miércoles, 29 de julio de 2015

¿Habrá en la Iglesia alguien que se atreva?

Los sacramentos de la Iglesia ya no significan casi nada para la inmensa mayoría de quienes aún participan en ellos. Un signo que deja de significar ya no es un signo, sino un juego de magia. Los ritos cristianos y los símbolos en que se fundamentan han degenerado, para la mayoría de los creyentes, en pura magia. Por supuesto que los hombres y las mujeres de hoy seguimos necesitando de la magia, es decir, de palabras y gestos que de un modo automático e irracional nos vinculen con lo trascendente. Pero esa no es la cuestión.

Sostengo que muchos de los comportamientos de sacerdotes y laicos durante la celebración eucarística son fundamentalmente mágicos, no religiosos. ¿Te imaginas a los apóstoles arrodillándose ante el pan o a Jesús recogiendo las miguitas del plato? Estos comportamientos reflejan que nuestra actitud ante el signo sacramental es mucho más mágica que religiosa.

Para que puedan significar, los signos han de entenderse. La doctrina del ex opere operato, la que postula que el sacramento es eficaz con independencia de la comprensión de quien lo recibe, ha desvinculado al signo del sujeto y lo ha degenerado y cosificado. Los sacramentos hay que entenderlos, al menos en alguna medida. De lo contrario, no sacramentalizan nada, que es lo que sucede hoy en nuestros templos. Nadie entiende nada. A lo que más me recuerdan nuestras misas es al teatro del absurdo de Beckett.

Pongamos el ejemplo de la Eucaristía, cuyos símbolos son el pan y el vino. El pan es, desde luego, algo cotidiano, blando y nutritivo. Que el pan sea símbolo de Dios significa que Dios es algo cotidiano, que Dios es blando, que Dios es nutritivo. Pero si el símbolo es el pan, el signo o sacramento es el pan partido, repartido y comido. Así que de lo que se trata es de partir y repartir el pan conscientemente; de llevárselo a la boca conscientemente; de, conscientemente, masticarlo y tragarlo.

Conscientemente significa a sabiendas de que no se trata solo de dar pan a los demás, sino de ser pan para ellos, de convertirte en el alimento que alivia su necesidad. Comer de este Pan nos da fuerza para ser pan. En esta misma línea, el signo no es simplemente el vino, sino el vino repartido y bebido. Beber de este Vino nos posibilita ser vino para los demás. Y el vino es la sangre, es decir, la vida: ser la vida para los demás.

Y eso de reservar la eucaristía en un sagrario, ¿a qué viene? ¿No hemos dicho que el verdadero signo es partirlo? Prueba de que nuestra mentalidad es mágica, es que pensamos que Dios está en el sagrario más que fuera de él. Pero eso… ¡es absurdo! No es que esté allí más que en otra parte. Es que está allí para… significarnos que está en todas partes, para que lo recordemos. Dios está en todas partes, decimos, pero luego nos empeñamos en meterle en una caja. Meterle en unas teorías que llamamos teologías y en unos símbolos que llamamos sacramentos, pero que no sacramentalizan nada.

Solo queda una solución: explicarlo todo como si nunca se hubiera explicado, pues quizá esa es la situación; y queda, por supuesto, realizarlo todo como si fuera la primera vez, pues acaso lo sea de verdad. Veremos entonces, maravillados, la potencia de nuestros símbolos, redimiremos nuestros ritos, descubriremos, en fin, su poder transformador del alma humana.

Pero, ¿habrá en la Iglesia alguien que se atreva? ¿Habrá alguien que presente estos símbolos y ritos no solo como aquellos en los que se cifra la más genuina identidad cristiana, sino como símbolos y ritos de valor universal, aptos para todos, cristianos o no? ¿Habrá alguien, en fin, que presente el cristianismo como religión y humanismo inclusivo, no excluyente ni exclusivo?

El respeto a la diferencia de otras tradiciones espirituales no debe hacernos perder la visión del cristianismo como propuesta humanizadora universal. Detecto en mis contemporáneos no solo un hambre de espiritualidad, sino un deseo de recuperar, de forma comprensible y actual, la tradición religiosa de la que provenimos. El cuidado del silencio, una sensibilidad que está creciendo, comportará un cuidado de la palabra y del gesto. Pero, ¿habrá en la Iglesia alguien que se atreva? ¿Dónde estarán los profetas que nos hagan entender que solo hay posible fidelidad al pasado desde la creatividad y la renovación en el presente?

Por Pablo d'Ors en el nº 2.947 de Vida Nueva

miércoles, 22 de julio de 2015

¿Y dónde dejamos la educación sexual?

La educación sexual no puede entenderse únicamente en su función genital biológica y reproductiva; esto sería ignorar la integridad del ser humano en lo que concierne a su área social, emocional, psicológica y espiritual, entre otras. Sin embargo, han sido algunos paradigmas erróneos los que se han encargado de transmitir una perspectiva reduccionista y distorsionada de la sexualidad, algo que ha acrecentado las brechas que existen para una sana concepción.

Las consecuencias de estos sesgos son evidentes cuando no se logran puntos de equilibrio ni de acuerdos que permitan construir estrategias para enseñar algo sobre sexualidad de forma equilibrada, profesional y responsable en los diversos espacios y en especial en el dialogo y en la comunicación con los adolescentes y los jóvenes.

Claro ejemplo de ello es que sólo hace unas pocas décadas los adolescentes, que hoy ya son padres o abuelos, iniciaron su vida sexual en los locales donde las “chicas malas” del pueblo (un término despectivo para referirse a las mujeres que ejercían la prostitución), con el fin de “hacerlos hombres” (como si ser hombre se definiera por su capacidad de tener sexo). En muchos casos, estas mismas mujeres fueron las primeras, y quizás las únicas, maestras en materia de educación sexual que tuvieron nuestros ancestros. Pero para colmo de males, después se alentaba a estos jóvenes a utilizar su experiencia sexual inicial para buscar  una chica “pura y virgen” con el objetivo de cumplir sus sueños de construir un hogar.

De este pobre entendimiento, que rebaja a la mujer a ser un simple objeto sexual, se ha valido el machismo para justificar el placer únicamente para el hombre, al mismo tiempo que considera que el deber de la mujer es complacer los deseos de su marido y engendrar hijos sin ningún tipo de consideración por sus emociones o deseos.  Este mensaje popular se perpetuó con la ayuda de algunas enseñanzas bíblicas, fuera de contexto, que promovían que era el hombre el que debía ejercer poder sobre la mujer. De estas distorsiones, muchos arrastramos todavía algunas secuelas.

Con vergüenza reconozco que, en mi adolescencia, uno de los descubrimientos que más me impactó fue cuando me compartieron que las mujeres también tenían capacidad para experimentar placer como los hombres. Pensaba que los deseos sexuales eran tan viles, sucios y depravados, que eran la carga que teníamos que sobrellevar como género masculino.  Este ejemplo ilustra la escasa formación que se me había brindado en el campo sexual.

Pese al cambio de los tiempos, seguimos encontrando una escasa comprensión y formación del tema en el hogar, en la escuela y en la iglesia. Esto quiere decir que hablar de educación sexual sigue siendo un tema tabú.

Los jóvenes, ante el silencio de los sus progenitores y frente a sus demandas y necesidades, se forman o deforman, con el aporte que reciben de sus padres, la televisión, Internet u otro medio de comunicación que muestra el sexo como una transacción comercial desvinculado del amor, el compromiso y las relaciones interpersonales estables y maduras.

¿Tienen algo que decir la iglesia?
Sin pretender generalizar, aún existen muchos sectores eclesiales que continúan guardando silencio y que han  sido víctimas de un enfoque platónico que se viene arrastrando desde los primeros siglos de nuestra era. Las ideas griegas y platónicas permearon la iglesia con conceptos dualistas, lo cual produjo una separación entre lo espiritual y lo físico y se comenzó a entender el  sexo sólo como función reproductiva.

Quizás por ello, el libro de Cantar de los Cantares, (Shir hashirim” en hebreo),  recibió fuertes críticas y oposiciones para formar parte del Canon Bíblico. Incluso, Martin Lutero y otros, quisieron excluirlo. A algunos líderes se les ocurrió la idea de  suavizar su contenido y entenderlo como una alegoría en la que cada imagen relacional tenía que ser entendida como una relación entre Jesús y su Iglesia; algo que, por otra parte, violenta las reglas hermenéuticas de interpretación.

Como iglesia nos ha costado entrar en el dialogo de la educación sexual. Obviamente existen excepciones, pero debemos reconocer que ha sido más la labor de algunas organizaciones cristianas la que ha tenido que desarrollar el tema desde una perspectiva más amplia y, nuevamente, ante el silencio y marginación de la Iglesia.

El camino debe construirse desde la creación de puentes de comunicación, dialogo, modelos, que incluyan, el respeto, la dignidad, la tolerancia, la autopercepción y la aceptación, entre otros factores indispensables que, por supuesto, deberían iniciarse en el hogar y reforzarse en otros círculos más amplios, incluyendo las iglesias. Es todo un reto, no lo niego, sobre todo en estos tiempos en los que los medios de comunicación nos bombardean con estereotipos distorsionados de lo que es el sexo. Pero “no nos avergoncemos de hablar de lo que Dios no se ha avergonzado en crear” (Clemente de Alejandría).

Por Alexander Cabezas en Lupa Protestante

miércoles, 15 de julio de 2015

Espinal, o el riesgo de un mártir descafeinado

El crucifijo que regaló Evo Morales al Papa ha desencadenado un aluvión de comentarios. Muchos medios y las redes sociales se han prodigado en críticas, descalificaciones y hasta furibundas reacciones. “Crucifijo comunista”, “oxímoron”, “regalo insultante” han sido algunas de las expresiones más benevolentes. No acostumbro a sumarme sin más a la corriente imperante y menos en este caso donde detrás de las críticas hay ideología, no precisamente en la mejor de sus acepciones, y falta de conocimiento, por no llamarle ignorancia.

Para entender el gesto de Morales, es importante, saber que el regalo en cuestión es reproducción de un tallado hecho por Luis Espinal, el mismo jesuita homenajeado por el Papa. Él talló esa imagen en madera y decidió colocar allí el Cristo de la cruz que recibió cuando hizo sus votos. Un gesto muy significativo, porque ponía en contacto el centro de su vocación, Cristo, con el emblema de una ideología que era motivo de muchas de sus inquietudes.

Con el crucifijo de marras, se ha puesto de manifiesto que probablemente se conoce poco de Espinal o que se olvida deliberadamente aspectos esenciales de su vida por incómodos. Espinal no murió por casualidad, fue secuestrado, salvajemente torturado en un matadero, asesinado a sangre fría y finalmente su cadáver fue abandonado en un basurero, como desecho de una sociedad que castiga a quien no le sirve.

Espinal murió a consecuencia de una vida coherente con el Evangelio, denunciando la injusticia, defendiendo los derechos de las personas, violados sistemáticamente por los poderosos. Murió porque peleó contra la injusticia y del lado de las víctimas, murió porque hubo personas dispuestas a crímenes atroces con tal de proteger sus privilegios.

 A los personajes proféticos, las sociedades se las arreglan para domesticarlos. De Luis Espinal se preferiría hacer un mártir descafeinado, quitándole todo lo que incomoda para hacerlo inocuo y dejarlo listo para consumo masivo: una estampita de adorno. El incidente del crucifijo ha puesto en evidencia que muchos recuerdan a Lucho, pero no su significado. Un simple símbolo ideológico ha provocado revuelo y la indignación de algunos, esos a los que no les llama la atención, mucho menos les parece incoherente, un Cristo crucificado en una cruz de oro y piedras preciosas.

Si Luis Espinal sobrevive en nuestra memoria no es para tranquilizar conciencias, darnos una palmada en el hombro mientras ante la injusticia preferimos mirar para otro lado. Su vida, escritos y arte, también el controvertido crucifijo, están ahí interpelándonos. Luis nos recordará siempre, una y otra vez, a todos los creyentes que “una religión que no tenga la valentía de hablar a favor del hombre, tampoco tiene derecho de hablar a favor de Dios”. 

Informedh

jueves, 2 de julio de 2015

La vida en colores

Debo reconocer que me ha costado mucho entender las razones de tantas reacciones, palabras, reflexiones y declaraciones suscitadas durante estos días, debido a la aprobación del matrimonio igualitario por parte de la Corte Suprema norteamericana. ¿Por qué tanto conflicto?

No puedo negar que alguna vez fui una de esas personas. Primero, legitimando una supuesta condena bíblica y teológica que, con el tiempo y tras mucho estudio, dejé de lado al reconocer mis hermenéuticas simplistas y sesgadas. Una vez alcanzada esa convicción en un nivel intelectual, faltaba deconstruir aquellos prejuicios encarnados en mis afectos y en mi cuerpo. Ya no condenaba, pero aún me callaba. Aceptaba, pero de lejos. La gracia de Dios y el milagro que produce el encuentro con el otro, me ayudó a dejar de lado esas barreras añejas y fronteras profundas que aún me distanciaban de personas, ideas y, más aún, de la reacción frente a una situación de injusticia.

Como creyente que soy, los versículos de Mateo 22.37-40 se transformaron en ejes centrales de mi vida, mi fe, y parámetro para cualquier construcción intelectual y sentido socio-político: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.”

Ergo: ningún “mandamiento” vale más que este amor a Dios y a mi prójimo. En ese amor me encuentro a mí mismo y “permito ser” al otro/a. El amor es eso: reconocer al otro/a en su plenitud; y en ese reconocimiento, le damos existencia. Más aún: cuando un mandamiento me llama al rechazo de mi prójimo, ni siquiera puede ser interpretado como tal (sólo recordemos la discusión de Jesús con los fariseos en torno al día de reposo en Lucas 14.1-6)

¿Implica esto, entonces, un nihilismo total sin juicio alguno sobre las acciones humanas, como tanto se ha escuchado temerosamente en estos días si se daba lugar a esta ley? Para nada. ¿Entonces no hay pecado alguno qué denunciar? ¡Por supuesto que sí! ¿Y qué es el pecado? El odio hacia Dios a través del odio al prójimo. Y esto, precisamente, ¡no es un elemento intrínseco a la homosexualidad! Sí lo encuentro en el egoísmo humano que lleva a enriquecerse y empobrecer al resto, o en acumular un poder exorbitante que anule al otro. Sí lo veo en la aniquilación del otro/a por su simple diferencia. Sí lo veo en la devastación de la creación divina causados por la escalada de la acumulación. Sí lo veo en la violencia hacia las mujeres y los niños/as, con los casos que vemos todos los santos días en los medios de comunicación. Sí lo veo en la calumnia, en el odio, en el rencor, en el juicio premeditado y deshumanizante, en la defensa de lo propio por sobre los demás.

¿Perversión? ¿Promiscuidad? ¿Desorden de lo natural? ¿Desobediencia a Dios? ¿Valores de familia? ¿La destrucción del mundo y de la sociedad? Por favor, les pido un poco de mesura. Seamos más inteligentes, críticos y, sobre todo, sensibles. ¿Qué tiene que ver eso con la homosexualidad? Si vamos a poner un “lente sexual” a estos elementos, ¿se pusieron a hacerlo desde la heterosexualidad? Estoy seguro que los resultados que obtendremos serán de gran sorpresa. Pero no: eso es lo normativizado; o sea, sin cuestionamiento alguno. “Lo natural”. Mejor, lancemos todas las culpas a “lo raro”, ¿no? Sí, es lo más fácil. Así ha sido siempre a lo largo de la historia. Pero es en ella que también existieron resistencias. ¡Gracias Dios!

En fin, me entristecen tantas reacciones de odio en torno a un hecho que sólo se relaciona con el amor, la integración, el derecho y la inclusión. Como creyente, creo que estos valores son supremos para mi fe. No hay ni mandato, ni prejuicio, que pueda ir contra ellos. ¿Entonces qué hacemos? Discutamos, y vamos a ver que muchas cosas pueden ser distintas de lo que aprendimos. Yo pude descubrirlo. Sobre todo, me abrí al llamado evangélico del amor como parámetro, donde la humildad crítica del lugar propio y la apertura a lo distinto a mi, representan el fundamento central de la fe, o sea, de una vida plena de colores.

Por Nicolás Panotto en Lupa Protestante

sábado, 27 de junio de 2015

El Tribunal Supremo de EE.UU. legaliza el matrimonio igualitario

El matrimonio igualitario es desde ayer legal en todo Estados Unidos. El Tribunal Supremo, máxima instancia judicial en este país, declaró ilegales las leyes que en 14 Estados prohibían casarse a personas del mismo sexo. Tras décadas de lucha, en pocos años los estadounidenses y sus líderes, contrarios hasta hace poco a la equiparación de los derechos de gais y lesbianas, han dado un giro irreversible. La decisión, comparada con la que en 1954 ilegalizó la segregación racial en las escuelas, cierra una era de discriminación.

“Este fallo es una victoria para América”, dijo Barack Obama. “Cuando todos los americanos son tratados como iguales, todos somos más libres”. El caso Obergefell et al. contra Hodges, director departamento de Sanidad de Ohio, et al. pasará a los libros de historia con otros casos como Brown contra el Consejo educativo de Topeka o Roe contra Wade, que han transformado EE UU. James Obergefell y los otros demandantes pedían al Supremo que ilegalizase las leyes que, en Michigan, Kentucky, Ohio y Tennessee, definían el matrimonio como la unión entre hombre y mujer.

 
El tribunal, con 5 votos a favor y 4 en contra, dio la razón a Obergefell. Anthony Kennedy, el juez centrista que suele desempatar en las decisiones reñidas y que redactó el fallo, argumentó que las leyes de estos cuatro Estados vulneran la 14ª enmienda de la Constitución, que consagra la igualdad ante la ley y, según el fallo, “exige al Estado que case a dos personas del mismo sexo”. “Piden una dignidad igual a los ojos de la ley”, escribió Kennedy en referencia a los demandantes. “La Constitución les garantiza este derecho”.

Automáticamente, la decisión sobre los cuatro Estados demandados se aplica a los diez que sólo permitían casarse a un hombre con una mujer. De golpe, el matrimonio homosexual, hasta ahora legal en 36 Estados, lo es en los 50 de la Unión, sin excepción.

La primera potencia, la democracia más poderosa, un país con un largo historial de discriminación pero también de batallas por los derechos civiles, propicia el mayor avance en décadas, quizá en la historia, de los derechos de gais y lesbianas. Quienes se oponen al fallo de ayer tiene poco margen para revocarlo. Deberían enmendar la Constitución o lograr que los jueces —los actuales u otros más conservadores— dictasen otro fallo que anulase el actual. El juez conservador Antonin Scalia describió la decisión, en un voto particular, como un “golpe de Estado judicial” y dijo que el Tribunal Supremo es una amenaza a la democracia estadounidense. El argumento de la minoría conservadora es que los jueces se han excedido al intervenir en un asunto que debería decidir el pueblo.

Cambio en pocos años
Hace medio siglo, todos los Estados de EE UU menos uno criminalizaban la homosexualidad, y la Asociación Psiquiátrica Americana la calificaba de enfermedad mental, escribe el profesor de Harvard Michael Klarman, autor de Del armario al altar, una historia de la lucha por el matrimonio homosexual.

Hace sólo diez años, el único Estado en permitir las bodas entre personas del mismo sexo era Massachusetts. La doctrina del Supremo era que cada Estado debía decidir por su cuenta. “Mis creencias religiosas dicen que el matrimonio es algo santificado entre un hombre y una mujer”, decía Obama en 2004, cuando aspiraba a ser senador por Illinois. Aquel año, un 31% se oponía al matrimonio igualitario y un 60% estaba a favor, según el Pew Research Center. Ahora un 59% está a favor y un 39% en contra. Todo ha cambiado en pocos años: las Fuerzas Armadas aceptan a gais y lesbianas, el Gobierno federal ya reconoce a efectos administrativos a los matrimonios homosexuales y Obama se ha sumado al movimiento.
 
Gráfico del Centro Pew Research sobre el cambio de la opinión pública estadounidense a favor del matrimonio igualitario.

Tras conocerse la decisión, frente a la escalinata del Supremo, Bill Wooby, de 67 años, recordaba los años de lucha, la discriminación, los amigos muertos y lloraba. “Por primera vez me siento americano”, dijo.

viernes, 19 de junio de 2015

Comunicado con motivo del homenaje-oración por Pedro Zerolo


En respuesta a los comentarios surgidos a raíz de la oración-homenaje a Pedro Zerolo del pasado miércoles en la Iglesia de San Antón y vista la repercusión que ha tenido en los medios, me veo en la obligación de aclarar los siguientes puntos:

1.- Tanto la pastora Esther Ruiz de la IEE como yo fuimos invitados a participar de la oración-homenaje a Pedro Zerolo, puesto que se le quería dar un cariz ecuménico al acto, pero en ningún momento se nos dio ningún tipo de directriz sobre el desarrollo y contenido de la celebración.

2.- Yo no soy sacerdote anglicano, soy pastor protestante.

3.- Es falso que en mi intervención (la cual colgaré al final para aquellos que les falla la memoria) "saliera del armario" mientras rezaba por el alma del difunto. En ningún momento pronuncié las palabras “Yo también soy homosexual”. Por otro lado tampoco considero que este tipo de afirmaciones tengan por qué ser ofensivas, dado que el templo donde se desarrolló la celebración hace gala de ser un espacio “inclusivo”.

4.- En caso que sea cierto que a partir de ahora no voy a ser bienvenido a la Iglesia de San Antón, considero que esto iría en contra del espíritu abierto que propugnan las personas que gestionan dicho templo. Puesto que uno de sus principios es la aceptación de todas las personas independientemente de su origen o condición.

5.- La estola es un elemento litúrgico de la indumentaria cristiana que los ministros utilizamos para todo tipo de actos religiosos. Tanto la pastora Esther como yo decidimos que por respeto al fallecido y puesto que se trataba de una oración deberíamos utilizar la indumentaria apropiada , al igual que el P. Ángel decidió vestir el traje sacerdotal. Que fuera multicolor, no tiene una especial significación, simplemente me pareció  adecuada como homenaje al fallecido.

6.- En ningún momento se trató de un acto con connotaciones políticas. Se homenajeó la figura y trayectoria social de Pedro Zerolo y posteriormente se oró por él, ni más ni menos.

Mi intervención en el acto fue la sigueinte:

"Esta tarde recordamos a un gran hombre que se llama Pedro Zerolo. Bien es sabido por todos que él nunca se declaró una persona creyente, no obstante siempre mostró cercanía y respeto por los que sí creemos. Estamos aquí reunidos para homenajear su vida y sus logros en favor de la lucha por los Derechos Humanos y en especial de las personas gays, lesbianas, transexuales y bisexuales. Un trabajo que desarrolló con honor durante toda una vida de militancia, primero en COGAM, luego en la FELGTB y más tarde como servidor público en las instituciones madrileñas.

Gracias a él hoy las personas LGTB pueden decir con orgullo que nuestro país es lugar de convivencia donde unos y otros podemos vivir en libertad y armonía.

Desde la Iglesia de la Comunidad Metropolitana lamentamos profundamente su pérdida y transmitimos nuestro cariño y oraciones en especial a su marido, Jesús, familiares, amigos y compañeros.

Dios de misericordia y de amor, ponemos en tus manos amorosas a tu hijo Pedro.  Ahora que ya está libre de toda preocupación, concédele la felicidad y la paz eterna. Su vida terrena ha terminado ya; recíbelo ahora en tu presencia, donde ya no habrá dolores, ni lágrimas, ni penas, sino únicamente paz y alegría con Jesús, tu Hijo, y con el Espíritu Santo para Siempre. Amén"

Alejandro
Pastor de ICM

jueves, 18 de junio de 2015

Réquiem por Pedro Zerolo

Con los últimos rayos de sol se celebró ayer, en la Parroquia de San Antón, la ceremonia en honor al que el padre Ángel bautizó con el título de «alcalde de Chueca»: el difunto Pedro Zerolo. Él, que en vida se declaró «ateo militante», y que tantas veces se enorgulleció en denunciar el «patriarcado de la Iglesia católica», recibió el mayor homenaje que un religioso cristiano, el fundador de Mensajeros de la Paz, le quiso dar. Un hombre que lo consideraba un «amigo de corazón» y con el que tantas veces discutió «sobre lo divino y lo humano».

El evento, abierto según el sacerdote a «todos sus amigos, vecinos del barrio y de los movimientos gay y no gay», abarrotó el austero templo. Entre los prietos bancos se pudo ver, arropando a la pareja y hermana del fallecido, los dos rostros más destacados del PSOE madrileño: el portavoz del grupo socialista en la Comunidad, Ángel Gabilondo; y su homólogo en el Consistorio, Antonio Miguel Carmona. No se hallaba entre los presentes la nueva alcaldesa, Manuela Carmena, a la que el padre Ángel disculpó.

La nave estaba decorada con pantallas en las que se dibujaban el rostro del ausente en el esplendor de su vida. «Con la melena que tenía antes de la enfermedad y la sonrisa que mejor lo representaba» subrayó el párroco.

Con la proyección de más fotografías, que recogían momentos de su paso por la política, y algunas personales, arrancó en homenaje. Entre ellas aparecieron la de la ceremonia de su boda, un rito que, a día de hoy, la iglesia católica no reconoce. Tras la exposición, tomó la palabra Carmona, que rememoró su compromiso de otorgar el nombre de Pedro Zerolo a una calle del céntrico barrio madrileño, y que quiso recordarlo como «aquel niño que vino de Caracas y que se convirtió en el motor de la defensa de los derechos civiles».

Acto seguido fue el turno a dos pastores de la Iglesia Evangelica Española y de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, una mujer y un hombre, este último ataviado con un estola con los colores del arco iris. Ambos agradecieron al fallecido su lucha por el respeto al colectivo LGTB, acrónimo de Lesbianas Gays, Transexuales y Bisexuales, para cerrar el acto cediéndole la palabra al padre Ángel, que quiso resaltar la «alegría que caracterizaba a Pedro. La misma con la que debemos afrontar los cristianos esta nueva etapa de la iglesia que ha llegado con el Papa Francisco, en la que se vislumbran cambios».

El momento más emotivo surgió cuando el sacerdote recordó cómo, ayer por la mañana, «una niña musulmana trajo al templo una rosa, en señal de gratitud a los Misioneros de la Paz, por haberla ayudado a superar un terrible cáncer». Tras estas palabras, el párroco mostró la flor, se acercó a la imagen del difunto, situada junto al altar presidiendo el acto, y se la colocó en el pecho.

Antes de que las puertas del templo volvieran a abrirse, se leyó el poema Oda a la Tristeza, de Pablo Neruda, «el preferido de Pedro», zanjó el oficiante. El último verso se fundió con un aplauso.

sábado, 13 de junio de 2015

Uniones homosexuales: ¿Rechazo? ¿Misericordia? ¿Reconocimiento?

Nos encontramos en medio del Sínodo sobre la familia. En octubre del año pasado se realizó una primera asamblea y al terminar se hicieron públicas sus conclusiones en la Relatio Synodi. La reflexión continuará al menos hasta la asamblea de octubre de 2015 y, por lo mismo, como dijo el portavoz de la sede apostólica, “es importante no sobre-analizar el texto”. De todas maneras, queda la estela de los debates, del documento y de las votaciones inéditamente publicadas. Especialmente estas últimas muestran una notoria falta de consenso, entre otros asuntos, en el cómo abordar la pastoral con personas homosexuales (1). El texto conclusivo no respondió a las expectativas de aquellos que esperaban “nuevas palabras” a lo ya dicho en esta materia y, así, no es arriesgado pensar que con esto tenga que ver el tercio de obispos que quedó disconforme con la redacción de los números dedicados a ella.

¿Qué “nuevas palabras” se podrían esperar, con mayor o menor realismo, de parte del Magisterio de la Iglesia en lo relativo a la vida de las personas homosexuales? Creo que estas se podrían situar en dos niveles. El primero es el de la actitud. Para muchos, se esperan palabras que logren expresar de mejor forma el debido “respeto, compasión y delicadeza” que el mismo Magisterio proclama en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) de 1992 (n° 2.357). Algunos añoran dichos que nadie podría discutir doctrinalmente y que tienen esta cualidad: “Los homosexuales son bienvenidos en la Iglesia”, “queremos escucharlos”, “ellos no deben sentir vergüenza por lo que son”, “sabemos del sufrimiento cuando se les estigmatiza negativamente”, “ellos tienen muchos dones que entregar”. Varias de estas expresiones de hecho sabemos que fueron discutidas y ninguna llegó a estar presente en el texto final. Estas harían mucho bien. Además, algunos, en esta línea, soñamos con que la Iglesia pida perdón. Aquí ha habido negligencia pastoral y complicidad en vivencias de la homosexualidad teñidas de oscuridad y sufrimiento. Y, por último, se espera que se celebre a aquellos que, incluso en medio de la hostilidad, han permanecido fieles a la Iglesia y buscando su crecimiento. De ellos, todos tenemos que aprender.

Otro nivel de “nuevas palabras” esperables se refiere derechamente al juicio a las uniones homosexuales. ¿Es posible decir algo más de lo que se ha dicho? ¿Es ilusorio pensarlo? Las próximas páginas tienen como objetivo presentar lo que se ha dicho hasta hoy y, sobre todo, lo que se “podría” esperar que se dijera. 

Lo dicho hasta hoy: El rechazo magisterial
Creo que lo dicho por el Magisterio en torno a lo que llama “actos” homosexuales es conocido por muchos. Y lo es tanto por su claridad como por la insistencia en ser expresado utilizando prácticamente las mismas palabras en cada documento de los últimos cuarenta años. Esto se puede dividir en: un juicio al acto, una justificación principal, otras justificaciones relevantes y un juicio a la culpabilidad. Presento a continuación una breve síntesis de todo esto a modo, probablemente, de un recuerdo: 

a) El juicio al acto homosexual.
Nunca se ha expresado una duda en un documento magisterial respecto de que “(el acto homosexual) no puede recibir aprobación en ningún caso” (CIC, n° 2.357). La primera vez que se lo señaló en esos términos fue en la declaración de la Congregación de la Doctrina de la fe (CDF) de 1975 “Persona humana”, en su n° 8. Y en ese texto se agrega: “No se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos”. La siguiente vez fue en la “Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales” de la misma congregación. Esta vez, el año 1986, repite la primera formula y especifica en su n° 15 que “ningún programa pastoral auténtico podrá incluir organizaciones en las que se asocien entre sí personas homosexuales, sin que se establezca claramente que la actividad homosexual es inmoral”. En el año 2003, por último, en un contexto de discusión sobre reconocimiento civil, la CDF reiterará el juicio.

b) La justificación principal.
Se podría decir que la principal justificación utilizada para el rechazo ha sido la siguiente: según el orden moral objetivo, estas relaciones son “actos privados de su ordenación necesaria y esencial”, o son, “por su intrínseca naturaleza, desordenados” (CDF, 1976, n° 8). ¿Cuál sería ese orden transgredido? El acto sexual estaría orientado, por naturaleza, a la procreación y exige, por lo mismo, complementariedad. La actividad homosexual, por el contrario, “no expresa una unión complementaria capaz de transmitir la vida y, por lo tanto, contradice la vocación a una existencia vivida en esa forma de autodonación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana” (CDF, 1986, n°7). Vale decir, el argumento del Magisterio es el mismo utilizado para rechazar todas las relaciones sexuales no abiertas a la procreación, aunque aquí agrava su juicio porque el acto está imposibilitado para ello. 

c) La justificación desde la continuidad con la tradición y las Escrituras
El Magisterio ha resaltado el hecho de que el mismo rechazo se puede encontrar a lo largo de la tradición de la Iglesia y está en perfecta continuidad con las Escrituras. Aun cuando se reconoce, especialmente respecto a estas últimas, que la Iglesia de hoy proclama el Evangelio a un mundo muy diferente al antiguo, “existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual” (CDF, 1986, n° 5). No se tratarían, por tanto, de frases aisladas de las escrituras sacadas fuera de su contexto (asunto defendido por parte importante de los teólogos bíblicos), sino de una coherencia en el juicio presente en diversos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y que hunde sus raíces en la misma teología de la creación del Génesis: “Los seres humanos, por consiguiente, son creaturas de Dios, llamadas a reflejar, en la complementariedad de los sexos, la unidad interna del Creador. Ellos realizan esta tarea de manera singular, cuando cooperan con Él en la transmisión de la vida, mediante la recíproca donación esponsal” (CDF, 1986, n° 6). Además, ha insistido en que ese mismo juicio se encuentra en muchos escritos eclesiásticos de los primeros siglos y “ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica” (CDF, 2003, n° 4). 

d) El juicio respecto a la culpabilidad. 
Si el juicio objetivo respecto al acto homosexual parece claro, ¿qué hay respecto de la culpabilidad personal? En la declaración de 1975 de la CDF se distingue entre el acto homosexual objetivamente contrario a la moral y la culpabilidad de la persona. Esta última, dice, debe ser “juzgada con prudencia” (CDF, 1975, n° 8), aun cuando, como ya se señaló, no deben emplearse métodos pastorales que reconozcan una justificación moral. En la carta de 1986 ahonda al respecto, pero poniendo énfasis en lo relativo a la no justificación moral. Frente a una posición justificadora que argumenta una falta de libertad y alternativas por parte de la persona homosexual, la CDF defiende dos cosas en el n° 11: el no generalizar a partir de casos particulares –estos últimos pueden tanto reducir como aumentar la culpabilidad– y el evitar la presunción “infundada y humillante” de la falta de libertad.

 Como se ve, el tono en que está formulado el juicio magisterial da poco espacio a la interpretación. Incluso cuando en alguna declaración se reconoce que la culpabilidad debe juzgarse con prudencia, el énfasis está puesto en que estas uniones no se pueden justificar moralmente en ningún caso. 

La misericordia o la unión homosexual como “mal menor”
Cuando se piensa en “nuevas palabras” a nivel doctrinal, algunos piensan que el llamado a un “juicio prudente” respecto de la culpabilidad personal debe abrir paso a una más decidida expresión de misericordia para aquella personas homosexuales que se han unido en relaciones de noviazgo y convivencia.

Esta apelación a la “misericordia” hunde sus raíces en la experiencia del conocimiento del sufrimiento de personas homosexuales en su itinerario de vida. Este último está marcado muchas veces por:
  • una orientación sexual que se fue descubriendo desde temprano, no siendo elegida, ni querida.
  • un contexto social hostil a la homosexualidad con ridiculizaciones, menosprecios, e incluso exclusión laboral y maltrato físico a quien podía ser sospechoso de ser homosexual o bien lo revelara.
  • un contexto eclesial donde se replicó: la estigmatización, insistiendo en que la orientación era una “enfermedad”; el maltrato, a través de discursos peyorativos; y la exclusión, esta vez eclesial, para aquellos que hiciesen pública su orientación, y más aún para quien decidiera vivirla. Esto traía consigo dos “pesos” agregados: la carga religiosa de lo “pecaminoso” y la autoridad de quién lo decía.
  • un contexto familiar donde se podían replicar las mismas dinámicas, con el sufrimiento añadido para el niño(a)-joven-adulto homosexual de no querer provocar un dolor en aquellos que tanto quería.
  • una vivencia homosexual, que en los contextos anteriores, tuvo el peso de la lucha contra sí mismo, la soledad, la doble vida y el riesgo.

Muchos de aquellos quienes piden más “misericordia” tienen presente historias como estas o incluso más dramáticas, como las de aquellos adolescentes que han terminado suicidándose. De aquí surge una sana compasión que dice “basta de tanto sufrimiento injusto”.

Por otra parte, al mirar el futuro exigido por el Magisterio para todo homosexual, como es el del celibato, muchas personas también lo reconocen como una carga indebida y una oferta de camino irreal, al menos para todos. Aún valorando el celibato como vocación, este exige estructuras de apoyo para ser vivido sana y fecundamente. Estructuras que no proveen la sociedad ni la Iglesia para el homosexual. Además, la vivencia del celibato supone un marco de sentido que no es universal. Exigir el celibato para todos pareciera desproporcionado y excluiría a buena parte de los homosexuales de la comunidad eclesial. Contemplando a Jesús, que buscó la inclusión de aquellos marginados de su tiempo, muchos no pueden quedar en paz con el rechazo magisterial a todas las uniones homosexuales.

¿Qué significa, entonces, la petición de “misericordia”? Además de “nuevas palabras” que expresen una nueva actitud, como dijimos al comienzo, se trata de la esperanza que a nivel doctrinal se proclame que “no toda unión homosexual es condenada e injustificable desde el punto de vista moral”.

¿Es irreal esto en el corto o mediano plazo, teniendo en cuenta las declaraciones de las últimas décadas? No lo sabemos. Algo así evidentemente contradeciría varias formulaciones de la CDF. Y esto hace que sea algo difícil que suceda en breve. Pero no es impensable un cambio de postura, invocando otros principios de juicio moral que tienen larga tradición en la Iglesia, mucho más que las señaladas en estas declaraciones. Recuerdo al menos tres que están entretejidas:

a) La doctrina del mal menor. 
Se puede seguir creyendo que toda unión homosexual es algo no querible en sí mismo. Pero si la alternativa es un mal superior e invencible, como podría ser una vida sexual deshumanizante, o una soledad no llevable psicológicamente, cierta unión homosexual, especialmente monógama, podría tolerarse como “mal menor” y no sufrir condena. De hecho, en la declaración de la CDF que habla sobre la culpabilidad subjetiva desliza algo como lo anterior, haciendo alusión a la “imposibilidad de vivir la vida célibe”. Lo que pasa es que pide no “generalizar los casos particulares”. La cuestión aquí sería ver si efectivamente estamos hablando de casos muy particulares y no la situación general.

b) El lugar de la conciencia. 
La anterior cuestión respecto de los dos males en juego, vista ahora desde la persona homosexual que juzga su mejor quehacer, nos lleva a la valorización de su propia conciencia. De nuevo, aun cuando este pueda reconocer que la vida homosexual activa no es el ideal, la propia conciencia ¿no podría llevarlo a asumir estas relaciones bajo ciertas condiciones? ¿No estaría con ello haciéndose responsable de su propia vida y del llamado a la búsqueda del bien y la verdad en ella? Recordemos que el Concilio Vaticano II en su constitución pastoral Gaudium et Spes reivindica el lugar privilegiado de la conciencia personal en la búsqueda de la verdad (n° 16) incluso para la propia dignidad de la persona (n°17).

c) Heroísmo no exigible.
Por último, la doctrina del mal menor se entronca con otra clave de juicio moral que tiene larga tradición. Supongamos que efectivamente el juicio entre estos dos males objetivos puede llevar a la conclusión de que es posible una vida célibe, pero con un costo humano muy grande. El Magisterio ante ello podría animar en el valor del celibato para el homosexual, pero ¿exigirlo para todos como la única respuesta moral justificada? ¿No será para muchos una verdadera vida heroica y, aunque deseable, no exigible?

Una postura “misericordiosa” que se puede pedir al Magisterio eclesial podría ir en esta línea y, como hemos insinuado, se engarza con cuestiones defendidas por la tradición de la Iglesia. Es más, quizás a la hora de las formulaciones futuras, bastaría un énfasis distinto que resaltara lo que la CDF del 76 señaló, pero ha tenido resguardo en proclamar públicamente para no generalizar: la relativización de la culpa subjetiva. La misericordia no implica pasar por alto un mal realizado, sino acoger la fragilidad humana. Tiene que ver con que “no podemos todo”, y que la moral se juega “dentro de lo posible”. La compasión que acompaña a esta misericordia no tiene que ver con una mirada en menos a un cierto grupo humano o una minusvaloración de su libertad. La compasión es la conexión con personas concretas e historias sagradas que merecen un trato único, más aún si muchas de ellas han sido marcadas por el sufrimiento. Las últimas intervenciones del papado y la reflexión de moralistas y pastores estas últimas décadas que van en esta línea hacen que no sea ilusorio pensar en estas “nuevas palabras”. 

La esperanza en el reconocimiento del amor homosexual
Todo lo dicho anteriormente, aunque necesario y bienvenido, resulta insuficiente para una amplia mayoría de mujeres y hombres homosexuales católicos y no católicos. Más todavía para aquellos que han terminado aceptando su orientación sexual con un sano orgullo como parte de su identidad y de lo que están invitados a compartir. La lucha pública, pero antes en el interior de la misma persona, ha sido justamente la de no concebir su orientación como un desorden, el cual debiera ser reprimido, sublimado o en el mejor de los casos “tolerado”, sino como uno de los modos de sentir que la constituye en cuanto tal. No estamos hablando aquí de una característica secundaria de una persona, de la que es indiferente un juicio valorativo sobre ella. En la orientación sexual se expresan deseos de acompañar y ser acompañado, de ser contenido y contener, así como de comunicación, afectos, y proyectos de vida, entre otras muchas cosas. La orientación sexual no se reduce al mero placer epidérmico. Por lo mismo, decir que esa orientación no es un bien es referirse a todo ese modo de sentir que tonifica la vida de esa persona desde muy dentro. Así, aunque es cierto que se pueden hacer distinciones entre la condición y la expresión sexual, la separación que hace el Magisterio entre “te acepto como persona”, “pero tu homosexualidad es un mal” y “todos tus actos homosexuales son pecado”, resulta violento para muchos, y creo que con justa razón. En el fondo, ahí no termina de haber aceptación.

Por otra parte, el no reconocimiento de la homosexualidad como un bien se opone a una cierta Ética del don al desconocer su carácter recibido. Es como si no se terminara de comprender que la orientación sexual es de esas cosas en la vida que simplemente se reciben. Desde cierta cosmovisión, el origen de ella será el azar o la “naturaleza”. Desde la cosmovisión cristiana, el origen de ello es Dios, ya sea porque “Él lo quiso así” o porque “Él lo invita a acogerlo como un don”. Esto último ha recibido un apoyo importante cuando la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) la ha quitado ya de la lista de enfermedades en 1990. Pero, aunque no lo hubiese hecho, ¿no es el propio Jesús en su praxis evangélica el que invita a relacionarse con lo “recibido” de una forma cariñosa y amable? ¿No es cierto, como señala san Pablo, que estamos invitados a “enorgullecernos” en nuestra debilidad? (2 Co 12, 19). ¿No es más relevante que preguntarse por el “origen de esto”, siempre misterioso, el pensar cómo esto puede ser “ocasión de que la gloria de Dios actúe” (Jn 9, 3)?

En cualquier caso, el quererse a sí mismo de la persona homosexual pasa también por estimar y celebrar ese modo de sentir. No habrá aceptación de sí mismo como un don si no reconoce que su orientación sexual también lo es. Se trata de algo muy medular para la gran mayoría. Por ello, se explica que parte del movimiento de la persona homosexual sea la reivindicación del “orgullo de serlo”. El “soy homosexual”, pasa a ser el “soy gay”. La palabra es un anglicismo, en inglés “alegre”, y se refería primeramente al modo de vivir “alegre” de los que ejercían la prostitución masculina. Luego, la palabra fue adaptada como acrónimo de “Good As You” (bueno como tú). Las dos acepciones hacen referencia a una reivindicación pública de la “alegría” u “orgullo” de ser homosexual que, a la vez, se transforma en una misión de transformación cultural para que se pase de la homofobia a la valoración de la diferencia y la aceptación agradecida de lo que la vida o Dios dan.

Ahora, ¿puede ser amable un “modo de sentir”, una cierta gama de deseos, y no su realización? Hipotéticamente, sí: cuando esos deseos terminan produciendo daño. Pero ¿es el caso? La OMS ya tiene claro que no. Pero antes, son los mismos gays los que han experimentado que en muchos casos, la vida vivida en pareja, en particular, “con esta persona concreta”, ha sido un regalo, un don de Dios, una expresión del cuidado, de la predilección, de que “mi vida es importante para Él”, de que “soy alguien querible”, y ocasión para expresar que “mi” homosexualidad puede hacer feliz a otra persona y ser expresión de rasgos del amor de Dios. Esta es la creencia de muchos. Nadie los puede sacar de la convicción de que “esta persona”, “esta relación”, “estos años”, son algo a celebrar, a agradecer, son cosas de las cuales se está feliz, y de lo cual quieren compartirlo.

Esta conciencia personal de que esta es una experiencia amorosa que “me” ha dignificado, hecho feliz y ha hecho feliz a otros contrasta dramáticamente con la conciencia magisterial de que esto es un desorden objetivo, que ahí no hay amor, que esto no forma parte del plan de Dios. Ahí no queda más que el quiebre. Lo que para uno ha sido parte de su historia de salvación, para otro es parte de su deshumanización. ¿Qué prima? Por más “formada” que esté la conciencia, por más que se diga que esta no debe actuar “autónomamente” y debe obedecer a la Verdad, esta Verdad se muestra en un lugar distinto del que señala el Magisterio. Actuar dignamente, es actuar de acuerdo a esa conciencia (Gaudium et Spes n° 17).

Ahora bien, es cierto que la convicción personal pide confirmación en la comunidad. Esta también juzga-reconoce si ahí hay amor. Para ello, puede considerar en su examen la “naturaleza del acto sexual”, pero se debe tener cuidado en que esa concepción sea tan estrecha que termine excluyendo de lo bondadoso a realidades completas de la vida. Si se considera que son requisitos esenciales de “todo” acto sexual la apertura a la transmisión de la vida y, por tanto, la complementariedad genital, evidentemente no hay espacio para el acto homosexual. Pero si consideramos el acto sexual dentro de un proyecto de fecundidad que no se reduce a la procreación, y consideramos la complementariedad en un sentido más integral, las puertas para el reconocimiento de su bondad se abren. ¿Desnaturaliza esto el acto sexual? Creo que no. Respecto a la fecundidad-no procreativa, ¿el Magisterio no valora el acto sexual fuera de los períodos naturales de fertilidad? ¿No valora positivamente también el acto sexual de dos personas que ya por edad o por distintas disposiciones no pueden procrear? Es claro que aunque una de las finalidades cruciales del acto sexual es la procreación, la sexualidad humana por su fuerte sentido simbólico va más allá de ello. En cuanto a la complementariedad, ¿es requisito una complementariedad genital? ¿Y qué sucede con personas que por invalidez no pueden ya generar esa complementariedad? ¿Acaso ellas no pueden también manifestarse afecto recurriendo al amor erótico en sus distintas formas?

Algunos dirán, además, que el acto sexual supone una cierta estabilidad y que incluso exige el matrimonio como proyecto unitivo definitivo. Bueno, la apertura a la bondad de estas uniones nos sitúa también en la búsqueda de las mejores formas de apoyarlas.

En todo caso, el juicio de la comunidad eclesial no puede considerar solo cierta concepción de la “naturaleza” de las cosas, sino también la narración y el testimonio de las personas. No se trata de que se justifique moralmente una acción porque simplemente la persona que la realice la crea buena, pero tampoco se puede hacer un juicio moral sin escucharlas. Y la experiencia de muchas comunidades eclesiales y muchas familias es la de ver cómo, personas homosexuales que han hecho un camino en pareja, no solamente dicen sentirse queridos y creciendo, sino también ¡se les ve así! Se les ve como si han encontrado un tesoro en sus vidas el cual celebran. Normalmente, además, ese sentirse amados, como a todos, los vuelca hacia una mayor generosidad y búsqueda de compartir lo que gratuitamente están recibiendo. No es raro que desde ahí también deseen luchar por los derechos de otros y arriesgar la vida y la reputación en ello. ¿No son estos signos propios de que aquí hay amor? Es obvio, pero valga decirlo, que no “toda” unión homosexual lo será. Al igual que en las uniones heterosexuales también pueden primar en ellas relaciones de poder o de mero intercambio egoísta que deshumanizan la sexualidad. La cuestión aquí es abrirse a que hay (muchas) uniones en que sí hay amor.

¿Es realista pensar en un reconocimiento magisterial del amor homosexual? Veo tres dificultades grandes para que este se dé, al menos en los próximos años. Significa por un lado desandar el camino trazado en los últimos años en la materia, incluyendo un situarse en un paradigma de la fundamentación de la moral distinto al utilizado en la cuestión sexual. Esto no es imposible, pero se trata de un proceso lento que requiere también una renovada visión del valor de la tradición donde quepa la evolución. La Verdad se nos ha sido revelada, pero nosotros seguimos en búsqueda. Por otro lado, supondría probablemente una tensión importante sino un quiebre con parte de la comunidad eclesial que se resistirá a este reconocimiento. Aquí creo que se requiere también una renovada visión del papel del Magisterio y del tipo de juicios que este debiese esgrimir pensando en la Iglesia universal. Por último, supone una transformación interior de la Jerarquía, que también es lenta. Esta procede de todas las zonas del mundo. Algunas de ellas donde aún se discute si la homosexualidad es un delito. Esto condiciona muchos juicios y los procesos no solo son lentos sino muy diversos.

Así, lo que muchos esperamos que suceda a nivel magisterial es que al menos se inicie un camino con nuevas afirmaciones. Se requieren “nuevas palabras”, aunque sean insuficientes y la deuda persista. Palabras que reflejen un cambio de actitud y un cambio en el modo de abordar la cuestión. Mientras, las comunidades cristianas que han experimentado el regalo de la vida de homosexuales seguirán dando testimonio de la presencia del amor entre ellos.

Por Pablo Romero, S.J. en Revista Mensaje


Ver texto y votaciones, especialmente números 53 y 54 AQUÍ.

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jueves, 4 de junio de 2015

Creyentes de distintas religiones se unen para donar sangre

La Asociación de Amistad y Encuentro Interreligioso (AAEI) ha organizado en Madrid una donación de sangre en la que participan creyentes de varias confesiones religiosas para demostrar con este gesto público que las religiones dan vida.

La Asociación de Amistad y Encuentro Interreligioso (AAEI) ha organizado para el sábado 6 de julio 2015 en la Plaza Jardines de la Virgen del Pilar (C/. Juan Bravo, 40 bis -28006 Madrid) un encuentro en el que, bajo el lema “Unidos por la sangre, compartimos vida”, personas de distintas confesiones religiosas donarán sangre que recogerá la Cruz Roja.

La AAEI ha sido constituida recientemente en España y está formada por representantes de distintas confesiones. Su objetivo es “fomentar una cultura del encuentro, de la amistad, del respeto entre los miembros de las distintas religiones, para ser elemento de construcción de una sociedad basada en el amor y la fraternidad”.

En el acto que se ha organizado, miembros de las distintas religiones presentes leerán textos de sus libros sagrados relacionados con el gesto que se va a realizar, y a continuación se leerá un manifiesto sobre el papel de la religión en el mundo de hoy. Así se quiere inaugurar de forma pública este grupo interreligioso de trabajo y fraternidad con sede en Madrid.

miércoles, 3 de junio de 2015

Fundamentalismo religioso y homofobia

Oigo unas voces confusas
y enigmáticas
que tengo que descifrar…
Dicen que soy un hereje y un blasfemo;
y otros aseguran que he visto la cara de Dios.
(León Felipe)
En este breve ensayo nos ocuparemos de la manera en que el fundamentalismo cristiano, apoyándose en una lectura monolítica y rígida de las escrituras sagradas canónicas, se convierte en apologista principal del discrimen contra la comunidad LGBTTQ. 

Fundamentalismo e intolerancia
El fundamentalismo cristiano nació dentro de la tradición evangélica estadounidense como un rechazo a múltiples cambios culturales que sectores religiosos conservadores catalogaban de secularismo y alejamiento de las normas sociales ordenadas por Dios. Sus puntos de disputa y polémica han sido diversos: las investigaciones históricas críticas de las escrituras sagradas que ponen en duda su inspiración divina, inerrancia e infalibilidad; las interpretaciones metafóricas de ciertos dogmas teológicos (nacimiento virginal de Jesús, su resurrección, su retorno triunfal al cabo de los tiempos); el darwinismo y la teoría de la evolución, que parece afectar la visión de la creación narrada en el Génesis bíblico; la diversificación de las estructuras familiares y de relaciones entre parejas; la apelación al consenso social para regular los códigos jurídicos y las normas éticas comunitarias (Barr, 1978; Marsden, 2006).

Diversos autores protestantes conservadores publicaron entre 1910 y 1915 una serie de tratados bajo el título general de Los fundamentos (The Fundamentals) (Torrey et al., 1994). Esos tratados tuvieron, gracias al apoyo financiero de algunos acaudalados magnates, amplia difusión y generaron polémicas intensas y amargas en el seno de las agrupaciones religiosas y eclesiásticas. De su título – Los fundamentos – nació la designación del movimiento: fundamentalismo. Los fundamentalistas se perciben como guerreros de la fe; cruzados del cristianismo evangélico ortodoxo.

Se trataba de defender los pilares tradicionales de la fe cristiana del temido efecto revisionista de los análisis críticos bíblicos y la teología liberal y modernista. Pero, esos debates teológicos, al interior de las iglesias, se acompañaron pronto de otra preocupación: el preservar y proteger la cultura y civilización cristiana occidental de los supuestos efectos nocivos germinados por la creciente secularización de la sociedad. De ahí, por ejemplo, las fuertes batallas contra las teorías de la evolución de la especie humana, el feminismo y sus reclamos de igualdad para la mujer, incluyendo los derechos reproductivos femeninos y su posible ordenación al ministerio o sacerdocio, y, más recientemente, los reclamos de reconocimiento jurídico y dignidad social de la comunidad LGBTTQ.
Mark Juergensmeyer (2000) detecta, en muchos grupos que reclaman legitimidad religiosa para su intolerancia moral, una pretensión de reactivar el patriarcado heterosexista. En el contexto social liberal de la modernidad tardía, esa postura conduce a una amarga hostilidad contra las señales de lo que esos grupos tildan como “degeneración moral”. La homosexualidad es uno de los blancos de crítica y ataque de integristas y fundamentalistas de distintas tradiciones religiosas: cristianas, judías, islámicas, hindúes. Su retórica ética y su praxis social se impregnan de homofobia. El homoerotismo deja de ser, en esa perspectiva teológica, una conducta protegida por el derecho a la intimidad individual, y se convierte en acción diabólica, en símbolo privilegiado del imperio de Satanás. 

Fundamentalismo y homofobia en Puerto Rico
En los últimos años, las iglesias puertorriqueñas han descubierto que representan un sector considerable de la sociedad y que pueden intentar determinar matices y dimensiones significativas de la vida colectiva. Es un error estimar como perversa esa intención. Su objetivo sincero es mitigar la crisis de valores que ellos perciben en la ética comunitaria. Es indudable, sin embargo, que muchas de sus intervenciones en el ámbito público se restringen a asuntos de moralidad sexual: la educación sexual, los derechos reproductivos femeninos, la disponibilidad de medios anticonceptivos, la interrupción voluntaria de los embarazos, los prontuarios atrevidos de algunos cursos universitarios y el homoerotismo. Sin duda, muchas participaciones en el ámbito público de varios líderes religiosos tienen que ver primordialmente con lo que el escritor Luis Rafael Sánchez ha tildado “las grescas que acontecen al sur del ombligo” (Sánchez, 1999, p. 111).

Algunos líderes religiosos parecen nuevos Torquemadas buscando herejes y heterodoxos a quienes quemar en la cruel hoguera de la opinión pública. Se proclaman sagrados fisgones y auditores de la intimidad personal. Siguiendo a pie juntillas el ejemplo de los fundamentalistas estadounidenses, de quienes reciben aliento, inspiración e ideas, buena parte de estos líderes han hecho de la guerra contra los homosexuales, gais y lesbianas pilar central de sus diatribas y censuras (McNeill, 1993; Seow, 1996; Wink, 1999).

Líderes eclesiásticos prominentes hacen de la polémica contra la homosexualidad un signo distintivo de su ministerio en la palestra pública. Esgrimen los horrores legendarios de Sodoma y Gomorra para estigmatizar toda propuesta de liberar las normas legales de prejuicios atávicos. No tienen problema alguno en convertir la Biblia en una antología de “textos del terror”. Se trata de una peculiar idolatría de la letra sagrada. Cuando se menciona a Sodoma, por lo general se pasa por alto el texto profético de Ezequiel 16: 49, donde el pecado de esta legendaria ciudad se formula de una manera distinta a la que acostumbramos oír – “Este fue el crimen de tu hermana Sodoma: orgullo, voracidad, indolencia de la dulce vida tuvieron ella y sus hijas; no socorrieron al pobre y al indigente”.

La homofobia ha sido la obsesión que ha caracterizado las intervenciones públicas de los fundamentalistas boricuas durante los inicios de este nuevo siglo. En Puerto Rico, la conducta homosexual se consideraba delito grave, según el código penal vigente por décadas. En el 2003, en un proceso de revisión de las leyes penales del país para ponerlas al día en consonancia con las normas jurídicas modernas, destacados juristas desarmaron críticamente los fundamentos en derecho del artículo 103 del código penal puertorriqueño, el bastión de la discriminación legal de los homosexuales (Álvarez González, 2001). Ese artículo afirmaba lo siguiente: “Toda persona que sostuviere relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo o cometiere el crimen contra natura con un ser humano será sancionada con pena de reclusión por un término fijo de diez (10) años.”

Aunque esa disposición legal nunca se aplicaba, ya que nadie era arrestado ni acusado por violarla, los apologistas de la criminalización de las relaciones homosexuales defendían su vigencia alegando sus supuestas virtudes religiosas y morales. Eliminarlo, alegaban, equivalía a legitimar las relaciones entre parejas del mismo sexo y a degradar el matrimonio tradicional. Un nutrido grupo de líderes religiosos asumieron vigorosamente el liderato, en la discusión pública, de la oposición contra la posible descriminalización de las relaciones homosexuales. El pueblo puertorriqueño presenció durante meses la intensa polémica pública entre juristas, sociólogos, sicólogos u otros peritos, por un lado, que propugnaban eliminar del código penal la criminalización de la homosexualidad, registrada en ese artículo 103, y líderes de distintas confesiones y agrupaciones religiosas, citando versículos bíblicos que a su entender expresan el repudio divino absoluto de la homosexualidad.

Los argumentos centrales de esos religiosos fueron, reducidos a lo esencial, dos: los mandamientos bíblicos, alegados reflejos de la voluntad divina, y la naturaleza de la sexualidad humana, tal como Dios la ha supuestamente diseñado. De acuerdo al primero, los mandamientos bíblicos, la cosa parece sencilla: la Biblia, se alega, condena la homosexualidad. El problema es que si se toma el sendero de los “textos del terror”, los resultados pueden ser sencillamente aterradores. La Biblia, por ejemplo, ordena matar las brujas (Éxodo 22: 18) y las desposadas no vírgenes (Deuteronomio 22: 20-21). Ambos textos no quedaron en el vacío. Hombres con poder social y mentalidad patriarcal los leyeron con mucha atención, antes de proceder a cegar atribuladas vidas femeninas. En el siglo diecinueve, los defensores norteamericanos de la esclavitud encontraron en la Biblia un arsenal muy útil para sus pretensiones de conservar intactas las leyes que convertían a unos seres humanos en propiedad y mercancía de otros seres humanos (Haynes, 2002).

Por siglos, textos canónicos atribuidos a san Pablo proporcionaron argumentos muy convenientes para los opositores de la equidad en derechos de las mujeres. Las tradiciones patriarcales de la cristiandad, hoy tan criticadas pero no totalmente superadas en las iglesias, tienen un innegable anclaje bíblico. Los siguientes versículos de la primera epístola de Pablo a Timoteo fueron, durante centurias, baluartes sólidos de una profunda tradición social de misoginia patriarcal:
“Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio, con todo respeto. No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad sobre el marido: al contrario, que permanezcan calladas. Porque primero fue creado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó seducir, sino que Eva fue engañada y cayó en el pecado. Pero la mujer se salvará, cumpliendo sus deberes de madre, a condición de que persevere en la fe, en el amor y en la santidad, con la debida discreción” (Primera epístola de Pablo a Timoteo 2: 11-15)
Citando esos versículos como alegada expresión fiel y autorizada de la voluntad divina teólogos y filósofos de la cristiandad defendieron durante casi dos milenios la prioridad ontológica del varón sobre la mujer (“porque primero fue creado Adán, y después Eva”), la responsabilidad femenina del terrible pecado original que rige como perversa maldición sobre toda la historia humana (“no fue Adán el que se dejó seducir, sino que Eva fue engañada y cayó en el pecado”), la reclusión de la mujer en sus funciones maternales (“la mujer se salvará, cumpliendo sus deberes de madre”) y su sumisión perpetua al silencio y la obediencia (“Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio… No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad… al contrario, que permanezcan calladas.”) Sólo cuando biblistas y teólogos comenzaron a estudiar ese rígido mandato en su contexto histórico específico; a saber, como manifestación ideológica de una sociedad helenística patriarcal ya superada culturalmente y no como expresión de la voluntad divina (Schüssler Fiorenza, 1983), pudo iniciarse la lenta superación de la subordinación femenina, la cual, dicho sea de paso, aún no concluye.

Lo anterior no quiere decir que la Biblia sea un texto insignificante para la reflexión ética. Todo lo contrario. Las escrituras sagradas hebreo cristianas presentan desafíos constantes y complejos de lectura e interpretación. Es imposible leer la Biblia, con la mente libre de prejuicios, sin percibir el predominio en ella de la convocatoria profética a la solidaridad con los desvalidos y marginados. “Abre tu boca en favor de quien no tiene voz y en defensa de todos los desamparados… y defiende la causa del desvalido y del pobre” (Proverbios 31: 8-9); “¡Defended al desvalido y al huérfano, haced justicia al oprimido y al pobre, librad al débil y al indigente, rescátenlos del poder de los impíos!” (Salmo 82: 3-4). Las condenas en la Biblia, frecuentes en los profetas y en los Evangelios, se dirigen, en su gran mayoría, contra quienes usan el poder público – político, económico y religioso – para la injusticia y la opresión. Ejemplo destacado es el amargo juicio que Jeremías hace de la conducta de Joaquín, rey de Judá (Jeremías 22: 13-16):
“!Ay del que edifica su casa sin justicia, y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, y no dándole el salario de su trabajo!… ¿No… hizo [tu padre] juicio y justicia, y entonces le fue bien? El juzgó la causa del afligido y del menesteroso… ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová.”
O el profeta Miqueas (Miqueas 3: 1-4), apostrofando a los gobernantes de Israel por su injusticia y el abuso del poder:
“Oíd ahora, príncipes de Jacob, y jefes de la casa de Israel: ¿No concierne a vosotros saber lo que es justo? Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla. Entonces clamaréis a Jehová, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro en aquel tiempo, por cuanto hicisteis malvadas obras.”
O Jesús en su amarga confrontación con los líderes religiosos de su época, quienes intentaban imponer sobre la conciencia humana sus restrictivos códigos de pureza (Mt. 23: 27-28):
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de… toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía…”
Así como una vez se reconoció, al menos por las voces más ilustradas y sensatas, la impertinencia e insensatez de usar la Biblia como arsenal contra la teoría heliocéntrica, la evolución de las especies, el gobierno republicano, la abolición de la esclavitud, la tolerancia del pluralismo religioso o la igualdad de las mujeres, hoy debemos evitar emplearla como instrumento de discrimen y persecución contra quienes defienden su derecho a la intimidad de sus orientaciones sexuales. Los auténticos lectores de la Biblia encuentran en ella horizontes cada vez más amplios de solidaridad y respeto a la diversidad humana como reflejo temporal de la trascendencia eterna divina. Por algo la hermenéutica bíblica ha nutrido toda otra hermenéutica académica y, en general, la crítica literaria secular (Auerbach, 2003).

El segundo argumento clásico en la tradición cristiana contra la homosexualidad, proviene de una valoración de la sexualidad hoy considerada obsoleta y atávica. Ciertos textos de san Pablo, ligados a la teoría de la concupiscencia desarrollada por san Agustín, ensombrecieron moralmente la sexualidad. Se vio en ella la señal máxima del pecado. Se le estigmatizó moralmente, adjudicándole una exclusiva función permisible – la procreación, la reproducción de la humanidad. La castidad, el celibato, la virginidad se convirtieron en virtudes primarias de la cristiandad (Brown, 1988). La relación sexual se limitó a la esfera marital y exclusivamente con el propósito de proseguir la especie humana. Si la única justificación admisible para la sexualidad era la procreación humana, toda actividad sexual que no tuviese esa finalidad era severamente condenada. No queda lugar, en este esquema conceptual, para el placer infértil, sobre todo aquél que no puede enmarcarse en la dualidad de “varón y hembra” tan reiterada en la escrituras sagradas.

Todavía resuenan en muchos documentos eclesiásticos oficiales, al igual que en muchos púlpitos, los residuos de esa valoración negativa del placer sexual. De aquí la larga e inútil batalla contra el llamado onanismo, así catalogado en referencia al texto veterotestamentario sobre Onán (Génesis 38: 6-10). Su costo ha sido elevado: la agonía mental y espiritual de innumerables jóvenes hondamente angustiados por su incapacidad de vivir a la altura de esas normas de abstinencia corporal. Nuestra sociedad e incluso la mayoría de la cristiandad ya no se rigen por ese riguroso ascetismo corporal. Cada vez más, se reconoce la legitimidad y autonomía del placer sexual. La obsesión por la concupiscencia deja de dominar la reflexión ética de los principales centros de formación teológica.

Nos encontramos en un momento en la historia humana en que se debaten perspectivas muy disímiles sobre la familia y la sexualidad humana, sus múltiples configuraciones, matices y dimensiones (Ruether, 2000). Las leyes, en una sociedad democrática y liberal, deben proteger la pluralidad de visiones y conducir a que los debates y conflictos entre ellas se conduzcan de maneras civiles y dialógicas. La idea jurídica del alegado “crimen contra natura” supone un consenso social que ya no existe. El pluralismo ideológico, ético y religioso es elemento esencial de toda democracia moderna. Eso requiere de todos abandonar los repudios absolutos y aprender a reconocer, respetar y, si posible, disfrutar la dignidad de las diferencias, la equidad en las diversidades (Sacks, 2002).

A la sombra de la alegada “naturaleza” humana con excesiva frecuencia se consideró, citando a autoridades distinguidas de la cultura occidental como Aristóteles, san Pablo y Tomás de Aquino y esgrimiendo ciertos versículos bíblicos, que unos seres humanos eran inferiores en racionalidad y espíritu que otros – los esclavos en comparación con sus amos, las mujeres en comparación con los varones, los indígenas americanos en comparación con los blancos europeos. Pocas cosas son tan naturales como la idea de la naturaleza humana. Las teorías críticas feministas han logrado evidenciar la contingencia del sexo, las disposiciones sexuales y la identidad de género. Han desmantelado su aparente arraigo en una “naturaleza” humana perenne y han mostrado su carácter de construcciones culturales, regidas por normas sociales reproductivas heteronormativas (Butler, 1990). El discrimen que padece la comunidad LGBTTQ, además de jurídicamente arcaico, constituye un atavismo filosófico y teológico.

La criminalización de la homosexualidad inscrita en el código penal puertorriqueño se abolió como efecto secundario de la decisión del tribunal supremo estadounidense en el caso de Lawrence et al. v. Texas, emitida el 26 de junio de 2003. Pero en 2007 se fraguó otro debate intenso en Puerto Rico, producto de una alianza entre políticos oportunistas y religiosos conservadores y fundamentalistas. En noviembre de ese año el Senado de Puerto Rico aprobó la resolución concurrente número 99, presentada y propugnada por uno de los políticos más corruptos en nuestra historia: Jorge de Castro Font. El propósito de esa resolución era poner en práctica en nuestro país una estrategia similar a la seguida en diversos estados norteamericanos: enmendar la constitución estatal para regular como única y exclusiva relación conyugal legítima el matrimonio entre un hombre y una mujer, atajando de esa manera uno de los reclamos de la comunidad homosexual – el reconocimiento jurídico de sus relaciones de amor. La enmienda a la constitución leería de la siguiente manera: “El matrimonio es una institución civil, que se constituirá sólo por la unión legal entre un hombre y una mujer en conformidad con su sexo original de nacimiento. Ninguna otra unión, independientemente de su nombre, denominación, lugar de procedencia, jurisdicción o similitud con el matrimonio, será reconocida o validada como un matrimonio.”

La Cámara de Representantes, afortunadamente, no dio paso al proyecto. Pero durante varios meses líderes religiosos fundamentalistas y conservadores insistieron públicamente, utilizando todos los medios de comunicación masiva a su disposición, en la necesidad de aprobar esa enmienda a la constitución como medida indispensable para evitar la supuesta degeneración moral de la familia como institución pilar de la sociedad. La alternativa, varios de ellos insistieron, era la reiteración en Puerto Rico del legendario cataclismo acontecido en Sodoma y Gomorra. Líderes políticos de dudosa reputación ética, como los senadores Jorge de Castro Font y Roberto Arango, se convirtieron en apologistas de esa posible enmienda constitucional, a cambio del apoyo de las iglesias conservadoras y fundamentalistas en las primarias de su partido político y luego en las elecciones generales de noviembre de 2008. Lo lograron, aunque ambos políticos luego tuvieron que renunciar a sus escaños senatoriales por acciones nada honorables.

Las intervenciones de muchos líderes religiosos en ese debate intenso, con escasas y honorables excepciones, fueron lamentables. Intentaron estigmatizar a unos seres humanos – la comunidad LGBTTQ – como prevaricadores que repudian la voluntad divina y amenazan la salud moral de la sociedad puertorriqueña. Poco les importó las consecuencias que esas imputaciones podrían tener para las vidas de unas personas cuya distinta manera de sentir y vivir el amor debía, por el contrario, ser motivo de reconocimiento, respeto e incluso regocijo en la diversidad. Tampoco le han explicado al pueblo su alianza, en esa campaña homofóbica, con algunos de los políticos de menor integridad ética en la historia de nuestro país.

La homofobia fundamentalista encarna una lógica discursiva nada novedosa. Siempre que las sociedades modernas han asumido el desafío conflictivo y complejo de abolir y superar ciertas restricciones jurídicas y hábitos sociales que evitan la plena y equitativa participación en los procesos decisionales democráticos por razones de nacionalidad, raza, etnia, religión, educación o identidad sexual, han surgido voces que de manera estridente advierten sobre sus alegadas posibles consecuencias nocivas. La historia de la libertad humana ha tenido que recorrer siempre el tortuoso sendero de amarguras, labrado con obstinación y terquedad por quienes se empeñan en que el futuro humano se limite a los paradigmas del pasado, idílico para algunos, profundamente doloroso y trágico para muchos otros.

El debate/diálogo en el interior de las comunidades religiosas y la sociedad puertorriqueña general debe conducirse en un contexto de respeto recíproco por parte de las distintas perspectivas éticas, teológicas y filosóficas. Ese ambiente no puede lograrse plenamente mientras se anatemice una de esas perspectivas sobre lo que es recto y justo permitir en la sociedad y en las iglesias. De ello se han dado cuenta un número creciente de iglesias en diversas partes de nuestro orbe, las cuales insisten en que las leyes de un país no deben usarse para criminalizar y discriminar sectores minoritarios. Otras incluso han dado un paso más adelante, aprobando la ordenación a su ministerio o sacerdocio de seres humanos de diversas orientaciones sexuales y diseñando celebraciones litúrgicas para sus matrimonios no tradicionales (Johnson, 2006). En la teología y los estudios religiosos surgen voces elocuentes que con sólido rigor intelectual analizan de manera novedosa las diversas posibles configuraciones legítimas del amor, la sexualidad y la familia, libres del lastre discriminatorio de la homofobia (Ellison & Douglas, 2010). En los estudios críticos de los escrituras sagradas y en la hermenéutica bíblica se cuestionan, con rigurosidad académica, las traducciones e interpretaciones de textos adobadas con cierto matiz homofóbico (Lings, 2011).

La mayoría de las iglesias cristianas se enfrascan hoy en un proceso complejo de reflexión y evaluación sobre la homosexualidad, como antes lo hicieron respecto a la abolición de la esclavitud y la igualdad de derechos de las mujeres. Es un sendero que seguramente conducirá, como ocurrió en esas instancias anteriores, a la reinterpretación de los textos sagrados, a la creación de un orden social más igualitario y democrático y a la eliminación de leyes obsoletas y discriminatorias. El discrimen que padece la comunidad LGBTTQ ha motivado debates intensos al interior de muchas iglesias, con sectores crecientes que pugnan por liberar su devoción piadosa del lastre de la homofobia (Silva Gotay y Rivera Pagán, 2015). Es un proceso de emancipación que, como otros similares en el pasado, progresa lenta y pausadamente, pero que esperamos concluya en un ambiente jurídico y social de reconocimiento y apreciación de la equidad en las diversidades que enriquecen la humanidad.

Todavía nos queda mucho que recorrer en el sendero que conduce a la superación de la homofobia fundamentalista. Lo esencial a recordar es la perspectiva profética y evangélica central en las escrituras sagradas judeocristianas, la cual tan bien expresara en una de sus geniales intuiciones el gran poeta y patriota cubano José Martí…
“¡Son como siempre los humildes, los descalzos, los desamparados, los pescadores, los que se juntan frente a la iniquidad hombro a hombro, y echan a volar, con sus alas de plata encendidas, el Evangelio! ¡La verdad se revela mejor a los pobres y a los que padecen!” (El cisma de los católicos en Nueva York, 1887).
Por  Luis Rivera-Pagán en 80grados

sábado, 30 de mayo de 2015