?

Al menos esto es lo que nos enseña la historia de la formación de “la Gran Iglesia”, en los primeros tiempos de la historia del movimiento de Jesús. Algo que hoy en día, se ha estudiado en profundidad y sabe todo aquel que tenga un mínimo conocimiento de este proceso.

El C.E.M. ha ignorado y menospreciado esta eclesiología de comunión que permitió el desarrollo, crecimiento y comunión de iglesias diversas, tanto en lo teológico como en lo ético, y que desembocó en la formación de “la Gran Iglesia”, lo que ha permitido que el evangelio llegue hasta nuestros días, a pesar de los graves pecados que han asolado a las diversas iglesias de Jesús a lo largo del tiempo.

Pobreza ética. Intentar deshacer el “nudo gordiano” de la homosexualidad con la “espada afilada” de las mayorías, solo sirve para poner de manifiesto una gran pobreza ética.

También en lo ético es necesario el diálogo y la comunicación entre las diversas posturas existentes hoy en día en las iglesias.

¿A cuántas iglesias, a cuántos teólogos, con una visión diferente a la suya, ha permitido el C.E.M. exponer sus razones teológicas, éticas y bíblicas, antes de pronunciarse en el sentido en que lo ha hecho? ¿o más bien esta “imposición” es fruto del miedo y de la inseguridad acerca de los fundamentos de su propia visión?

Esta imposición ética sobre la homosexualidad, ¿es fruto de un proceso paciente y sereno de discernimiento, o es más bien el resultado de la cerrazón y la ceguera…? y es que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Me temo que nadie podrá informarme de esas extensas deliberaciones teológicas, éticas y bíblicas que posicionarse sobre “el nudo gordiano” de la homosexualidad exigen; y que una vez más el C.E.M. habrá actuado movido, no por su amor al evangelio de Jesús, sino por el miedo y la inseguridad ante el diferente.

Pobres motivaciones para abordar un tema tan importante y de tanta trascendencia, y en el que están en juego, no sólo los derechos de personas marginadas y despreciadas durante toda la historia, sino la comunión con otras iglesias.

Al levantar “murallas”, posiblemente podamos sentirnos más seguros y tranquilos, pero por desgracia, muchas veces no nos damos cuenta de que lo único que consiguen las murallas es proporcionarnos la seguridad y la tranquilidad “de los cuarteles”, o la seguridad y la tranquilidad “del gueto”.

Las iglesias participantes en esa reunión del C.E.M., al intentar excluir a una iglesia minoritaria en España como es la I.E.E., ¿no se están excluyendo a sí mismas de la mayoría de iglesias europeas?

Basta conocer un poco el modo en que las iglesias en Europa vienen trabajando sobre este tema desde hace años, y aún continúan haciéndolo, tanto desde un punto de vista bíblico y teológico, como ético y pastoral, para sumirse en la más profunda de las depresiones.

Sólo quiero poner un ejemplo, pues conozco bien a las iglesias en Italia: el modo de actuar del C.E.M. va en la dirección de excluir de “su” comunión a las iglesias valdenses, metodistas y bautistas en Italia. Un ejemplo cercano en el que podría “haberse mirado”. Lo que le habría permitido vivir la verdadera unidad de las iglesias de Jesús, una unidad que no es uniformidad, sino unidad en la diversidad, lo cual es verdadero testimonio del amor de nuestro Señor.

Es evidente que el modo de actuar del C.E.M. en esa reunión es testimonio de otra cosa.

Por Juan Sánchez en Lupa Protestante

viernes, 7 de noviembre de 2014

Conoce el Consejo Mundial de Iglesias

La Iglesia de la Comunidad Metropolitana es observadora oficial del Consejo Mundial de Iglesias (CMI). De ahí que nos parezca muy interesante el material que ha publicado el CMI de cara a dar de conocer su historia y objetivos. Lleva por título “Una peregrinación de justicia y paz”.   

jueves, 6 de noviembre de 2014

Oikoumene – Ecumenismo: Perspectivas actuales de las Iglesias

1.0 Preliminares

El propósito de estas líneas es reflexionar sobre el ecumenismo como una realidad teológica, pastoral y eclesial urgente, desde una mirada católica. Asumir la tarea constante del diálogo entre las Iglesias cristianas es un proyecto que nace del mismo Evangelio de Jesucristo, quien antes de padecer pide al Padre por la unidad de los creyentes de acuerdo con la comunión que existe entre el Padre y el Hijo, y que se manifiesta en el Espíritu Santo.

El recorrido que haremos será uno que considera el acontecimiento del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) como una verdadera primavera eclesial, un momento de aggiornamento o renovación que propuso una forma de ser y de hacer Iglesia desde el diálogo con el mundo moderno. Y fue ecuménico, justamente porque integró a una gran parte de las Iglesias cristianas no católicas, mostrando así una opción pastoral adecuada a la voluntad de Jesucristo.

Al mismo tiempo, se mostrarán algunos elementos que, a nuestro juicio, son indispensables para vivir una buena praxis ecuménica, entre los cuales resaltan el diálogo, la oración conjunta y el trabajo teológico y pastoral, especialmente en la promoción de valores humanos y cristianos con un compromiso claro con los más pobres.

Finalizaremos esta reflexión cuestionándonos los desafíos que el Chile actual impone al ecumenismo y que espera de una forma continuada una respuesta de las Iglesias, cuya condición ineludible deberá ser un diálogo fraterno que no anatematice al supuesto contrincante.

2.0 El acontecimiento del Concilio Ecuménico Vaticano II

Sin duda, el Concilio Ecuménico Vaticano II constituyó una verdadera primavera eclesial para toda la Iglesia. Según las memorias que relatan cómo el Papa Juan XXIII comenzó a fraguar la idea del Concilio, se dice que estando en su despacho abrió la ventana y entró un aire fresco. Era eso lo que la Iglesia necesitaba. De una actitud de condena se pasó a una relación dialogante y fraterna con el mundo moderno y con las demás Iglesias cristianas.

A juicio de Joseph Ratzinger, el ecumenismo representó “el tercer gran movimiento con que el Concilio ha penetrado en la conciencia de la Iglesia y ha comenzado a imprimir un sello en la fisionomía del catolicismo”i Así, el 21 de Noviembre de 1964, con Pablo VI a la cabeza de la Iglesia y como continuador del Concilio, después del fallecimiento de Juan XXIII en 1963, se promulga el Decreto Unitatis Redintegratio (UR) sobre el Ecumenismo. El porqué de la presencia de UR en la totalidad de los documentos conciliares se debe a que en las propuestas llegadas de todo el mundo aparecía de una forma muy clara la necesidad del diálogo y la unión con las Iglesias separadas.

De esta manera, “promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio ecuménico Vaticano II” (UR 1). A juicio de UR, la división existente entre las Iglesias y denominaciones cristianas “contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres” (UR 1). No obstante, el Concilio sabe que en varias partes del mundo se están realizando esfuerzos para volver a la unidad de los cristianos, y por ello él “mira con alegría todas estas aspiraciones, y después de haber expuesto la doctrina acerca de la Iglesia, movido por el deseo de restablecer la unidad entre los discípulos de Cristo, quiere proponer a todos los católicos los medios, los caminos y las formas con los que puedan responder a esta vocación y gracias divinas” (UR 1).

3.0 Elementos para vivir el Ecumenismo:

Por la extensión de este artículo, no podemos entrar en más dimensiones del ecumenismo, por ello hemos creído conveniente resaltar sólo las que el Concilio propone como lugares más propicios para el encuentro entre todos los discípulos de Cristo.

3.1 El diálogo

El diálogo constituye una característica propia del ser humano. Él es el ser del lenguaje y de las relaciones interpersonales. Es más, la misma Revelación se comprende como un momento dialógico entre Dios y el hombre reunidos en un Pueblo. Lo que favorece el diálogo es “superar la división y acercar a la unidad” (UUS 29)ii. El diálogo constituye una necesidad y una prioridad para la Iglesia, y se incentiva constantemente el espíritu del encuentro respetando siempre la libertad religiosa de cada uno de los participantes. La UR 4 sostiene que el diálogo posee una importancia esencial, ya que favorece la mayor y mejor colaboración en la búsqueda del bien común, exigencia de la conciencia cristiana.

3.2 La oración conjunta

Una de las actitudes transversales en cuanto a la práctica del ecumenismo es la oración conjunta, la cual supone una paulatina conversión del corazón. La oración privada o pública por la unidad de los cristianos “ha de considerarse como alma de todo el movimiento ecuménico y con toda verdad puede llamarse ecumenismo espiritual” (UR 8). Es más, en el mismo Evangelio Jesucristo invita a orar constantemente y a saber que donde dos o tres están reunidos en su nombre, Él está en medio de ellos (Mt 18,20). Si Jesús antes de padecer oró al Padre por la unidad de los creyentes, él lo continúa realizando e invita a que sus hermanos lo imiten. A lo que la oración conduce es a poder “mirar con ojos nuevos a la Iglesia y al cristianismo” esto porque la “oración ecuménica está al servicio de la misión cristiana y de su credibilidad” (UUS 23).

3.3 El trabajo teológico y pastoral

Una tercera actitud o dimensión que queremos rescatar es el trabajo teológico y pastoral. El Concilio invita a que “las instituciones teológicas y las demás disciplinas, especialmente las históricas, se enseñen también bajo el aspecto ecuménico, para que respondan con mayor exactitud a la realidad” (UR 10). En cuanto a la expresión y a la exposición de la doctrina de la fe, el Concilio propone que ésta nunca se convierta en “obstáculo para el diálogo con los hermanos” (UR 11). Se busca que el lenguaje teológico y pastoral sea cercano y comprensible para todos. La búsqueda común de los discípulos de Cristo debe ser la única verdad por medio de la caridad y de la humildad. El fundamentalismo, por tanto, no tiene cabida en una verdadera y sana práctica ecuménica.

4.0 Que sean uno: Desafíos actuales para nuestra historia y para nuestras Iglesias

Juan Pablo II en Ut Unum sint sostenía que la oración común era uno de los principales motivos de la credibilidad cristiana (UUS 23). En nuestra historia reciente se han dado pasos importantes en cuanto a la vivencia del ecumenismo. Hay que hacer una memoria agradecida de todos aquellos pastores y pastoras evangélicas y de otras denominaciones cristianas que, en tiempos complicados y difíciles para los pueblos de nuestro mundo, optaron proféticamente por la Defensa de los Derechos Humanos y por opciones por los más pobres, por los excluidos, por los sin voz.

El desafío es aún más grande: La voluntad de Jesús de que sus hermanos sean uno así como Él y su Padre son una sola cosa, sea un proyecto y una tarea constantes. Quiera Dios que, en la historia actual de las iglesias, los creyentes podamos vivir unidos respetando siempre nuestras legítimas diferencias.

Por Juan Pablo Espinosa Arce en Lupa Protestante

domingo, 26 de octubre de 2014

sábado, 25 de octubre de 2014

Religión y sexualidad

“¿Sexualidad y religión forman buena pareja?”. Así se anunciaba un debate en el que participé el pasado mes de agosto en Larzac, bellísimo altiplano de Occitania (Francia), donde pastan miles de ovejas y se fabrica queso Roquefort.

Podría decirse, siguiendo con el símil, que sexualidad y religión se llevaron bien al principio, durante mucho tiempo, hasta que la segunda quiso someter a la primera. La sexualidad se sentía habitada por el Misterio Sagrado: la presencia del otro, el placer del encuentro, el milagro de la nueva vida que nace. Pero también se sentía rodeada de amenazas: no hay relación sin conflictos ni hay vida sin muerte.

El conflicto y la muerte son el precio de ese maravilloso invento de la Vida –maravillosa aventura– que es la sexualidad en orden a crear nuevas formas y especies de vida cada vez más complejas; las células que se multiplican reproduciéndose a sí mismas son inmortales, pero nunca pasan de ser perpetua repetición de lo mismo. Y la Vida busca novedad y evolución, pero también desea la difícil armonía de las partes, y no quiere ser devorada por la muerte. Así pues, como la vida misma, la sexualidad está rodeada de misterio y de peligros. Y ambos la llevaron a acercarse a la religión.

¿Y la religión? La religión fue “al principio” una fuente de aliento, más que un sistema religioso. Un ámbito sagrado de comunión, un horizonte de confianza, un camino amplio y libre para acceder a los bienes más excelsos que la Vida intuía en el fondo de su aventura sexual: la dicha de la relación y la plenitud de la vida sin fin. Cuando digo “al principio”, no me refiero a un tiempo, sino a la hondura de la Vida.

La religión fue infiel a sí misma: se olvidó de ser atención, cuidado, aliento, y se volvió sistema. Las religiones se volvieron fortalezas de poder patriarcal, guardianas del orden, autoritarias y celosas. Quisieron controlar la sexualidad y someterla a sus creencias y supersticiones, a sus normas y tabúes, y reducirla a simple función de la reproducción, mirando con recelo, cuando no condenando, todo placer sexual que no se orientara a la reproducción. “Entonces”, la sexualidad rompió con la religión y la expulsó de su casa –su templo de carne–. Y así es en nuestros días. Todavía hoy, cuando la sexualidad se ha liberado incluso de la función reproductiva, las religiones se empeñan por todos los medios en seguir ejerciendo el control sobre ella, pero ya no lo consiguen más que en reductos marginales de un mundo pasado. La sexualidad ha roto con los sistemas religiosos, porque los sistemas religiosos han roto con la vida.

En el debate de Larzac se proyectó primero el film israelí Kadosh. Narra la tragedia de dos hermanas del barrio judío ultraortodoxo de Jerusalén. La mayor, Rivka, está casada con Meir, y no tienen hijos; el rabino decide que la Torah obliga a Meir a repudiar a su esposa, dando por sentado que la esterilidad es cosa de la mujer y que una mujer estéril es un cántaro rajado, inútil. La pequeña, Milka, está enamorada de Jakob, pero es obligada a casarse con Joseph, un joven rabino. Dos mujeres rotas. Solo podrá sobrevivir la que se rebele contra ese orden religioso fundamentalista, asfixiante.

“Me ahogo”, dice Milka. Deja la familia, sale de Jerusalén. Al fondo se divisa la conocida vista panorámica: la explanada del antiguo templo judío, la Cúpula Dorada y la mezquita Al-Aksa, las torres de las basílicas cristianas. ¿Qué es, pues, realmente Kadosh, santo? Es aquello que permite respirar. Es el amor, con transgresión incluida.
¿Pero cómo es que las religiones han acabado queriendo someter la sexualidad hasta asfixiarla, declarándola impura? “Al principio” no fue así, sobre todo en las grandes religiones monoteístas.

¿No leemos en la Biblia judía el Cantar de los Cantares, tan bello y desinhibido y tan poco “religioso”? ¿No ha reconocido el cristianismo en el amor carnal un sacramento de “Dios”? ¿No han exaltado los poetas musulmanes el erotismo más refinado en los tonos más líricos?

Pero no basta con apelar a los orígenes o a los textos sagrados, pues en los orígenes de todas las grandes religiones y en sus textos sagrados están presentes también el machismo, la homofobia y la repulsa del sexo. Las religiones deben eliminar esos y otros residuos de un mundo pasado, aunque “esté escritos” en sus textos sagrados. Solo así podrán volver a su verdadero “origen”, inspirarse en la Vida e inspirar vida.

Por José Arregi en Redes Cristianas

viernes, 24 de octubre de 2014

Sobre la increíble historia de la intolerancia


Una vez más volvemos sobre el inmortal poema del pastor protestante alemán Martin Niëmoler:

Primero vinieron a buscar a los comunistas,
Pero no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron a por los judíos,
Y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron a por los sindicalistas,
Y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron a por los católicos,
Y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron a por mí,
Pero para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Yo no soy ni comunista, ni judío, ni sindicalista, ni católico. Tampoco soy homosexual. Soy, como Niëmoler, protestante. Pero, por encima de cualquier otra cosa, me identifico como persona, dispuesto a renunciar a cualquier otro apellido que pretenda desvincularme del colectivo de personas con las que me cruzo por la calle, comparto plaza en el autobús, coincido en el super haciendo la compra o me congrego los domingos.

A lo largo de mi vida he sido, o he trabajado en muy diversos oficios: administrativo, pastor bautista, profesor, jefe de personal de una gran empresa, asesor de empresas, escritor y, por no hacer esta referencia excesivamente prolija,  he estado al frente de algunas entidades religiosas, entre otras, como secretario ejecutivo y presidente del Consejo Evangélico de Madrid (CEM) durante un buen número de años, a título absolutamente honorífico, en lo que a salarios se refiere.

Hecha esta necesaria presentación para saber en que terreno nos movemos, quiero dejar constancia de mi total repudio a que entidades como el CEM, un organismo de configuración no eclesial sino administrativa, creado para representar y gestionar ante la Administración al amplio espectro de las iglesias protestantes, haya derivado su gestión hacia derroteros en los que jamás pensé que pudiera caer.

Hablamos de una entidad que fue promovida por la federación que aglutina a todo el protestantismo español, en su base original formada por iglesias históricas, como la IERE, la IEE, la UEBE, las Asambleas de Hermanos y otras que se habían ido añadiendo con el paso del tiempo, mostrando de esa forma su pluralidad y vocación integradora; un organismo que tuvo el arrojo de afrontar una crisis interna por reiterar su identidad abierta, admitiendo en su seno a las iglesias adventistas, cuando los radicales de siempre se oponían frontalmente (incluso a costa de sufrir la baja de alguno de ellos); un cuerpo federativo que no ha mostrado reparo en admitir como miembros con pleno derecho a congregaciones fronterizas identificadas con exorcismos y prácticas eclesiales extremas, muy distantes de la ortodoxia histórica protestante; un cuerpo no eclesial, repetimos, sino administrativo y de gestión, que en el único congreso que ha celebrado tuvo la sensibilidad de unir en su lema, con clara intencionalidad integradora, los términos evangélico y protestante, para que nadie se sintiera excluido.

Pues bien, esta entidad, organismo, federación o ente representativo de iglesias, que no iglesia, ha invadido la esfera de las iglesias que la integran para definir, como si de un concilio se tratara, aspectos de fe y práctica, con la no confesada intencionalidad de expulsar de su seno a quienes no se identifican con la ortodoxia radical y sectaria de algunos de sus dirigentes que, a juzgar por lo acordado, deben ser mayoría.  En este caso su campo de batalla se ha centrado en la doctrina de la Trinidad (tema que a los padres de la Iglesia les costó algunos siglos definir) y con las iglesias que asumiendo el mandato evangélico de no hacer acepción de personas, admiten con pleno derecho en sus congregaciones a quienes se manifiestan como homosexuales. “¿Quién soy yo para juzgarlos?”, respondió el papa Francisco a un grupo de periodistas que le pusieron en el aprieto de hacer juicio sobre los gays. Pero los ultraortodoxos evangélicos que se avergüenzan de ser conocidos como protestantes, sí se sienten capaces de hacerlo, aunque sea en ámbitos impropios.

Las iglesias, cada una de ellas, están en su derecho de elaborar la doctrina y las prácticas inclusivas o excluyentes que consideren oportunas y que afecten a su propia congregación, denominación o confesión religiosa, pero una federación como es el CEM no tiene ningún derecho a hacerlo, al margen de la opinión que sobre el tema pudiera tener el papa Francisco o el que esto escribe. Hoy lo hacen en torno a un tema de gran enjundia teológica o sobre un asunto de moral que, como su propia raíz indica, mor- moris, es, o puede ser, algo cambiante; mañana lo harán por la forma en la que se practica el bautismo y si ha de ser de infantes o de adultos, o como se administra y qué sentido tiene la santa cena, o a causa de la forma en que se gestiona una iglesia, o por no aceptar o aceptar determinadas formas de bautismo del Espíritu Santo, o por ser o dejar de ser de orientación carismática, etcétera, etcétera.

Siempre podemos decir: no pasa nada. Yo estoy en una iglesia ortodoxa, que no se sale de los cauces conservadores. Yo estoy seguro. Pero lo único seguro es que, ante el silencio de quienes deberían elevar un grito de rabia y rebelarse contra los fanatismos excluyentes, ninguno de nosotros estamos realmente seguros.

Por Máximo García Ruiz en Lupa Protestante

domingo, 19 de octubre de 2014

El silencio de Dios

El silencio es el vacío que posibilita lo pleno. Todo lo lleno anhela el vacío para no quedar saturado de sí mismo. El silencio de los sentidos, de los deseos, de la mente El silencio que nos devuelve el estado prístino de ser, de simplemente ser en el Ser. (Javier Melloni)

En la conocida oración del Getsemaní (Mc 14.32-36), Jesús pone en evidencia sus mas hondos sentimientos. Angustia y tristeza de muerte. Es desde allí que pide al Padre (al Abba, al “papito”) que le haga pasar esa copa de inigualable sufrimiento. En este hecho hay dos cosas a resaltar. Primero, el mismo hijo de Dios muestra lo más profundo de sí, siendo transparente con aquello que le aquejaba. Pero en segundo lugar, llama la atención el silencio del Padre. Jesús nunca recibió respuesta. Por eso exclamará un tiempo más tarde, tendido en la cruz: Elohi, Elohi,lĕma’ šĕbaqtani (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mt 27.46)

Existen muchas historias en el texto bíblico que muestran el silencio de Dios ante diversas circunstancias o decisiones. La tendencia generalizada es vincular esta acción divina con momentos de sufrimiento. Es en esas situaciones donde se pide la intervención divina para poder encontrar la solución ante la desdicha. Y con ello –como lo muestra la ya popular imagen en películas y representaciones varias- el clamor por la explicación: “¡¿por qué?!”

Deseo detenerme en esta última pregunta. ¿Por qué los “porqués” aparecen en momentos de desesperación y sufrimiento? ¿Es acaso solo un clamor de exasperación? Creo que dicho interrogante refleja algo aún más profundo, parte de nuestra finitud humana: los porqués devienen de la falta de control sobre una situación. Reflejan nuestra carencia de omnipotencia. Explicar una situación, su origen, sus características, sus funcionamientos, sus propósitos, nos permiten dominarla. Por ello, la falta de explicación y conocimiento implican carencia de control.

De aquí podríamos comprender el tema del silencio en Dios desde otro ángulo: éste no se manifiesta sólo en momentos de sufrimiento sino que es algo constitutivo del ser.

Vivimos en un tiempo de saturación: aturdidos por la inabordable información en internet, redes sociales y portales de noticias; por una agenda cargada de actividades y trabajo; por una multitud de expectativas impuestas por otros sobre nuestras espaldas, para alcanzar resultados, estatus y poder. El silencio no encuentra lugar. El silencio es pérdida de tiempo. El silencio nos desenfoca de una meta que debemos cumplir, aunque nunca la pedimos ni buscamos.

¿Por qué esta resistencia al silencio? Precisamente porque, muchas veces, paradójicamente, el silencio aturde. Cuando las voces que saturan de afuera se callan, emerge ese vacío que nos permite ver, sentir y oír más allá. Surgen las voces de lo profundo, que manifiestan nuestras inquietudes, deseos, preguntas y más hondas dudas. El silencio implica darse lugar para cambiar, para moverse. Y ello es, precisamente, una de las cosas más tenebrosas de la vida. Mejor seguir aturdido, para no dar lugar a lo desconocido.

El silencio implica reconocer que no lo sabemos todo, y por ello no tenemos el control sobre las cosas que acontecen. Nada más desesperante que dar cuenta de nuestra finitud. Que las sendas, caminos y opciones que nos representan -aunque llenas de palabras, formas y explicaciones- pueden ser distintas. Ningún murmullo puede acabar con el silencio necesario para hablar otras cosas y escuchar lo desconocido.

El silencio es parte constitutiva de Dios, quien no da explicaciones de todas las cosas. Ni siquiera podemos conocer lo divino en su plenitud, ya que no da cuenta de todo lo que sucede en la historia. Siempre se presenta como paradoja.

Dios es logos (palabra) Pero para que haya logos, primero hubo kenosis(“vaciamiento”, Fil 2.7)

Esta kenosis da lugar a nuevas enunciaciones. Primero, en ese encuentro paradójico con lo divino en la finitud de la historia nos permite “darle palabras”, como en el encuentro de los discípulos de Juan el Bautista con Jesús al preguntarle: “¿eres tú al que estamos esperando?”, a lo cual éste responde: vean y cuenten (Mt 11.1-6) Jesús pudo haber contestado directamente, pero decidió no hacerlo sino dar lugar al apalabrar de los mismos discípulos.

El silencio da lugar a conocer a Dios, y en ese apalabramiento de lo divino nos apalabramos a nosotros/as mismos/as.

Por otro lado, el silencio posibilita conocer a Dios de diversas formas. Esto significa que silencio es equivalente a misterio. La dimensión mistagógica de lo divino, lejos de hacerlo un ente abstracto y lejano, abre la puerta para que, desde ese silencio inherente a la plenitud de su Ser, podamos conocerle de las formas más inesperadas y coloridas. Como bellamente lo dijo la Madre Teresa:

A Dios no lo podemos encontrar en medio del ruido y la agitación. La naturaleza, los árboles, las flores y la hierba crecen en silencio; las estrellas, la luna y el sol se mueven en silencio… Es necesario el silencio del corazón para poder oír a Dios en todas partes, en la puerta que se cierra, en la persona que nos necesita, en los pájaros que cantan, en las flores, en los animales.

Aprendamos a vivir la vida en este silencio que acalla las voces que aturden en su espectáculo, para dejarnos llevar por los susurros de los bellos detalles que inundan nuestro alrededor, y que aún desconocemos (¡y que llevaremos toda la vida descubriendo!)

Vivir en el silencio es aprender que todo puede ser distinto, que siempre hay algo nuevo por experimentar, aprender y poner en diversas voces. Las palabras ponen fronteras. El silencio abre el espacio hacia horizontes aún desconocidos.

Vivir en silencio es aprender a ser humildes al reconocer que no tenemos la comprensión total de las cosas. Por ello, el silencio es una instancia de deconstrucción de aquello que se presenta como único, acabado y absoluto. Las palabras que aturden no permiten ver más allá. La humildad del silencio nos abre a lo diferente.

Vivir en silencio es aprender a vivir en comunidad, ya que el silencio representa ese espacio de desconocimiento que me permite acercarme a mi prójimo, para descubrirle y descubrirme con él/ella en esa presencia compartida.

Vivir en silencio implica amarnos a nosotros/as  mismos/as, al escuchar aquellas voces en nuestra profundidad que nos inquietan, nos desafían y nos asustan, sabiendo que tenemos una historia y que poco a poco la seguimos construyendo, sin saber por completo lo que viene sino tanteando y probando, pero siempre avanzando según los leves susurros nos indiquen.

Por Nicolás Panotto en Lupa Protestante