lunes, 23 de marzo de 2015

Jesús y el “chico” del homosexual: Mt 8, 5-13

El teólogo y biblista Ariel Álvarez Valdés acaba de publicar un artículo en la revista Criterio del mes de marzo, donde afirma que Jesús habría hecho un milagro a un homosexual, sin inmiscuirse en su vida privada, ni censurarlo por su actitud.

A lo largo de su escrito, el reconocido exegeta realiza una interpretación del milagro de Jesús al centurión de Cafarnaúm, tal como aparece en el Evangelio de Mateo, y analiza el trasfondo de los términos griegos empleados en la narración, concluyendo que el joven por el cual el militar solicita un milagro era su pareja.

Luego compara este mismo relato con las versiones paralelas del milagro en los Evangelios de Lucas y de Juan, resaltando los numerosos cambios que debieron realizar estos otros autores.

El artículo analiza la composición tanto del ejército romano como del ejército herodiano, que estaban asentados en Palestina en tiempos de Jesús, y aporta testimonios literarios extrabíblicos sobre la vida de los centuriones.

Aduce también importantes testimonios arqueológicos que refrendan su postura.

Finalmente el Dr. Álvarez Valdés concluye que la Iglesia ha condenado injustamente a los colectivos homosexuales en nombre de Jesús de Nazaret, algo que no se desprende de los Evangelios.

sábado, 21 de marzo de 2015

Iglesias abiertas e inclusivas: ICM

La historia de las Iglesias Comunitarias Metropolitanas (ICM) comienza con un Pastor expulsado de su iglesia pentecostal debido a su homosexualidad. Intentó suicidarse, pero luego tuvo el valor de creer en el amor y justicia de Dios para todos los seres humanos. El Reverendo Troy Perry, que tenía veintisiete años de edad, se sintió llamado por Dios para fundar una iglesia que adoptara a los gays, las lesbianas y demás minorías sexuales.

El día 6 de octubre de 1968 Perry celebró la primera misa con once hombres y una mujer en lo que después se convertiría en la “Metropolitan Community Church” de la Ciudad de Los Ángeles. Presagiando la diversidad que florecería en las siguientes décadas, la congregación de esa mañana abarcaba a personas de origen protestante, católico y judío, incluyendo a una persona de color (un latino), un judío y una pareja heterosexual. Durante las siguientes décadas, el Reverendo Perry recibió un sin fin de premios sobre los derechos humanos y guió a la iglesia hacia su crecimiento y madurez.

Todas las personas LGTB (homo, trans y bisexuales) y las heterosexuales están invitadas a experimentar el evangelio de Jesucristo en las Iglesias Comunitarias Metropolitanas que promueven la reconciliación y afrontan las injusticias relacionadas con la homofobia, el sexismo, el racismo y la pobreza a través de acciones sociales cristianas. Caracterizan sus celebraciones la Comunión abierta para todos, la combinación de distintas tradiciones cristianas, la gran alegría por parte de la congregación y el Mensaje proclamado.

Han estado y siguen estando a la vanguardia de los movimientos civiles, incluyendo los esfuerzos realizados a mediados de la década de los 90 para abolir la discriminación de las lesbianas y los gays dentro del ejército de los Estados Unidos de Norteamérica, la respuesta a la violación de los derechos humanos en Brasil y la lucha constante contra el movimiento derechista religioso. Desde sus inicios, han encabezado marchas y promovido distintas demostraciones con el fin de obtener justicia para las personas LGTB. Su posición enérgica en pro de los derechos humanos las ha vuelto un blanco de bombas y otros ataques violentos.

La compasión está en el corazón de cada Iglesia Comunitaria Metropolitana. Se manifiesta a través del ministerio para los enfermos, los que han sufrido grandes pérdidas, los que están desconsolados, los pobres, los oprimidos y todos aquellos que sufren. La curación y la integridad del espíritu, la mente y el cuerpo se fomentan mediante una gran variedad de grupos de apoyo y otras actividades que la iglesia realiza para personas, parejas y familias.

Las ICM reafirman el sacerdocio universal de todos los y las creyentes. Las personas laicas participan activamente en todos los ministerios, con oportunidades de capacitación, relación y renovación espiritual para los laicos y de desarrollo de la teología a través de debates en la base. Troy Perry se jubiló y los delegados de las iglesias eligieron a Nancy Wilson en 2005 como moderadora y cabeza de la Fraternidad, siendo una de las pocas mujeres que dirigen una iglesia a nivel mundial.

Por Chema Muñoz en Revista 21

miércoles, 18 de marzo de 2015

El Padre Nuestro: renovando nuestra identidad cristiana

En la oración del Padre Nuestro está condensada la esencia del mensaje cristiano. Tanto en la versión de Mateo como en la de Lucas, encontramos cinco temas fundamentales que nos permiten reflexionar sobre lo que significa nuestra identidad cristiana en la actualidad: la paternidad, el Reino de Dios, el pan compartido, el perdón, y la lucha contra las tentaciones y el mal.

Pero, antes de adentrarnos un poco más en el significado de estos temas, es importante recalcar la importancia de que Jesús haya resumido el legado de toda su enseñanza en forma de oración, no de parábola, ni de discurso, sino de oración.

Las escuelas de los rabinos tenían oraciones que reflejaban la razón de ser del grupo, permitiendo la identificación de sus miembros. Así las diferentes escuelas se reconocían entre sí por su oración. Por lo tanto, la oración de Jesús debía y debe ser y estar en conformidad con el mensaje que Él predicó y que nos predica cada vez que nos acercamos a la Biblia, para permitir identificarnos cada día de nuevo con Él y con la comunidad cristiana universal.

Por otro lado, orar implica relacionarse con Dios, con lo sobrenatural, y con los demás. No se trata de repetir cosas ni de aprendérselas de memoria. Implica estar en relación: en relación con nosotros mismos, en relación con los demás, en relación con la naturaleza, y en relación con Dios. Y es necesario admitir que estos cuatro tipos de relaciones se han dañado por nuestras decisiones y comportamientos. Sin lugar a dudas, el ser humano es un ser social, que no puede sobrevivir de forma aislada y que busca siempre comunicarse con su entorno, instaurando una red de relaciones.

Pero, acerquémonos un poco más a este mensaje, a este legado de Jesús. El comienzo de esta bella oración le da todo su sentido.

“Padre Nuestro”… En la cosmovisión judía, Dios es percibido como Creador y no como Padre. Para los griegos, Dios es un Ser Supremo, sin sentimientos, alejado de la creación y de la humanidad. Jesús nos aporta otra imagen de Dios: la del Padre. Nos llama a reflexionar sobre la relación del ser humano con la figura paterna, reflejada en Dios. De esta manera, la familia representa la relación con Dios. La tradición judía, que era también la de Jesús, nos habla de un Dios que infunde miedo. Jesús aporta un cambio drástico en esta imagen, entablando una relación íntima y afectiva con Él.

En la actualidad, el concepto de padre se ha degradado. Muchos son los padres que tienen hijos/as y después se despreocupan de ellos/as. Sin lugar a dudas que uno no se convierte en padre solo por el mero hecho de engendrar. Por lo tanto, esta oración nos exhorta a cambiar, a revitalizar el concepto de paternidad que podamos tener, inspirándonos en la relación que nos modela Jesús con Dios/Padre.

Además de esto, la oración especifica que no es “padre mío”, es “nuestro”. Lo “nuestro” implica la parte humana, apela al sentido de pertenencia, a la universalidad, al elemento comunitario. Esto significa que si se excluye a alguien, no es posible decir “nuestro”. Por lo tanto, la comunidad cristiana está llamada a ser una comunidad incluyente. Y cuando decimos incluyente, es de manera total y completa, sin que ningún ser humano quede fuera de ella.

El segundo elemento es más que un elemento. Es todo un evento, una plataforma. A pesar de no existir uniformidad sobre su sentido exacto, todo el Nuevo Testamento habla del Reino de Dios. Se trata de un término ambiguo con múltiples significados, puesto que ninguna definición expresa totalmente todo lo que implica. Según las Escrituras, es un Reino eterno, universal, ya en marcha pero cuya consumación es futura. También es posible identificar sus cinco fases: el Reino como proyecto de Dios, su revelación, su inauguración, su desarrollo y su plenitud. Es un Reino que incluye todas las razas y pueblos, que alimenta, consuela y abraza. Es la realización de un nuevo paradigma, cuyo modelo es Jesús. De esta manera, lo divino llega a nosotros a través de lo humano. Por lo tanto, su localización es el ser humano y por eso, no debemos buscarlo fuera de nosotros. De esta manera, estamos llamados a aceptar la dimensión humana de Dios y necesitamos santificar lo profano. Se trata de sanar todas las relaciones rotas en las cuatro dimensiones ya mencionadas (nosotros mismos, la naturaleza, los demás y Dios). Sin embargo, es también un Reino que crece por la Gracia de Dios y no por esfuerzo humano. Los seres humanos estamos llamados a ser colaboradores de “este (de-) venir”, favoreciendo su plena realización. Y la clave para esta realización es la ética.

En la actualidad, la imagen del Reino es una imagen que se ha politizado, interpretándose la misma religiosidad según el sistema político. Cada vez que repetimos esta oración, a través de esta demanda, le estamos pidiendo a Dios que envíe otro sistema, reconociendo el fracaso de los sistemas actuales, así como la insuficiencia humana y la debilidad moral. Se trata de una colaboración con Dios para la realización plena del Reino, cada uno haciendo su parte. Nosotros podemos ayudar a su realización por medio de los valores éticos, el amor y el compromiso mutuo, y crear comunidades más justas e incluyentes.

El tercer elemento que encontramos es el del pan compartido. La mención del pan  nos recuerda el fruto de nuestro propio esfuerzo y nuestra relación con la tierra, haciendo de ella una eucaristía. La eucaristía se presenta, por tanto, como una celebración en el diario vivir. Se establece también una relación entre el trabajo y la necesidad (no entre trabajo y producción o eficiencia), subvirtiendo los modelos económicos que promulgan opresión y esclavitud, ya existentes en la época de Jesús y todavía existentes en nuestros días. Cada uno debe recibir salario conforme a sus necesidades y no conforme a las horas trabajadas, recordándonos siempre que la justicia divina es diferente a la humana. Además, el comer juntos no puede ser un signo de separación. Debe ser una señal de unión y no de discriminación, evitando así la exclusión explicita. Compartir el pan no solo con los amigos, sino con los enemigos, los marginados, los excluidos, los olvidados del sistema: enfermos de SIDA, prostitutas, homosexuales, ladrones, asesinos, etc. convirtiéndoles en parte integrante de la comunidad, devolviéndoles su dignidad, tal y como Jesús lo hacía.

En cuanto al perdón, es probablemente uno de los imperativos morales más difíciles de lograr. Para alcanzarlo, debemos luchar contra nuestro ego, contra nuestro orgullo, contra nuestro dolor. Sin embargo, Dios hace uso de las ofensas que nos han causado y que causamos, permitiéndonos aprender siempre algo de ellas (tanto cuando somos ofendidos como cuando ofendemos). Se trata de una lucha interna que debe conducir a un cambio interno. Para esto muchas veces necesitamos tiempo y esfuerzo. Perdonar significa lograr ver a Dios en el otro/a, es reconocer el rostro de Dios en el otro/a, porque siempre queda algo de Dios en cada ser humano, a pesar de las ofensas, del daño y del dolor causado. Es indudable que el perdón tiene una dimensión divina. Le damos parte a Dios en nuestras relaciones, y por lo tanto, cuando perdonamos, es Dios en nosotros.

La mención de las tentaciones nos trae a la mente el problema del mal. Sin lugar a dudas, el mal es la negación del Reino de Dios. Esta oración nos invita a  luchar y vencer la tentación de responder a la violencia con violencia, aportando otra propuesta: la del amor. Vivimos en una época de deshumanización, de falta de respeto por los seres humanos y por toda la creación. La erradicación del mal depende también de cada uno de nosotros, no solo de Dios. A veces nos parece una tarea inmensa, pero a través de esta oración, Jesús nos desafía a aportar nuestro pequeño granito de arena a la lucha contra el mal, en todas sus manifestaciones.

En conclusión, el Padre Nuestro es todo un programa, un resumen breve del Reino de Dios. Es una oración que nos reta y que nos recuerda que la venida del Reino depende de cada uno de nosotros. Indudablemente se trata de la oración de Jesús, pero nos toca realizarla a nosotros y, por lo tanto, al pronunciarla debemos pensar, creer y realizar lo que afirmamos en ella. A través de ella, Jesús nos exhorta a convertirla en Verbo, en acción transformadora, cada día, en cada lugar y cada momento, como individuos independientes, pero siempre formando parte de un grupo más amplio, universal e incluyente: el grupo de sus seguidores.

Por Greta Montoya Ortega en Lupa Protestante

miércoles, 11 de marzo de 2015

¿Es posible la unión de los cristianos?

Durante el mes de enero ha tenido lugar, como bien sabemos, ese hito especial de cada año, al que se da el nombre oficial de Octavario o Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Quienes formamos parte de iglesias o denominaciones que tienen a bien participar en este encuentro anual, hemos estado más o menos ocupados predicando o colaborando de otras maneras en diferentes actividades relacionadas con todo ello. Por esta razón, nos parece oportuno reflexionar sobre el asunto de la unidad de los creyentes, y de forma muy especial, sobre aquello que nos une a todos cuantos profesamos la fe de Jesús.

Lo que ha fragmentado durante estos últimos veinte siglos el cuerpo de Cristo, es algo que ya conocemos bien por los libros de historia del cristianismo: cuando no han sido ideas teológicas recibidas con intolerancia, han sido cuestiones políticas o culturales; cuando no se ha tratado de malentendidos que podían haberse solucionado con un diálogo civilizado, han aparecido en el horizonte intereses demasiado personales. Y esta situación, de suyo tan angustiosa, sigue viviéndose hoy cada vez que surge (¡y surgen a diario!) alguna que otra “iglesia independiente”. La atomización del cristianismo, especialmente en el campo evangélico, que es donde más se constata, se presenta como un peligro real al que muchos parecen no prestar atención. Demasiada desgracia es que el cristianismo histórico se haya fragmentado en épocas pretéritas por razones que no siempre se pueden entender con claridad, como para que hoy se multiplique ese fenómeno hasta llegar a unos niveles extremos que nada bueno pueden presagiar.

De ahí que debamos indagar sobre todo acerca de aquello que realmente nos une a todos los creyentes cristianos. Si nos preguntamos qué puede ser, la respuesta nos la brinda San Pablo Apóstol en un conocido texto, Efesios 4,5-6a, donde leemos en la Nueva Versión Internacional (NVI):

    “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre”

El primer elemento de los cuatro mencionados es el Señor, es decir, Cristo, pues no puede haber otro. La fe cristiana universal se cimienta en él, en primer lugar, pero no en tanto que personaje histórico (el Maestro Jesús de Nazaret), sino como el Señor Crucificado y Resucitado. Al confesar a Cristo como Señor, los creyentes reconocemos en Él a Alguien más que humano, Alguien en quien se cumple el propósito eterno de Dios para con los hombres, Alguien que, al subir voluntariamente a la cruz del Calvario, evidenció con toda su crudeza el horror del pecado y de la condición caída del hombre, y al resucitar al tercer día, venció a la muerte para siempre y nos abrió las puertas de la vida eterna. Como cristianos, estamos llamados a manifestar nuestra adhesión total a la persona y a la obra de Cristo Nuestro Señor, haciendo de él el centro indiscutible de nuestro testimonio y de nuestra proclama. Estas afirmaciones, que se dirían de Perogrullo, no lo son, por desgracia. Cuando damos una ojeada a la triste historia del cristianismo, desde prácticamente sus comienzos hasta este momento en que estamos redactando estas líneas, descubrimos que, para desgracia nuestra, este fundamento de nuestra fe que hoy vemos tan claro, ni lo ha estado siempre, ni lo está para muchos de nuestros contemporáneos. Al leer sobre ciertas disputas teológicas de la Antigüedad y del Medioevo, con sus consecuencias incluso de destierros, arrestos o penas capitales, o al comprobar cuáles parecen ser los puntos de interés de muchos grupos e iglesias de nuestros días, que parecerían abarcar cualquier tema excepto el propio Cristo, podemos perfectamente cuestionarnos si estamos tratando sobre y con cristianos, o más bien nos las vemos con grupos sectarios de religiones en ocasiones harto extrañas. Lo primero y lo básico que nos ha de unir es la persona y la obra de Cristo Nuestro Señor.

El segundo elemento se enuncia como “una sola fe”, es decir, no una fe cualquiera, cada uno la propia. Y es lógico. Si el primer elemento es un solo Señor, o sea, Cristo, la única fe posible que nos puede unir a los cristianos es la fe de Cristo, vale decir, aquélla que se cimienta en lo que Él es, lo que Él ha hecho por nosotros y lo que Él ha enseñado, tal como se recoge en el Nuevo Testamento. Si queremos decirlo de otra forma, la única fe posible es aquélla que tiene a Cristo como sujeto y objeto al mismo tiempo. Esta fe no puede desligarse de Él ni depositarse en ningún otro, y debe hacer que toda la vida y la praxis de la Iglesia gire en torno a Él. De ahí la conveniencia de que en todas las iglesias y denominaciones cristianas, cada una con sus peculiaridades, sus enfoques y sus tradiciones respectivas, se pueda seguir un mismo calendario litúrgico que nos recuerde cada año a los creyentes los hechos capitales de la vida de Nuestro Señor tal como nos los transmite la Biblia: Anunciación, Natividad, Epifanía, Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y venida del Paráclito. En este sentido, el calendario no puede ser únicamente una reliquia de siglos pasados conservada por tradición, sino una actualización permanente, todos los años, de los eventos que constituyen el clímax de la Historia de la Salvación. También es fundamental que la celebración del Sacramento de la Cena del Señor, Santa Cena, Eucaristía o Sagrada Comunión, llámesele como se lo llame, entiéndase como se entienda, según la peculiar teología de cada denominación, pueda ser celebrado con la máxima reverencia como una plasmación y un recordatorio de la entrega de Cristo el Señor por todos nosotros. Sin una fe única en Cristo, por Cristo y con Cristo, es imposible una unión real de los creyentes cristianos.

Leemos que el tercero es “un solo bautismo”, y, como decíamos en el punto anterior, el fundamento ha de ser, una vez más, el mismo Señor Jesucristo. Un bautismo que no significara una unión real con Él, carecería por completo de sentido. Por desgracia, y por razones históricas, el Sacramento del Bautismo es uno de los puntos de mayor controversia, y casi fricción, entre los creyentes cristianos. Sin embargo, el texto paulino afirma claramente “un solo bautismo”, no muchos, ni, por supuesto, enfrentados. Nadie que estudie hoy con seriedad, es decir, lejos de cualquier apasionamiento denominacional, esta cuestión del bautismo, dejará de reconocer que, desde el primer momento, la Iglesia vivió formas múltiples de bautismos, conforme a las circunstancias de quienes debían recibirlo y administrarlo. Las mismas alusiones a este sacramento en los escritos neotestamentarios apuntan a diferentes maneras o modos de efectuarlo, lo que indica que los antiguos eran menos radicales de lo que podríamos ser nosotros hoy. Cuando el texto de Efesios nos menciona “un solo bautismo”, no nos está imponiendo, por tanto, una única forma de entender o administrar el rito, sino un mismo espíritu. Ello significa que, en tanto que cristiano, yo no debo jamás poner en duda, ni mucho menos rechazar de plano, la manera de bautizar que tengan mis hermanos de una denominación diferente de la mía, siempre y cuando se trate de un bautismo efectuado con las fórmulas dictadas por esa única fe que a todos nos ha de unir, es decir, un bautismo que vincule al bautizando, con Nuestro Señor Jesucristo. Es de esperar que en este asunto, como en otros, los cristianos del siglo XXI mostremos la madurez suficiente que Dios requiere de nosotros para que un sacramento instituido por el Señor como un signo de la Gracia Redentora no se vuelva jamás una piedra de tropiezo.

Y en cuarto y último lugar, el texto de Efesios nos habla de “un solo Dios y Padre”, algo que, por supuesto, sería imposible de entenderse si no partimos de Cristo el Señor. Cuando la fe cristiana nos exige la creencia en un solo Dios, no se contenta con una simple aquiescencia intelectual a la idea de un Ser Supremo, Creador y origen de todo cuanto existe. Ese tipo de fe puede ser judía o incluso musulmana, que son monoteístas también, pero no cristiana. El cristianismo ha aportado al pensamiento de la humanidad la idea de la paternidad de Dios. El Dios que muestra Jesús y al que dirige sus plegarias y las nuestras, es el Dios Padre. El interés que muestra el Dios de Jesús para con nosotros va mucho más allá que el de un dios creador que se preocupe por sus criaturas, o el de un dios señor que vigile y controle a sus siervos. Al llamarlo Padre Nuestro, Jesús apunta a una relación vital entre Dios y el hombre que no puede existir en ningún otro sistema religioso, sólo accesible por una revelación muy directa. La creencia en la paternidad de Dios cimienta la idea de la fraternidad humana, y muy especialmente, de la fraternidad cristiana. No puedo llamar a Dios “Padre” si no soy capaz de llamar “hermano” al creyente cristiano de otra denominación diferente de la mía, o sencillamente, no quiero hacerlo. La llamada “Oración Dominical”, o más comúnmente “Padrenuestro”, nos fue dada por el mismo Jesús para que la recitáramos en común, como se hace cada domingo en las liturgias de las denominaciones históricas (católicas, ortodoxas y protestantes), en tanto que vínculo de unidad entre los creyentes, y, por encima de todo, vínculo de unión con Dios Padre, a quien reconocemos como fuente absoluta de todo bien que recibimos en esta vida y en la futura.

En conclusión, es posible una unión de los cristianos, no precisamente administrativa (al menos, por ahora), pero sí en espíritu. O mejor dicho, en el Espíritu, con mayúscula, que es quien nos guía a ello. Y esa unidad debe cimentarse en aquello que todos podemos compartir; las diferencias, sobre todo cuando tienen una justificación histórica clara, pueden llegar a enriquecernos a todos, pero sólo si se edifica en la unidad de base que mencionaba el Apóstol en un mundo y en una iglesia que, ya en aquel hoy para nosotros lejano siglo I dC ya presentaba resquebrajamientos y tensiones.

Por Juan María Tellería en Lupa Protestante

sábado, 7 de marzo de 2015

Las mujeres en la Reforma protestante del siglo XVI

I. Antecedentes históricos
Es necesario mantener la memoria histórica en nuestro pueblo y esa memoria debe ser lo más completa posible ¿Qué ha pasado con la memoria de las mujeres en el movimiento de la Reforma protestante del siglo XVI? ¿Participaron las mujeres en el movimiento de la Reforma? ¿Existen remembranzas escritas acerca de ellas? ¿Por qué no han llegado hasta nostras el día de hoy? ¿Qué fue lo que pasó? Durante toda la historia de la humanidad, la participación de las mujeres ha sido invisible y olvidada y en los mejores casos interpretada por varones. Las mujeres protestantes tenemos historia, hubo mujeres que contribuyeron a la Reforma Protestante, el objetivo de este trabajo es recuperar parte de ésta.

A lo largo de la historia, la condición de las mujeres ha sido de sumisión y opresión. El siglo XVI no fue la excepción, continúa la historia de sumisión a valores y normas masculinas. Sin embargo, hubo varios brotes que pudieron provocar cambios en esta situación. Estos fueron pocos, pero significativos para la época: concientización con respecto a la idea que tenían de sí mismas, la revalorización de la mujer casada, mayor libertad para las mujeres cultas, como el caso de grandes escritoras, reformadoras religiosas y reinas.

No fue así desde el principio, se había olvidado que en el primer cristianismo no existía ni varón ni mujer, ambos eran iguales en Cristo. Las mujeres cristianas de los primeros siglos realizaban ministerios al igual que cualquier hombre, predicaban, impartían los sacramentos del Bautismo y Santa Cena, enseñaban, etcétera. Eran llamadas con el nombre específico de su ministerio: apóstolas, diaconisas, maestras, evangelistas. Pero este lugar que Jesús dio a las mujeres poco a poco se fue olvidando y mientras la iglesia se construía jerárquicamente masculina, la situación de la mujer regreso a ser de sumisión.

En el siglo XVI el protagonismo de la mujer aunque fue escaso, también fue significativo, existieron mujeres que se impusieron por encima de las costumbres de su tiempo y desempeñaron un papel muy importante en la escena política o religiosa de su tiempo. A favor de la Reforma se proclaman jóvenes y adultas mayores, burguesas y campesinas.

No sólo fueron hombres quienes llevaron a cabo la Reforma Protestante. Se tiende siempre a mencionar a los hombres en la elaboración de la Historia, por mucho tiempo se negó que Jesucristo hubiera llamado a mujeres y se decía él solo tuvo 12 apóstoles, ninguna apóstola. Así también hemos escuchado por años los nombres de Jan Hus, Lutero, Melanchton, Calvino, Farel, Zwinglio, etcétera, como padres de la Reforma protestante dejando de lado a las madres de la misma, olvidando, negando y silenciando sus nombres y su obra.

II. Mujeres en la Reforma protestante
Un considerable número de mujeres estuvieron implicadas en la Reforma Protestante, en diferentes ámbitos, a diferentes niveles y en varios países como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y España. Algunas fueron las que tenían cierta actividad política, reinas como Margarita de Navarra, Juana de Albret, etcétera. Quienes patrocinaron, influyeron en su corte y hombres cercanos a ellas, promulgaron leyes o escribieron para promover la Reforma. Así también, no sólo las de familias nobles participaron en este movimiento de cambio eclesiástico, mujeres del pueblo lucharon a favor de su fe.

Normalmente cuando consultamos la biografía de una mujer de esta época encontramos que se le relaciona invariablemente con los hombres con los cuáles estableció un parentesco directo, como si fueran la posesión de, girando su vida entorno al hombre que fue su padre, al que se casó con ellas o al que procrearon, entonces se dice: “hija de…”, “esposa de…”, “madre de…”. He omitido estos datos a fin de resaltar el valor de estas mujeres y su importancia por ellas mismas, por sus logros, como sujetos de la historia y no como objetos de posesión relacionadas con…, o dependientes de…, salvo en algunos casos en los que el esposo fue determinante en la vida de ellas. Me he permitido nombrar a continuación las más representativas, aunque existieron muchas más.

Marie Dentière (Bélgica, 1495-1561). Hace ya casi siete años, el 3 de noviembre de 2002 se añadieron más nombres al Monumento Internacional de la Reforma en Ginebra, entre ellos el de Marie Dentière, quien habiendo sido monja agustina, abandonó el monacato y se adhirió a la Reforma gracias a una predicación de Martín Lutero. Para lograr salir y escapar del convento de Tournai tomó 500 ducados del tesoro de la abadía. Fue perseguida como muchos otros protestantes y se refugió en la ciudad de Estrasburgo.

Marie creía importante reformar las doctrinas religiosas de su época, pero también fue una gran feminista al proponer que se ampliara el papel de las mujeres en la religión. Ella decía que hombres y mujeres estamos igualmente calificados para interpretar las Sagradas Escrituras y los aspectos de la fe. Para cualquiera de sus debates teológicos o predicaciones usaba directamente el texto bíblico, siempre interpretando pasajes donde las protagonistas eran mujeres, defendiendo el ministerio femenino y volviendo sus argumentos en contra de sus detractores normalmente reformadores en contra del ministerio de la mujer:

¿Qué predicadores han hecho más que la mujer Samaritana que no se avergonzó de predicar a Jesús y su palabra, confesándole abiertamente a todo el mundo, tan pronto como oyó de Jesús que uno debe adorar a Dios en Espíritu y en verdad? O ¿Hay otra como María Magdalena, de quién Jesús sacó 7 demonios, capaz de presumir de haber tenido la primera revelación del gran misterio de la resurrección de Jesús? Y ¿Por qué no la otra mujer, a quién, en lugar de a hombre su resurrección fue anunciada por su ángel, recibiendo el mandamiento de hablar, predicar y declararla a los demás?

Marie Dentière fue una teóloga reformadora. Desempeñó un papel activo en la religión y política de Ginebra, participo activamente en el cierre de conventos y era predicadora a la par de Calvino y Farel. Redactó una serie de escritos muy revolucionarios para su tiempo, los cuáles son considerados hoy día como una defensa de la perspectiva femenina.

Fue considerada por Calvino y algunos otros reformadores como una mujer que ejercía mala influencia sobre su marido con una personalidad radical. Aun hoy son habituales este tipo de concepciones respecto a las mujeres que desean acceder al ministerio femenino.

Marie no sólo sufrió persecución e incomprensión por parte de la Iglesia Católica, también de parte de la iglesia protestante. Muchos de sus escritos y cartas fueron prohibidos, y destruidos como La Epistre, carta suya escrita a Margarita de Navarra hermana del Rey de Francia donde alentaba fuertemente a la expulsión del clero católico en Francia y criticaba la estupidez de los protestantes por obligar a Calvino y Farel a abandonar Ginebra. Aun dentro del círculo femenino, Dentière no gozó de popularidad. En la Epistre tresutile también se refiere al escaso papel que las mujeres desempeñaron para realizar la Reforma, dice: ¿Tenemos dos evangelios: uno para hombres y otro para mujeres? Tampoco los calumniadores y enemigos de la verdad tienen el derecho de acusarnos de excesiva arrogancia, ni puede un verdadero creyente decir que las mujeres están traspasando sus derechos cuando hablamos a otra acerca de la sagrada escritura”.

El pensamiento feminista de Dentière puede notarse en una de las cartas dirigidas a Margarita de Navarra, exponiendo sus argumentos sobre el ministerio femenino: “no debemos no más que los hombres, cubrir y enterrar con tierra lo que Dios nos ha dado y revelado a nosotras las mujeres”. Marie no compartía la idea de su época y de los reformadores como Calvino, de ser una buena esposa sumisa y abnegada, buena ama de casa, receptora y pasiva de la doctrina, mencionaba: “Pareciera que la “alianza” que colocamos en nuestra mano el día del matrimonio fuera como el anillo de Giges, que tenía la propiedad de hacerla invisible; pero en nuestro caso no para protegernos de nuestros enemigos sino para arrebatarnos el derecho al tiempo y al espacio, para impedirnos el acceso al ágora”.

Llegó a ser una participante activa de la Reforma Protestante, predicaba en oposición al celibato y a favor del papel activo de las mujeres en la nueva iglesia. Ella fue un agente dinámico en la reforma. Su esposo Froment tampoco estaba de acuerdo con ver a la mujer desde esta perspectiva, fue él quien le ayudó a publicar su obra la Epistre con el impresor ginebrino Jean Girard. Marie esperaba el mismo apoyo de parte de Calvino del cual no lo recibió jamás, sino todo lo contrario.

Una de las controversias entre Marie Dentière y Calvino fue acerca de su dura crítica contra las vestiduras grandes y pomposas de los ministros, pues veía sus ropajes como exagerados y prefería algo menos ostentoso. Calvino fue muy duro y despectivo ante los reclamos de Marie Dentière y sus esfuerzos para que la voz de las mujeres fuera escuchada. Los propios reformadores en Ginebra prohibieron la publicación de todo texto escrito por una mujer durante el siglo XVI, así la reformadora más importante de su época tuvo que refugiarse en los pseudónimos para que sus escritos llegaran hasta nosotros.

Muchos de sus escritos se le atribuyeron a su esposo quien gozaba de fama de buen predicador, algunos editores se han dado cuenta de la gran diferencia que existía entre los textos de Marie y los de su esposo. “Tanto uno es vivo y lleno de astucias retóricas- se refiere a Marie- como el segundo es pesado… las frases de Marie son sueltas y bien construidas, a menudo entre cortada y lacónica. Ella aprieta el paso y Fromet se arrastra”. Con habilidad manejaba sus argumentos teológicos, su orientación teológica estaba más influida por Farel y Zwinglio que por Lutero. Considerada por muchos una de las primeras teólogas laicas feministas, defendió con gran convicción las ideas de la Reforma y el papel de las mujeres en la Iglesia.

El incorporar el nombre de Marie Dentière al muro de la Reforma Protestante en Ginebra y retomar la historia para mostrar al mundo a esta teóloga y a otras más es un paso muy importante en el reconocimiento y la valoración de las mujeres en la Reforma Protestante.

Argula von Grumbach (1492-1553). Fue la primera mujer que se atrevió a hacer una defensa de Lutero, ante el desconcierto de los inquisidores. En 1523 escribió al cuerpo académico de la Universidad de Ingoldsadt para defender a Alsacius Seehofer, joven de 18 años arrestado por ser luterano. Se atrevía a desafiar a sus autoridades eclesiásticas y civiles como el Duque de Bavaria al cual le mandó decir en una carta que ella no era ni débil ni estúpida. Incitaba a la gente a leer libros en contra de la religión católica. De ella decía Lutero: “Me regocijo de ver como una hija del pecado de Adán se ha convertido en una buena hija de Dios”. Escribió varios libros entre ellos una sátira dirigida a un teólogo católico llamado Schatzgeyer. Fue todo un símbolo de confusión, perplejidad e inquietud femenina. De ella escribe Joana Ortega:

Argula afirmaba que los inquisidores habían sustituido a Cristo por Aristóteles, además de manifestar su desacuerdo con San Pablo por imponer sobre las mujeres el silencio en la iglesia. Esta mujer se convirtió en un símbolo de la “confusión, perplejidad e inquietud” femenina que se suscitó en toda Europa a través de los textos de Lutero. Los procesos femeninos de la Inquisición revelan que esta inquietud ya era importante, debido a las lecturas de Erasmo y de Savonarola.

Catarina Von Bora. Nació el 29 de enero de 1499, fue consagrada monja del convento Cisterciense de Marienthron donde realizó votos de pobreza, obediencia y castidad. En 1523, cuando tenía 24 años se fuga del convento junto con otras monjas en barriles de basura. Ella misma fue la que sugirió casarse con Martín Lutero. Administró los recursos y el dinero del monasterio de los agustinos que les cedió el príncipe Juan. No fue una teóloga como Marie Dentière, la importancia de su persona radica en formar parte de la primera generación de mujeres casadas con pastores protestantes y junto con ellos lucharon por la fe. Dio abrigo a monjes y monjas que habían abjurado de su fe y no tuvo miedo de los riesgos que esto y ser esposa de Lutero significaba.

Úrsula Münstenberg. Nació entre 1491-1495 y murió en 1534. Era una monja en el Convento de la orden de María Magdalena de la penitencia en Freiberg Sajonia. Encabezó el movimiento para infiltrar la doctrina luterana en su convento para tal efecto metía libros de Lutero de contrabando. Huyó del convento en 1529. Rechazó la vida de enclaustramiento de las monjas gracias al texto “Id por todo el mundo y predicad el evangelio”.

Elisabeth Cruciger (1500-1535). Su boda fue la primera de acuerdo con los principios protestantes. Participó en discusiones teológicas con Lutero y Melanchton quien la consideraba una mujer inteligente. Escribió un himno, “El hijo único del cielo”, lo cual causó controversia pues las mujeres no escribían himnos en ese tiempo y normalmente se le atribuye por error a Andrew Knoepken.

Elisabeth Von Brandenburg (1485-1555). En 1517 recibió por primera vez la eucaristía de manos de un ministro luterano lo cual enfadó grandemente a su marido Joachim I quien la quería encarcelar a cadena perpetua. Elisabeth huyó defendiendo la postura de que una mujer debe decidir por sí misma su propia religión. Sufrió pobreza y soledad. Influyó en la Reforma protestante de Dinamarca.

Elisabeth de Brunswick (1510-1558). Se convirtió al protestantismo después de escuchar un sermón del pastor luterano Antonio Covinus. A la muerte de su esposo fue nombrada regente y promulgo como religión oficial de su ducado el luteranismo defendiéndolo en la dieta de Augsburgo.

Catherine Zell (1497-1562). Fue de las pocas mujeres que en la Reforma Protestante desarrollaron un papel fuera de lo común. Predicaba junto a su esposo. Escondió a refugiados y escribió algunos ensayos e himnos. Después de la muerte de sus dos hijos se dedicó a predicar y apoyar la fe anabaptista. Escribía de sí misma: “Siempre, desde que tenía diez años de edad, he sido estudiosa y una especie de madre de la iglesia, muy dada a asistir a los sermones. He gustado y frecuentado la compañía de hombres de saber, y he conversado mucho con ellos del Reino de Dios”.

Margarita de Navarra (1555-1572). Interlocutora directa de Calvino. Tradujo al francés la Meditación sobre el Padre Nuestro de Lutero. Autora de varios poemas, entre ellos Prisiones. Su hija Juana de Albert había visto a su padre golpearla por rezar oraciones protestantes. Durante el reinado de Margarita de Navarra, Francia se convirtió en refugio y vivero de la Reforma. Escribió y publicó poemas, tenía un carácter abierto, mucha cultura e hizo de su corte un centro del humanismo.

Tuvo fuertes desavenencias con Calvino debido a que albergó a Poque y Quentin, a quienes Calvino llamaba Libertinos Espirituales. Ellos creían que el ser humano podría ser divinizado y ella lo creía también. Creían que un ser humano deificado no puede pecar, porque Dios no puede pecar. Tal era la indignación de Calvino que se dirigió a Margarita con estas palabras: “Como un perro debe ladrar para defender a su maestro, de igual forma debería denunciar a estos seductores del honor de Dios”.

Juana de Albret (1528-1572). Hija y sucesora al trono de Margarita de Navarra, siguió en los pasos de su madre y bajo sus auspicios se llevó a cabo la traducción del Nuevo Testamento a la Linguæ Navarrorum, rompió totalmente con el catolicismo. Al igual que su madre escribía uno de sus poemas, “Jesús es mi esperanza”. Fue excomulgada por el papa. Declaró su reino oficialmente protestante aun cuando permitió que continuara el catolicismo. Para ella, la Reforma era oportuna y necesaria, tanto que pensaba que sería una cobardía y deslealtad a Dios dejar que el pueblo permaneciera en un estado de suspenso e indecisión.

El matrimonio de Juana de Albret, con Antonio de Borbón reunió varios territorios bajo su control. Dada la identificación de Juana de Albret y Antonio de Borbón con la Reforma, esos territorios se convirtieron en zonas de refugio para numerosos protestantes.

Renata de Ferrara (1510-1575). Conservó su fe protestante después de casarse con un duque católico y trasladarse a su corte en el norte de Italia. Tuvo problemas religiosos ya que albergó a Calvino durante un mes, protegió a los herejes protestantes y se negó a asistir a misa. Fue confinada a su palacio por su esposo por presiones de la inquisición. Debido a los devastadores efectos de la inquisición la reforma protestante en España no tuvo un gran auge.

Muchos hombres y mujeres sufrieron persecución y hasta la muerte, como fue el caso de María de Cazalla, quien había logrado acceso a los libros de Erasmo y Lutero. Después de estas lecturas cuestionó la validez de los sacramentos católicos. Fue inspiración espiritual de amas de casa y profesores de la Universidad de Alcalá a quienes ofrecía consejería pastoral y estudios bíblicos. Fue detenida por la Inquisición y torturada en 1534. Muchas mujeres más en España y toda Europa fueron encarceladas, torturadas y quemadas en la hoguera por luchar a favor de la Reforma protestante.

No fueron muchas reformadoras, pero cada una desde su lugar pudo de una manera u otra influir para que se diese el movimiento de la Reforma. Es justo y necesario reconocer y nombrar no solo a los hombres que hicieron posible la Reforma Protestante, este movimiento no solo tiene padres, también tiene madres. La historia de la Reforma Protestante también tiene rostro y nombre de mujer.

Estos son algunos de los nombres de mujeres que se comprometieron y lucharon a favor de los cambios urgentes que necesitaba la iglesia en el siglo XVI. La Reforma protestante no ayudó en la práctica a reivindicar el papel de sumisión que tenía la mujer, limitándola al marco doméstico sin poder acceder al marco eclesiástico en el reconocimiento de sus ministerios o la ordenación a los mismos. Pero sentó las bases de doctrinas tales como el sacerdocio universal de los creyentes y la soberanía de Dios. Mismas que dejan de lado la tradición patriarcal opositora del reconocimiento y ordenación de la mujer.

Por Amparo Lerín Cruz en Caminos

viernes, 6 de marzo de 2015

¡Ha llegado el momento!

He tomado una decisión. No volveré a debatir el asunto de la homosexualidad con nadie de la Iglesia. No volveré a enfrentarme con la ignorancia bíblica que rezuman tantos cristianos de la extrema derecha cuando citan cómo la Biblia condena la homosexualidad, como si ese punto de vista conservase alguna credibilidad.

No discutiré con ellos, ni siquiera les escucharé cuando dicen que la homosexualidad es «una abominación para Dios» o hablan de que la homosexualidad es un «estilo de vida escogido» o cómo gracias al rezo y al «consuelo espiritual» los homosexuales pueden ser «curados».

Esos argumentos ya no se merecen que emplee mi tiempo ni mi energía.

No escucharé, ni por cortesía, los pensamientos de esos que promueven «terapias reparadoras» como si los homosexuales estuviesen de alguna forma rotos y necesitasen ser reparados. Y no hablaré con quienes piensan que la unidad de la Iglesia puede y debería ser conseguida rechazando la presencia, o al menos a pesar de la existencia, de gente gay o lesbiana.

No gastaré el tiempo en refutar la ignorante e indocumentable afirmación de ciertos líderes religiosos que llaman «desviados» a los homosexuales. No atenderé ya más al pío sentimentalismo con que ciertos líderes cristianos siguen argumentando con aquella extraña y deshonesta frase que dice que «odiamos el pecado pero amamos a los pecadores». Es una sentencia, -he llegado a la conclusión-, que no es más que una mentira diseñada para ocultar el hecho de que esa gente odia a los homosexuales y le tiene terror a la propia homosexualidad, pero saben que ese odio es incompatible con el Cristo que afirman profesar. Así que adoptan esta absolutamente falsa proclama para salvar la cara.

No disimularé mi entendimiento de la verdad para mostrar que tengo al menos un mínimo respeto por la abrumadora negatividad que sigue emanando de los círculos religiosos, en los que la Iglesia lleva siglos difundiendo constantemente sus prejuicios contra negros, judíos, mujeres y homosexuales y haciéndolos pasar por «pía retórica de sonido agradable». Los días de esa mentalidad simplemente han pasado para mí.

Personalmente ni toleraré ni volveré a escucharles. El mundo se ha movido, dejando desnudos esos elementos de la Iglesia cristiana que no se ajustan ni a nuestros nuevos conocimientos ni a nuestra nueva consciencia, perdidos en el mar de su propia irrelevancia. Ya sólo podrán hablar con ellos mismos.

No volveré a intentar detener a los testigos de la integración fingiendo que hay un punto medio entre el prejuicio y la opresión. No lo hay.

Cuando se aplaza la justicia, se niega la misma. Que nadie tenga ya escondite. Una vieja canción que hablaba sobre los derechos civiles ya decía que la única elección que tienen los que no se adaptan al nuevo entendimiento es «muévete o nos moveremos por encima de ti». El tiempo no espera a nadie.

En particular voy a ignorar a esos miembros de mi propia Iglesia Episcopal que parecen querer apartarse y formar una «nueva Iglesia» proclamando que este nuevo instrumento intolerante representa la Comunión anglicana. Ese cuerpo eclesiástico está diseñado para permitir seguir existiendo a esos patéticos seres humanos, profundamente encerrados en un mundo que ya no existe, y formar una nueva comunidad en la que puedan seguir odiando a los homosexuales, ofendiéndoles con su desesperada retórica. Siguiendo siendo parte de una hermandad religiosa en la que puedan seguir justificando sus prejuicios homofóbicos el tiempo que duren sus torturadas vidas. La unidad de la Iglesia no puede ser una virtud preservada permitiendo que la injusticia, la opresión y la tiranía psicológica queden sin desafío.

En mi vida personal, ya no escucharé debates televisados conducidos por canales ecuánimes que busquen darle a ambas partes en este asunto el «mismo tiempo». Porque ya sé que estas cadenas ya no le dan el mismo tiempo a los partidarios de tratar a las mujeres como si fuesen propiedad de los hombres, o a los de reinstaurar la segregación o la esclavitud. A pesar del hecho de que esas diabólicas instituciones se acercan a su final, siguen citando la Biblia con frecuencia en esos temas. Es el momento de que los medios anuncien que ya no hay dos puntos de vista en lo que respecta a la condición humana de gays y lesbianas. La justicia para los homosexuales no puede estar siguiendo siendo comprometida.

No actuaré más como si el oficio papal tuviese que ser respetado si quien ocupa en la actualidad esa oficio no quiere o no es capaz de informarse y educarse a sí mismo en asuntos públicos sobre los que se atreve a hablar con una vergonzosa ineptitud. No respetaré más el liderazgo del Arzobispo de Canterbury, quien parece creer que un comportamiento maleducado, la intolerancia o incluso sus prejuicios asesinos son de alguna forma aceptables, mientras vengan de líderes religiosos del tercer mundo, quienes más que cualquier otra cosa revelan en ellos mismos el precio que la opresión colonial se ha cobrado de las mentes y los corazones de tan gran parte de la población mundial. No veo forma en la que ignorancia y verdad puedan estar en igualdad de condiciones, ni creo que el mal sea menos mal si puedes citar a la Biblia para justificarlo. Rechazaré como carentes de merecer mi atención las salvajes, falsas y desinformadas opiniones de supuestos líderes religiosos como Pat Robertson, James Dobson, Jerry Falwell, Jimmy Swaggart, Albert Mohler y Robert Duncan. Mi país y mi iglesia ya han perdido demasiado tiempo, energía y dinero intentando acomodar puntos de vista tan anticuados, en un momento en el que no son en absoluto tolerables.

Hago estas declaraciones porque ya es el momento de moverse. La batalla ha terminado y hemos conseguido la victoria. No hay duda razonable sobre cuál va a ser el resultado final de esta lucha. Los homosexuales serán aceptados como seres humanos completos e iguales, merecedores de cada derecho que la sociedad o la iglesia concedan a cualquiera de nosotros. Los matrimonios homosexuales serán legales, reconocidos por el estado y pronunciados como sagrados por la Iglesia. «No preguntes, no digas nada» será desmantelado como política de nuestras fuerzas armadas. Aprenderemos por obligación que la igualdad de ciudadanía no es algo que tenga que ser negociado en referéndum. La igualdad bajo y ante la ley es una promesa solemne hecha a nuestros ciudadanos por la propia Constitución. ¿Alguien imagina un referéndum para decidir si la esclavitud debe continuar, si la segregación debería ser desmantelada, si las mujeres deben tener derecho al voto? Ha llegado el momento de que los políticos dejen de esconderse tras leyes injustas que ellos mismos han ayudado a forjar. De abandonar ese escudo conveniente consistente en pedir el voto como único derecho de ciudadanía porque no entienden la diferencia entre una democracia constitucional, lo que hay en este país, y una «morbocracia», lo que el país rechazó cuando adopto su Constitución. No dejaremos que nuestros derechos civiles sean decididos por una minoría en plebiscito.

No seguiré actuando como si necesitase el voto mayoritario de un cuerpo eclesiástico para bendecir, ordenar, reconocer y celebrar la vida y el jolgorio de gays y lesbianas haciendo su vida en la Iglesia. Nadie debería volver a ser forzado a sublevar su privilegio de ciudadanía en este país o su pertenencia a la Iglesia cristiana bajo el deseo de un voto mayoritario.

La batalla librada en nuestra cultura y nuestra Iglesia para librar nuestras almas de este prejuicio mortal ha terminado. Se levanta una nueva consciencia. Claramente hemos tomado una decisión. La desigualdad para gays y lesbianas ya no es un asunto discutible, ni en la Iglesia ni en el estado. De ahí, a partir de este momento rechazo dignificar la expresión pública de prejuicios ignorantes discutiendo con ella. No volveré a tolerar racismos ni sexismos. A partir de este momento, no volveré a tolerar ninguna de las variadas formas de homofobia en nuestra cultura. No me importa quién es o quién articula estas actitudes, o quien intenta hacerlas aparecer como dignas usando la jerga religiosa.

He sido parte de este debate durante años, pero las cosas se han asentado, tal y como ocurre con este tema para mí. No volveré a debatir con miembros de la Sociedad para la Tierra Plana tampoco. No debatiré con gente que piense que deberíamos tratar la epilepsia haciéndole un exorcismo al enfermo. No perderé tiempo discutiendo con opiniones médicas que sugieran que hacer sangrar a una persona alivia una infección. No conversaré con quienes piensan que el huracán Katrina fue un castigo de Dios a la ciudad de Nueva Orleans por ser el lugar donde nació Ellen DeGeneres o que los terroristas atacaron los Estados Unidos el 11 de septiembre porque toleramos la homosexualidad, el aborto, el feminismo o las libertades civiles. Estoy cansado de verme implicado por la participación de mi Iglesia en causas indignas del Cristo al que servimos y del Dios cuyo misterio y maravilla apreciamos más cada día. De hecho creo que la Iglesia cristiana no sólo debería pedir perdon, sino castigar a quienes han tratado a la gente de color, a las mujeres, a los gays y lesbianas, y a quienes profesan otras religiones como si fuesen herejes.

La vida sigue. Como dijo el poeta James Russell Lowell hace más de un siglo, «nuevas ocasiones enseñan nuevos deberes, el tiempo hace que lo antiguo parezca ordinario». Estoy listo para reclamar la victoria. A partir de ahora la asumiré y viviré en ella. No estoy dispuesto a discutir sobre ello como si siguiese habiendo dos posiciones compitiendo igualmente válidas. El tiempo para esa mentalidad se ha ido para siempre.

Es mi pastoral y mi credo. La proclamo hoy. Invito a todos a unirse a esta mi declaración pública. Creo que esta lluvia pública ayudará a limpiar a la nación y a la iglesia de su perturbador pasado. Devolverá la integridad y el honor a la Iglesia y al estado. Será la señal de que ha amanecido un nuevo día, y de que estamos listos no sólo para abrazarlo, sino también para regocijarnos y celebrarlo.

Por el Rev. John Shelby Spong, Obispo Episcopal retirado de Newark, USA en Atrio.

martes, 3 de marzo de 2015

Campaña de recogida de alimentos ¨Dona un kilo de comida¨

La situación de la crisis en España ha venido a mas , hay muchas familias en paro de larga duracion, familias desesperadas y que ya han agotado todas las prestaciones posibles. Hay muchas gente pasandola muy mal y necesitando comida para llevar a sus casas.

ASP recibe cada semana muchas más solicitudes para ayudas alimentarias y en ocasiones no tenemos como darles respuestas a tantos reclamos.

Cada semana se reciben en nuestra institución un aproximado de entre 90 y 100 personas, que además de solicitar ayudas en ropa, mantas y calzado, nos insisten sobre todo, en ayudas de alimentos básicos para su subsistencia y la de su familia.

Es por eso que necesitamos con urgencia poner en marcha una campaña de recogida de alimentos.

Los alimentos recaudados por donativos se entregaran en bolsas iguales para cada beneficiario todos los jueves en el mismo horario de atención del ropero.

Si quieres colaborar puedes entregar tu donativo de alimento en la sede de Acción Social Protestante en:

Calle Noviciado 5 1º Dcha - 28015 Madrid. Estamos todos los miercoles de 10.00 a 13.00 h y los jueves todo el día. Ante cualquier duda contactanos al 915238589 en horario de oficina o por mail a: asprotestante@gmail.com

No tardes... hay muchos que lo necesitan.