lunes, 15 de septiembre de 2014

21-S: Día Internacional de Oración por la Paz

El Consejo Mundial de Iglesias (CMI) invita a las iglesias y congregaciones de todo el mundo a celebrar el Día Internacional de Oración por la Paz el 21 de septiembre. Este día coincide con el Día Internacional de la Paz de las Naciones Unidas.

El CMI invita en particular a los participantes a orar y trabajar juntos por una paz justa dentro de sus comunidades, países, y en el mundo.

La  observancia del día de oración por la paz se inició en 2004 como parte del Decenio para Superar la Violencia (2001-2010), tras un acuerdo entre los líderes del CMI y de las Naciones Unidas.

El tema de “Visiones y sueños para la construcción de la paz” ha sido adoptado este año por On Earth Peace, una organización con sede en Estados Unidos que tiene su origen en la Iglesia de los Hermanos. Se han publicado ya oraciones,  imágenes e historias en el blog deOn Earth Peace.

El Foro Ecuménico Palestina/Israel invita a las iglesias miembros y organizaciones conexas a unirse a una Semana Mundial por la Paz en Palestina e Israel, del 21 al 27 de septiembre de 2014. El tema de la semana es “Deja ir a mi pueblo”.

El Día internacional de oración por la paz coincide con el Tiempo para la Creación, y este año también con la Cumbre interreligiosa sobre el cambio climático que se celebrará en Nueva York antes de la Cumbre sobre el clima organizada por el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon. El tema del Tiempo para la Creación 2014 es: “Unámonos a la peregrinación de justicia y paz”.

Más información sobre este evento…

domingo, 14 de septiembre de 2014

Mirar con fe al Crucificado

La fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

Por José Antonio Pagola para Eclesalia

jueves, 11 de septiembre de 2014

Mensaje del 34º Congreso de Teología sobre la reforma de la Iglesia desde la opción por los pobres

Del 4 al 7 de septiembre de 2014 hemos celebrado en Madrid el 34 Congreso de Teología sobre “LA REFORMA DE LA IGLESIA DESDE LA OPCIÓN POR LOS POBRES”, que ha reunido a personas procedentes de los diferentes países y continentes, culturas y religiones, en un clima de reflexión, convivencia fraterno-sororal, diálogo e intercambio de experiencias.

1. Comenzamos nuestra reflexión con la pregunta “¿fundó Jesús la Iglesia?”. La respuesta es que puso en marcha una comunidad de iguales, un movimiento de hombres y de mujeres, que le acompañaron y se comprometieron en la construcción del Reino de Dios como Buena Noticia para los Empobrecidos. Dicho movimiento continuó en las comunidades cristianas con responsabilidades compartidas y especial protagonismo de las mujeres. En ellas se tomaban las decisiones con la deliberación de todos sus miembros y se tenía como ideal la comunidad de bienes. Con el paso del tiempo este ideal fue desdibujándose hasta desembocar en  una Iglesia aliada con el poder, clerical, piramidal y patriarcal, si bien hubo siempre colectivos que trabajaron por la reforma y el retorno al ideal evangélico de vida.

2. Hoy consideramos necesaria una Reforma radical de la Iglesia, conforme al movimiento de Jesús y como respuesta a los desafíos de nuestro tiempo. Dicha Reforma requiere la práctica de la democracia, el reconocimiento y ejercicio de los derechos humanos, entre ellos los derechos sexuales y reproductivos, así como el gobierno sinodal, vigente durante los primeros diez siglos del cristianismo, con la participación del laicado, que es la base de la Iglesia, para así superar la “incoherencia vaticana”, que consiste en defender los derechos humanos y la democracia en la sociedad y no aplicarlos en su seno.

3. Creemos que la Reforma de la Iglesia ha de traducirse:

-en el respeto a la laicidad, la crítica del poder y el compromiso con los sectores más vulnerables;

– en la denuncia del neoliberalismo, que el papa Francisco ha calificado de “injusto en su raíz” ya que fomenta “una economía de exclusión”, “una globalización de la indiferencia”, “una nueva idolatría del dinero”, un medio ambiente “indefenso ante los intereses del mercado divinizado,” y una incapacidad para “compadecernos ante los clamores de los otros”;

–  y en el apoyo a alternativas políticas y económicas, propuestas por los Foros Sociales.

4. La Reforma de la Iglesia requiere el respeto a la diversidad cultural y religiosa,  Lo contrario sería imperialismo. Consecuente con esa actitud el Congreso de Teología ha escuchado las voces, los testimonios y las interpelaciones de las iglesias del Sur, sobre todo las procedentes de África y de América Latina, que reflejan su riqueza cultural, sus potencialidad liberadora y sus propuestas de Reforma. Escucha que implica cambiar la manera de pensar, de vivir, de producir, de relacionarse el Norte con el Sur, una relación no opresora, sino co-operadora, no arrogante, sino servicial, no colonizadora, sino decolonial.

5. La Reforma ha de hacerse desde abajo, desde la base social y eclesial, y exige una nueva ubicación: situarse en el lugar y del lado de los excluidos del sistema, que son escandalosamente mayoría en la población mundial y que están creciendo por mor de la crisis. Requiere, asimismo, un horizonte que la oriente: la Iglesia de los pobres, y un principio ético-evangélico a seguir: la opción por los pobres.

6. La Reforma de la Iglesia debe ser inclusiva, ha de superar las discriminaciones y exclusiones todavía vigentes y operantes por razones de género, religión, cultura, etnia, clase social, orientación y opción sexual, opción política, procedencia geográfica, relaciones de pareja, y crear una comunidad acogedora, solidaria y samaritana, donde quepamos todas y todos.

7. Esta Reforma ya está haciéndose realidad en los diferentes ámbitos religiosos, eclesiales y sociales, como han mostrado las enriquecedoras experiencias narradas por los propios protagonistas: en el mundo rural compartiendo las luchas por la dignidad del campesinado, el reparto equitativo de la tierra y las relaciones eco-humanas; en la inmigración luchando por la liberación de las mujeres indígenas; en las cárceles ayudando a las presas y los presos a recuperar la libertad y la alegría de vivir; en las comunidades de base viviendo la fe cristiana en el horizonte de la laicidad; en la lucha solidaria contra los desahucios; en el ministerio episcopal y sacerdotal construyendo la Iglesia de los pobres bajo la guía de la teología de la liberación; entre los jóvenes indignados con el modelo de Iglesia autoritaria y de sociedad que los margina.

8. Si la Reforma de la Iglesia no se lleva a cabo, ella misma se estará haciendo el harakiri, y no podrá responsabilizar a otros de su crisis y gradual pérdida de credibilidad. Si se hace de espaldas a los marginados, estará siendo infiel a sus orígenes  y a los pobres. Si no es paritaria, inclusiva, intercultural e interreligiosa se alejará del movimiento de Jesús y del principio igualitario formulado nítidamente por Pablo de Tarso: “Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, hombre o mujer” (Gálatas 3,26).

9. Amigas y amigos, estamos llamados a la tarea de la Transformación de la Iglesia, pero no aisladamente, sino en sintonía con los movimientos sociales, ecológicos, religiosos y de espiritualidad liberadora. Para ello necesitamos, como dice la canción, todas las manos, las negras y las blancas, y extenderla lo más posible, desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa, con la mirada puesta en el horizonte, camino hacia la utopía.

10. No podemos terminar este Mensaje sin denunciar el terrorismo del Estado Islámico, la masacre de Israel en Gaza, así como la violencia contra los cristianos y otros grupos religiosos. Nos solidarizamos con las víctimas y exigimos responsabilidades, reparación, rehabilitación y justicia.

Madrid, 7 de septiembre de 2014

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Las oportunidades que ofrece el diálogo interreligioso

“Aprender a hablar con extraños ya no es solamente algo agradable de hacer.  Es un asunto de supervivencia.” (Wayne Meeks)

El llamado al diálogo que se escucha desde todos los ámbitos de las religiones se ha convertido para muchos cristianos, tanto católicos como protestantes, en una llamada a una nueva manera de ser Iglesia.

Pero el carácter multi-religioso de la sociedad civil en todo el mundo significa que lo que es cierto de las iglesias locales es igual de cierto en la Iglesia universal. Para ser una verdadera Iglesia Cristiana, la Iglesia debe ser una Iglesia dialógica. El Espíritu Santo que le da vida a la Iglesia es un Espíritu dialógico.

Decir que la Iglesia debe ser dialógica en realidad esclarece y actualiza uno de los rasgos esenciales de la Iglesia. El pluralismo religioso y la urgencia del diálogo, nos ha ayudado, nos ha forzado, a darnos cuenta de lo que realmente significa ser Iglesia. Sólo estando en una relación con el otro podemos darnos cuenta de quiénes somos, quiénes podemos ser, quiénes estamos destinados a ser. Y estar en una relación dialógica con otros significa que no intentamos conquistarlos o asimilarnos dentro de nosotros. Significa afirmar la verdadera otreidad del otro y permitir a esa otreidad esclarecer e intensificar quiénes somos.

Entonces, “cristiano”, entendido como “diálogo” –y “diálogo” entendido como lo hacen los evangelios– significa que la relación entre cristianismo y otras culturas y religiones debe ser una verdadera relación de doble vía. Si las iglesias cristianas deben crecer y ser fieles al Evangelio de Jesús, no sólo deben promulgar la Buena Nueva, sino que también estar abiertas a cualquier Buena Nueva que Dios les pueda estar entregando a través de otras tradiciones religiosas. Los misioneros cristianos no sólo parten para “enseñar a todas las naciones”, sino también para “aprender de todas las naciones”. Sólo así puede la comunidad cristiana llamada Iglesia realizar su misión de promover el Reino de Dios que Jesús proclamó. Si la comunidad de los seguidores de Jesús no está en una genuina relación dialógica con otros –con personas y religiones que realmente son diferente– no puede llamarse a sí misma cristiana. Efectivamente, como dijo Karl Rahner, sólo será a través de tal diálogo con otras religiones y culturas que la Iglesia cristiana puede convertirse realmente en una Iglesia Mundial que esté encarnada no sólo en la cultura europea, sino en las culturas de África, Asia y las espiritualidades autóctonas de América Latina y El Caribe.

Pero, si el diálogo es una nueva manera de ser Iglesia, entonces el diálogo debe también ser una nueva manera de hacer teología.

Pero, ¿qué quiere expresarse con “teología comparada”? Creo que podemos compararla con la teología de la liberación y verla tanto reflejando al tiempo como expandiendo el llamado de la teología de la liberación. Si la teología de la liberación ha dejado claro que la teología cristiana no puede ser auténtica a menos que escuche las voces de tantos pobres y marginados en el mundo, la teología comparada añade que los teólogos cristianos también deben escuchar las voces de las muchas religiones del mundo. Así como los teólogos de la liberación han descubierto que cuando leen la Biblia a través de los ojos y los oídos de los pobres (a menudo, sus propios ojos y oídos) ven y aprenden cosas que nunca antes vieron, lo mismo puede suceder cuando lean la Biblia y reflexionen sobre los Credos desde la perspectiva del budismo, el hinduismo, o el islamismo. De esta manera, escuchar las voces de otras religiones, como escuchar las voces de los marginados, no es sólo una opción en la descripción del trabajo de un teólogo cristiano. Es un requerimiento, una necesidad.

Es cierto que la teología comparada aún está desarrollándose en la conciencia de la teología cristiana; aún está siendo examinada, desarrollada y debatida en la academia teológica.

1. Hermenéuticamente, la teología comparada reconoce y se apropia para su propio conocimiento de lo que es comúnmente reconocido por psicólogos y antropólogos y  lo que es enseñado por los místicos de todas las religiones. De la psicología sabemos que las relaciones con otros seres humanos son esenciales para el desarrollo de nuestra propia identidad y salud; por ello, sólo al preguntar “¿Quién eres?” puedo responder la pregunta “¿Quién soy?”. Y de los místicos hemos escuchado, y tal vez experimentado nosotros mismos, que la Realidad que llamamos Dios, que está a nuestra disposición a través de nuestra propia experiencia, nunca puede ser capturada y entendida en nuestra experiencia. Podemos conocer el Divino Misterio sólo de manera parcial, sólo a partir de fragmentos. Por eso, para responder a la pregunta “¿Quién o qué es mi Dios?”, debo hacer la pregunta “¿Quién o qué es tu Dios?”. Los teólogos comparativos, en consecuencia, reconocen que cierta forma y cierto grado de estudio y compromiso junto a otras religiones diferentes al cristianismo son esenciales para el estudio y mayor entendimiento del mismo cristianismo.

2. Programáticamente, la teología comparada, entonces, no es sólo una “añadidura” o una atracción secundaria para el Departamento de Teología de una universidad cristiana. No es simplemente un “nuevo campo” que alinear junto a los campos tradicionales de la teología sistemática, bíblica, histórica y práctica. En lugar de eso, este compromiso comparativo o dialógico con otras enseñanzas, Escrituras, historias y rituales religiosos debe ser incorporado a todas las áreas de la teología cristiana. O, para ponerlo dentro del marco de referencia de lo que es llamado “el método y fuentes” de la teología, estamos reconociendo ahora que las fuentes a las que debe recurrir un teólogo cristiano no son sólo la “Escritura y Tradición” conjuntamente con la experiencia humana continua; a estas dos fuentes, debe añadirse una tercera: las Escrituras, enseñanzas y prácticas espirituales de otras religiones.

Estas son exigencias fuertes. Y no pueden realizarse de la noche a la mañana. En realidad, la teología comparada será el logro de la próxima generación de teólogos –investigadores y practicantes cristianos que no sólo estarán plenamente enfrascados en el campo de su propia especialización cristiana, sino que también estarán familiarizados con una o más tradiciones religiosas diferentes– y esto significa que sabrán las lenguas originales de éstas. Los teólogos cristianos del futuro, se podría decir, siempre tendrán una sub-especialización en al menos otra religión además del cristianismo.

3. Con respecto al procedimiento: En la manera en la que los teólogos comparativos actualmente desarrollan su trabajo, hay tres lineamientos generales: ir lentamente, proceder concretamente, y estar preparados para las sorpresas.

“Ir lentamente” describe la reticencia de los teólogos comparativos a establecer conclusiones generales y finales. Se dan cuenta de que las conclusiones deben estar basadas en datos recogidos de las fuentes de otras religiones; y estos datos, precisamente debido a que son nuevos y extraños para nosotros, deben ser recopilados con cuidado, a menudo de manera muy meticulosa. Entonces, por ejemplo, los teólogos comparativos sugieren a los teólogos sistemáticos que intentan elaborar una “teología de las religiones” que decreten una moratoria temporal a los esfuerzos por presentar ambiciosas declaraciones teológicas acerca de la salvación o revelación en otras religiones. Primero enfrásquense en el estudio de otras religiones; y permitan que sus valoraciones teológicas fluyan de tal estudio y experiencia.

También, los teólogos comparativos prefieren dar pasos pequeños, particulares y concretos en su estudio de otras religiones. En lugar de comparar la noción de lo Divino, o el concepto del ser, o la visión de la vida eterna del budismo y el cristianismo, ellos prefieren centrarse en figuras particulares, períodos particulares, libros o pasajes concretos. Dejemos que las ideas generales nazcan de los casos particulares.

Finalmente, los teólogos comparativos intentan estar atentos a las sorpresas no sólo en lo que puedan descubrir acerca de otras religiones, sino en lo que puedan descubrir acerca de sí mismos a través de este diálogo.  Los teólogos comparativos, de acuerdo a la descripción de su labor, están listos, teniendo en cuenta lo que pueden aprender de otras religiones, no sólo a esclarecer sino a corregir las creencias cristianas.

Esta nueva manera de hacer teología, por tanto, es tan abrumadora como emocionante, tan prometedora como arriesgada.

Permítanme concluir estas reflexiones con una de las oportunidades más prometedoras y, al mismo tiempo, más difíciles y controvertidas que el diálogo con otras religiones nos ofrece a los cristianos (y que, de maneras distintas, ofrece a todas las religiones). La oportunidad nace de lo que parecería ser la tensión, o la contradicción entre, por un lado, entablar un diálogo abierto con otras religiones, y la creencia en que Dios ha hecho superior a mi religión sobre todas las demás, por el otro.

O más precisamente: creo que existen tensiones desestabilizadoras pero creativas entre el diálogo como la nueva manera de ser Iglesia y la nueva manera de hacer teología y la cristología tradicional, que ensalza a Jesús como el único Salvador y portador de la revelación completa, definitiva e insuperable. A menos que estas tensiones o contradicciones sean directamente enfrentadas y resueltas, temo que el diálogo cristiano con otras religiones no sea honesto ni exitoso, y corra el riesgo de ser explotador.

¿Cómo pueden los cristianos tener un diálogo con otros creyentes que sea verdaderamente una relación de doble vía una conversación en la cual los cristianos estén realmente abiertos a ser “cuestionados… purificados… transformados, incluso convertidos– si creen que Dios les ha dado la única fuente de salvación y la verdad completa, final y normativa sobre todas las demás verdades? Con tal actitud, los cristianos siempre tendrán, por así decirlo, la carta del triunfo, divinamente otorgada, contra todas las demás verdades religiosas. Parecería, entonces, que dentro de las iglesias cristianas tradicionales actuales, y dentro del Vaticano mismo, existe una tensión entre la práctica del diálogo a la cual están siendo llamados los cristianos, por un lado, y la teoría de la cristología tradicional, por el otro. Éste es, creo yo, uno de los desafíos más serios y apremiantes que enfrentan las iglesias cristianas hoy día.

Éste es un reto que convoca a los teólogos cristianos a la tarea que con tanta frecuencia ha dirigido a la teología a través de los siglos de la historia de la Iglesia: al avanzar la Iglesia a través de los diferentes tiempos y las diferentes culturas, ¿cómo puede ésta resolver las tensiones que naturalmente nacen entre la práctica de la vida cristiana y la teoría de la creencia cristiana?  El desafío hace referencia en estas reflexiones a una llamada a los teólogos a elaborar una Cristología, una comprensión de Jesús el Cristo, que preserve su mensaje distintivo sin subordinar las identidades y el mensaje distintivo de otras figuras religiosas. Ésta será una Cristología que permita y exija a los cristianos un compromiso continuo y total con el Evangelio de Jesús, y al mismo tiempo una apertura genuina a la verdad que pueda estar desafiándolos en otras tradiciones religiosas.

Este desafío –cómo comprometerse con la identidad propia y al mismo tiempo estar verdaderamente abiertos a la de otros– afecta a todas las comunidades religiosas. Y me siento honrado de ser parte de estos esfuerzos.

Por Víctor Rey Riquelme para Lupa Protestante

lunes, 8 de septiembre de 2014

El evangelio para la comunidad LGTB

 “Y les dijo: Id y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr 16,15)

Muchas personas LGTB que han salido del armario dejaron allí, en el armario, eso que conocían como evangelio. La buena noticia que el cristianismo venía a darles se traducía en abusos en su niñez, desprecios y humillaciones por su manera de comportarse, terapias reparativas, condenas, pérdida del entorno familiar, oposición a sus derechos básicos, culpabilización, exclusión de las comunidades... y podríamos seguir, y seguir añadiendo experiencias terribles que tuvieron su origen en el evangelio que se les anunciaba.

La salida del armario ha sido para ellas lo más parecido a la propuesta que Jesús hizo al religioso Nicodemo, pero que este no quiso aceptar: “nacer de nuevo”. De lo que significa el doloroso paso de nacer de nuevo para ver y vivir en un mundo que te hace más feliz, saben mucho las personas LGTB. Y esa nueva vida ya no quiere tener nada que ver con la anterior, ni siquiera para pararse un momento como la mujer de Lot para echar la mirada atrás y ver su Sodoma en llamas. No vaya a ser que mirando desde lejos la ciudad que creó la religión para que vivieran humillados, vuelvan a convertirse en una estatua de sal incapaz de moverse para seguir al ángel que les lleva de la mano a un lugar seguro.

No vamos a caer en el reduccionismo que algunos proponen cuando dicen que la comunidad LGTB sólo ofrece a sus miembros sexo, relaciones superficiales y una vida insatisfactoria, mientras que el cristianismo ofrece una vida con sentido. Decir eso en otros contextos puede levantar aplausos, pero dentro del colectivo LGTB sólo muestra una gran ignorancia. Sería imposible que el colectivo LGTB hubiera podido lograr muchas de sus reivindicaciones sin un compromiso claro y profundo por la justicia. Durante años ha existido una red de apoyo entre personas que sabían lo que significaba quedarse sin nada tras salir del armario, y ese quedarse sin nada podía ser sin familia, sin trabajo, sin dinero... En muchos momentos las personas LGTB han acompañado hasta la muerte a personas que las comunidades cristianas trataban como apestadas. La comunidad LGTB ha demostrado una capacidad de empatía y de trabajo por dar dignidad y felicidad a tantas personas, que es estúpido llegar ahora para poner al cristianismo como ejemplo de algo. ¿Qué significa entonces predicar la buena noticia dentro de nuestro colectivo?¿deberíamos hacerlo? Y si es así, ¿cómo?.

Sobre si deberíamos anunciar el evangelio, la buena noticia, el mensaje liberador de Jesús, creo que no hay duda. Deberíamos estar avergonzados por como se ha venido llevando hasta ahora con las personas LGTB, pero la transmisión del evangelio es algo inherente al hecho de ser cristianos. No existe eso del cristianismo para la intimidad... el cristianismo es una propuesta de liberación que no va dirigida únicamente a uno mismo sino también a nuestro entorno. Si de verdad somos seguidores de Jesús, si de verdad nos hemos puesto en camino hacia el Reino que él anunciaba, debemos compartir las Buenas Noticias con las personas que tenemos más cerca, con las personas que, como nosotros, creen que es necesario seguir construyendo un mundo más justo. Un mundo que para cristianos y cristianas anticipa aquel que anhelamos y en el que todas y todos viviremos en paz y alcanzaremos la plenitud junto a Aquel que lo es todo en todas y todos.

Predicar el evangelio a las personas LGTB no es proponerles una ideología determinada que sea atractiva, tampoco llamarles al arrepentimiento de lo que nosotras y nosotros consideramos inaceptable bajo nuestra moral particular. No deberíamos confundir nuestra visión del evangelio con el evangelio mismo. Para sacar del armario al Jesús que muchos y muchas dejaron atrás en su búsqueda de liberación, deberíamos dejarle expresarse tal y como es, y si tiene la misma fuerza que hace dos mil años, transformará a las personas. Por eso creo que debemos acercar el mensaje de Jesús a las personas LGTB, y que sean sus palabras, leídas en una Biblia o en la vida de cristianos y cristianas comprometidas con el evangelio, las que permitan valorar a quienes un día dejaron todo para tener una vida más digna y plena, si el seguimiento de Jesús, si el evangelio, les permite seguir liberándose de tantas y tantas opresiones que todas y todos llevamos dentro. No somos nosotros ni nosotras quienes debemos convencer, es el evangelio mismo quien debe y puede hacerlo.

Nosotros no somos el evangelio, en eso se equivocan tantos y tantos fundamentalistas que se autoerigen en los defensores de un evangelio que identifican con su manera de entender el mundo. Las cristianas y cristianos somos transmisores imperfectos del evangelio con nuestra vida y con nuestras palabras. Y esa transmisión hacia las personas LGTB debería ser hecha desde la humildad de quienes saben por experiencia, que estas personas han sido injusta y atrozmente tratadas por el cristianismo. Además, se debería poner en valor la labor que han realizado y la presencia de Dios en su manera de apoyarse y sostenerse unas a otros cuando no había nadie que quería hacerlo. Y en ese ponerse al lado o detrás, y no delante o arriba, es como podemos liberar al evangelio de ese aire opresivo hacia las personas LGTB que lo ha envuelto durante tantos y tantos siglos.

El evangelio de Jesús transforma a los seres humanos y ayuda a construir un mundo mejor. Es difícil decir eso cuando muchas personas han experimentado lo contrario, pero por muy difícil que sea debemos seguir anunciándolo con humildad pero con determinación. La salida del armario, la liberación que eso supuso, es sólo una muestra, un avance de la liberación total a la que nos invita el evangelio. Una liberación que no sólo es individual, sino que algún día transformará el mundo entero. Las personas LGTB tienen mucho que aportar al evangelio con sus experiencias, pero también el evangelio puede seguir aportándoles a ellas. Si pensamos que es así, no podemos más que anunciarlo, con humildad pero con determinación.

Por Carlos Osma en Homoprotestantes

domingo, 7 de septiembre de 2014

La porción femenina de Dios

Cierta madrugada, insomne, retomé mi trabajo habitual en el ordenador. De repente, me pareció haber oído, no sé si del mundo celestial o si de mi mente en estado alterado, una voz como un susurro, que me decía: “Hijo, voy a revelarte una verdad que ha estado siempre ahí, en mi evangelista Lucas, pero que los ojos de los hombres, cegados por siglos de patriarcalismo no podían ver. Se trata de la relación íntima e inefable entre María y el Espíritu Santo”. Y la voz seguía susurrando: “Aquel que es tercero en el orden de la Trinidad, el Espíritu Santo, es el primero en el orden de la creación. Él llegó antes al mundo; después vino el Hijo de Dios. Fue el Espíritu Santo, aquel que flotaba sobre el caos primitivo, y el que sacó de allí todos los órdenes de la creación. De ese Espíritu creador, se dice por mi evangelista Lucas: vendrá sobre ti, María, y armará su tienda sobre ti, por eso el Santo engendrado será llamado Hijo de Dios. Armar la tienda, como sabes, significa morar, habitar definitivamente. Si María, perpleja, no hubiese dicho su fiat, hágase según tu palabra, el Hijo no se habría encarnado y el Espíritu Santo no se habría feminizado.

Mira, hijo, lo que te estoy diciendo: El Espíritu vino a morar definitivamente en esta mujer, María. Se identificó con ella, se unió a ella de forma tan radical y misteriosa que en ella comenzó a plasmarse la santa humanidad de Jesús. El Espíritu de vida produjo la vida nueva, el hombre nuevo, Jesús. Para ti y para todos los fieles está claro que lo masculino a través del hombre Jesús de Nazaret fue divinizado. Ahora vete al evangelio de san Lucas y constatarás que también lo femenino a través de María de Nazaret fue divinizado por el Espíritu Santo. Él armó su tienda, es decir, vino a morar definitivamente en ella. Date cuenta que el evangelista Juan dice lo mismo del Hijo: Él armó su tienda en Jesús. No es el Espíritu, susurra la misma voz, que toma al profeta para una determinada misión y, cumplida esta, termina su presencia en él. Con María es diferente. Viene, se queda, y no se va jamás. Ella es elevada a la altura del Divino Espíritu Santo. De ahí que, lógicamente, el Santo engendrado será llamado Hijo de Dios. Es el caso de María. No sin razón es la bendita entre las mujeres.

Hijo, esta es la verdad que debes anunciar: por medio de María, Dios mostró que además de ser Dios-Padre es también Dios-Madre con las características de lo femenino: el amor, la ternura, el cuidado, la compasión y la misericordia. Estas virtudes están también en los hombres, pero encuentran una expresión más visible en las mujeres.

Hijo, al decir Dios-Madre descubrirás la porción femenina de Dios con todas las virtudes de lo femenino. Jamás olvides que las mujeres nunca traicionaron a Jesús. Le fueron fieles hasta el pie de la cruz. Mientras sus discípulos, los hombres, huyeron, Judas lo traicionó y Pedro lo negó, ellas mostraron un amor fiel hasta el extremo. Ellas, mucho antes que los apóstoles, fueron las primeras en dar testimonio de la resurrección de Jesús, el hecho mayor de la historia de la salvación.

Lo femenino de Dios no se agota en su maternidad, sino que se revela en lo que hay de intimidad, de amorosidad, de gentileza y de sensibilidad, perceptibles en lo femenino. No permitas que nadie, por ninguna razón, discrimine a una mujer por ser mujer, aduce todas las razones para que sea respetada y amada, pues ella revela algo de Dios que solamente ella, junto con el hombre, puede hacer a mi imagen y semejanza. Refuerza sus luchas, recoge las contribuciones que ella aporta a la sociedad, a las Iglesias, al equilibrio entre hombre y mujeres. Ellas son un sacramento de Dios-Madre para todos, un camino que nos lleva a la ternura de Dios. Ojala las mujeres asuman su porción divina, presente en una compañera suya, María de Nazaret. Llegará el día en que caigan las escamas que cubren vuestros ojos y entonces hombres y mujeres os sentiréis también divinizados por el Hijo y por el Espíritu Santo”.

Al volver en mí, sentí en la claridad de mi mente cuanto de verdad me había sido comunicado. Y, conmovido, me llené de alabanzas y de acción de gracias.

Por Leonardo Boff en Redes Cristianas

domingo, 17 de agosto de 2014

¿Qué es la Biblia?

La Biblia no es un libro: es una biblioteca (Proverbio Rabínico)

Biblia es una palabra de origen griego  que significa “los libros”. Con este término, se designa la colección de escritos sagrados para el pueblo judío y para la iglesia cristiana. En ella, se encuentran los mensajes de los profetas, de los poetas, de Jesús y de los apóstoles, los cuales tuvieron experiencias profundas con Dios y las pusieron por escrito. Así que en la Biblia tenemos la memoria primaria del pueblo de Israel y de la Iglesia cristiana de un Dios que camina con su pueblo para liberarlo, y que envía a su hijo para dar un mensaje de esperanza a la humanidad: el reinado de Dios.

Como colección de escritos, la Biblia es un texto muy diverso. Cuenta diferentes experiencias vividas en muchos lugares: montañas, valles, campo, ciudad, desierto, Egipto, Palestina, Babilonia, Roma,  Patmos; y también representa a muchos pueblos o individuos de muchas naciones: caldeos como Abraham, cananeos como Rahab, israelitas como Elías, judíos como David, moabitas como Ruth, griegos como Esteban, romanos como Pablo, etíopes como el Eunuco, entre otros. En este sentido, se trata de un texto en el que se encuentran muchas culturas, las cuales comparten muchos elementos en común, como la forma de comer, de vestir o de interpretar la realidad.

La Biblia es la tradición de un pueblo, pero ante todo es una tradición literaria dada en un contexto histórico determinado, muy diferente al nuestro. Por esto, el acercamiento a la Biblia implica un acercamiento cuidadoso y respetuoso, al saber que no estamos con un texto que se escribió la noche anterior, o que se hizo en nuestro propio idioma, sino que se trata de una colección de textos escritos hace más de dos mil años y en otros idiomas. No es inaccesible, por supuesto, pero requiere de mucho cuidado para interpretarla.

Para conocer la Biblia, es importante conocer la historia. Como señala el biblista alemán Gerd Theissen (2002), los escritores de los evangelios eran ante todo pastores que intentaban dar una orientación para sus comunidades, en situaciones muy distintas a las que se dieron durante la vida y muerte de Jesús. En las iglesias había discusiones conflictos sobre qué cosas se podían comer, con quién se podía comer, cómo se debían relacionar con personas que creían otras cosas y cómo debían actuar con respecto a las políticas del imperio. Los escritores de estos textos buscaban ayudar pastoralmente a las personas para que tomaran las decisiones más adecuadas al mensaje liberador del evangelio y también a la situación específica. Por esto es importante entender a los personajes de la época bíblica como si fueran extranjeros, que hablan otro idioma y que piensan distinto, y no como nuestros amigos o familiares. Esto nos permitirá tener distancia frente a pasajes difíciles y realizar reflexiones apropiadas para poner en práctica la fe.

En segundo lugar, es importante entender que la Biblia es literatura. Es decir, está compuesta de diversos géneros literarios: poesía, narrativa, historia, profecía, leyes, cartas, evangelios, literatura apocalíptica. Y por esto hay que diferenciar una imagen poética (una montaña que salta como cordero, por ejemplo) de una ley (“no matarás”). Hay que distinguir entre una imagen apocalíptica (una bestia con dos cabezas, por ejemplo) y una descripción histórica (el trono de un rey). Esto ayuda a entender el mensaje que hay detrás, a no confundir el estilo con la revelación, a diferir entre una parábola con la historia real. Como sucede cuando leemos Las crónicas de Narnia: comprendemos que allí hay un mensaje profundo, de salvación humana, pero sabemos que literalmente Jesús no era un león y que los ratones no hablan. Lo importante es el mensaje que hay detrás, y las vestiduras de ese mensaje (el estilo, el género literario) deben comprenderse de manera adecuada para entender el mensaje.

En tercer lugar, debemos tener en cuenta que, a pesar de la distancia, la Biblia sigue hablándonos. Es importante tener cuidado con la historia, la cultura, el idioma y los patrones literarios. Pero, realizando un estudio comprometido, hemos de saber que las Escrituras tienen un mensaje actual de justicia y liberación, de un Dios que no se conforma con la maldad humana, y que nos desafía a que construyamos una sociedad mejor. Por esto, no se trata de hacer una lectura meramente arqueológica o cientificista de la Biblia, sino de poner en práctica sus enseñanzas y su mensaje de amor a Dios y al prójimo. Para esto, debemos leer la Biblia en perspectiva hermenéutica.

Nuestro libro sagrado proviene de una sociedad pastoril y agrícola que transmitía de manera oral las noticias e historias de los antepasados y los vecinos. La Biblia como libro, el libro que tenemos en nuestras manos, es el resultado de una larga historia de narraciones de diversas familias y comunidades que, poco a poco, empezaron a escribirse en pequeños textos. Esos pequeños textos empezaron a compilarse en libros o “códices”. Esos libros empezaron a ser reunidos junto a otros libros. Y con el paso de cientos de años, llegaron a convertirse en una colección de libros.

Cuando nos preguntamos por quién escribió la Biblia, estamos mirando los textos antiguos con los lentes de nuestra época. Hoy podemos leer la Biblia como un libro, incluso como un libro digital. Pero debemos tener en cuenta que la Biblia proviene de un mundo muy diferente al nuestro, en el que era más importante contar historias alrededor de una fogata o en la cocina de la casa que ponerse a leer en una biblioteca.

De igual manera como los aspectos de una Constitución nacional se discuten con el paso del tiempo, las narraciones, leyes y literatura de la Biblia fueron escuchados, transmitidos, interpretados, escritos, reescritos, coleccionados, editados y finalmente compilados en un libro de libros que hoy llamados “Biblia”.

Un texto bíblico puede interpretarse como un texto constitucional para Israel y posteriormente para la Iglesia, y aun así puede ser reinterpretado a lo largo del tiempo. Por ejemplo, en 2 Samuel 7 se promete al rey David que sus hijos reinarán por siempre en el trono de Israel. Este texto tiene su origen en el siglo X a.C., en la época de la transición de los pastores seminómadas hacia un Estado más urbano.

La promesa a David funcionó como la ideología que dio autoridad al nuevo rey y a sus hijos. Pero con el paso del tiempo esta monarquía fue decayendo. Con el ascenso del imperio asirio, en el siglo VIII a.C., Israel casi desaparece. Pero algunas personas seguían creyendo que Dios había prometido el reino a los descendientes de David para siempre (1 Re 11,36; 15,4; 2 Re 8,19). Luego, en el siglo VII, la promesa fue aplicada a un rey y al templo, y se creyó que Dios habitaba con su pueblo en el templo. En el siglo VI, el imperio babilonio se llevó a muchos judíos para el exilio, perdiendo su tierra y todo el reino; el templo fue destruido e Israel se quedó sin rey. Pero aun así seguían creyendo en la promesa hecha a David para el futuro. De esta manera la misma promesa se reinterpretó, y muchas personas esperaban que en el futuro llegara el reinado de Dios mediante un descendiente de David, ya fuera real o simbólico.

En el siglo I d.C., cuando nació el cristianismo, muchas personas creyeron que la promesa del rey davídico había llegado a su cumplimiento en la persona de Jesús de Nazaret. Así es como un mensaje que empezó para legitimar al rey de Jerusalén, terminó aplicándose a un carpintero de Galilea en quien reposaron todas las esperanzas de la transformación de la comunidad frente a la invasión del imperio romano.

En la época en que se escribió la Biblia, la gran autoridad estaba en la transmisión oral y no tanto en los textos escritos. La importancia del “autor” de un texto era desconocida en el mundo antiguo. Los textos más importantes de Antiguo Oriente, tales como la Epopeya de Guilgamesh, el relato babilónico de la creación llamado Enumah Elish y muchos textos egipcios y cananeos no tienen un autor definido. Se trata de relatos originalmente orales que en algún momento fueron puestos por escrito por “escribas”, personas que tenían la profesión de escribir para las cortes de los reyes, y que hacían reformas y correcciones, pero no eran lo que conocemos por “autores”. De hecho la lengua hebrea antigua no tiene una palabra que signifique “autor”, sino que se refiere a “escriba”, como alguien que transmite una tradición y un texto de una generación a otra.

Las culturas antiguas eran orales. Las tradiciones y las historias eran contadas de boca en boca, especialmente por parte de las madres a los hijos y las personas ancianas. Estas historias tenían mucha autoridad para la comunidad y por esto los padres y las madres estaban obligados a enseñarlas a sus hijos, como dice Deuteronomio 6,6-7: “Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado”.

A partir del siglo II a.C., se empezó a expandir la cultura griega-helenística con el emperador Alejandro Magno. La cultura helenística valoraba los textos escritos, y ya contaba con legados importantes como La Ilíada y La Odisea, las Tragedias de Sófocles y los Diálogos de Platón. Para ellos sí era importante atribuir la autoría a los textos, y por esto dijeron que la colección de cantos orales sobre la guerra de Troya (llamados todos en su conjunto La Ilíada) eran escritos por el poeta Homero.

El mundo judío se vio influenciado por esta cultura helenística, y de esta manera empezó a atribuir sus textos a personajes importantes para su historia, tales como Moisés, Samuel, David, entre otros.

Sin embargo, si atendemos bien a los propios textos bíblicos, nos damos cuenta que estos personajes antiguos no son tanto autores sino personajes. Por ejemplo, el libro de Isaías empieza diciendo: “Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén en tiempos de Ozías, de Yotán, de Acaz y de Ezequías, reyes de Judá” (Isa 1,1). Y el texto mismo sugiere que los discípulos de Isaías recopilaron las palabras que el profeta había escuchado de parte de Dios y fueron ellos los que las pusieron por escrito (Is 8,16). Así vemos que los profetas recibían mensajes Divinos y los predicaban al pueblo, y eran sus secretarios los que tomaban nota, como es el caso de Baruc, el secretario de Jeremías (Jer 36,32).

La familia era la principal encargada de transmitir las tradiciones orales. Los Salmos, por ejemplo, muestran cómo la historia de Israel no era transmitida a través de un libro, sino a través de canciones, que eran enseñadas a los niños y las niñas por sus papás y sus mamás (Sal 105,1-2). La literatura de Sabiduría era transmitida oralmente, y sólo con el paso del tiempo los dichos de los sabios y de los padres y las  madres fueron puestos por escrito, como lo hace ver Proverbios 1,8: “Hijo mío, escucha los avisos de tu padre, no rechaces las enseñanzas de tu madre”. Algunos de estos proverbios son atribuidos a Salomón, pero se aclara que fueron recogidos por escribas de la corte, no escritos por el mismo rey: “Otros proverbios del rey Salomón que recogieron los escribientes de Ezequías, rey de Judá” (Prov 25,1).

En el Nuevo Testamento ya se escriben textos con autores definidos. Sin embargo, un escritor como Pablo sabe que es más importante la vida misma que viven los lectores que los textos propiamente escritos: “Nadie puede negar que ustedes son una carta de Cristo, que él redactó por intermedio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en corazones de carne” (2 Cor 3,3).

Para los rabinos judíos del primer siglo, había un vehículo de transmisión oral que se llamaba la Torah oral, y que servía como forma de interpretar la Torah escrita. Para los rabinos, era más importante esta Torah oral que la misma Torah escrita. La mayoría de la población no sabía leer, pero sí se podía aprender la tradición de memoria. En este sentido se consideraba que la Torah oral era más accesible a todos, mientras que sólo los alfabetizados podían acceder al texto escrito. Estos textos luego se escribieron y hoy se conservan en la Misná y el Talmud.

En el año 70 d.C., el Templo de Jerusalén fue invadido, y en el 135 fue destruido totalmente por parte del emperador romano Adriano. A causa de esto los judíos se dieron cuenta que era importante escribir y recopilar sus memorias, y también lo hicieron los cristianos. Así empezaron a juntar todas las tradiciones escritas y orales y ponerlas en forma de Canon, es decir una regla que les permitiera identificarse a lo largo del mundo. Así tanto los judíos como los cristianos pasaron a ser “pueblos del libro” hasta la actualidad. Sin embargo, esta historia nos hace recordar siempre que este “libro” proviene de muchos textos orales que se fueron componiendo y recomponiendo a lo largo del tiempo, y que hoy se llaman Biblia (Libros).

Por Juan Esteban Londoño en Lupa Protestante

jueves, 7 de agosto de 2014

Reflexiones sobre el amor

A causa del exceso de información —calificada o no—  los cristianos vivimos en una época convulsionada en muchos aspectos, entre ellos el florecimiento de la diversidad teológica. Abundan cada vez más subgrupos religiosos con sus doctrinas y distintos énfasis, dejando a la esencia del cristianismo tras una nebulosa bastante espesa. Por esta razón, hace un tiempo se disparó en mi mente un interrogante: ¿Qué es lo indispensable? ¿Qué actitud cristiana es indiscutible? En medio de tantas doctrinas, ¿Cuál es la directiva cardinal e inconfundible?

El problema de la respuesta es que no parece muy difícil de enunciar, y por eso es frecuente que sea tomada como una obviedad. Jesús dice que toda la ley y el mensaje de los profetas se resumen en amar a Dios y en amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:34-40). El apóstol Pablo hace su aportación diciendo que si no hago todo con amor, de nada me sirve. No hay duda de que estas sentencias son firmes. El amor es lo más importante y en la teoría todos lo sabemos. Pero esto, justamente, no termina aquí. La cuestión abre el juego a otros planteamientos.

La gran pregunta que sigue es: ¿Qué implica amar? O más profundo aun, y prácticamente insondable: ¿Qué es el amor?

Aunque Jesús nunca dio una definición teórica acerca de la esencia del amor, lo plasmó en la parábola del hijo prodigo; cuando se acercó a la mujer adultera y cuando sanó a un leproso, entre otras. Distintas manifestaciones con una tonalidad en común. El apóstol Pablo, no nos dice qué es el amor, sino cómo es en la primera carta a los Corintios capitulo 13. Tenemos, por tanto, algunas pistas a seguir.

Mi intención con lo que sigue a continuación es trasmitir algunas ideas al respecto. Sin pensar en una definición precisa, propongo responder añadiendo algunos sinónimos, que aunque por si solos no equivalen al concepto de amor en su totalidad, lo llevan implícito de alguna manera.

Si pienso en el amor como valoración, como algo que se aprecia, entonces quiero decir que también lo abrazo, que lo quiero cerca, que lo recibo, que no lo aparto, sino que lo atraigo hacia mí. Amar implica abrazar completamente. Amar es aceptar lo conocido.

Por eso no puedo amarme completamente si primero no me conozco. No estaba equivocado el oráculo de Delfos al mandar al hombre conocerse a sí mismo. Lo que quiere decir que no puedo entrar en contacto con algo si no tengo una percepción de eso o si lo ignoro. No puedo tomar lo indefinido. No puedo asir un objeto si no conozco sus contornos. Por eso mismo, insisto que para amarme —para realmente amarme— tengo que conocerme y así palpar mis propios límites.

Amarse a si mismo es valorarse, es reconocerse aun cuando haya cosas que no sean dignas de ser valoradas desde las exigencias de nuestros esquemas mentales. Sin embargo, amar no significa aprobar todo lo que encontremos dentro de nosotros. Dar la bienvenida a un pensamiento perverso no es aprobarlo. Cabe aclarar que cuando digo dar la bienvenida, estoy diciendo ‘acepto que esto está presente dentro de mí y no lo niego’.

Para brindarme cuidado y para protegerme tengo que tener noción de mi mismo, de mis necesidades y de mis carencias, mis inseguridades y mis miedos. Debo reconocer toda mi pobreza. Una vez que mis partes oscuras y reprimidas tienen lugar en mi conciencia, gracias al poder del amor puedo ser responsable para elegir como vivir. De este modo practicamos el amarnos a nosotros mismos. Pero aun nos queda otra cuestión. Esto es sólo una parte del recorrido.

En segundo lugar se me llama a conocer al otro y a aceptarlo, a aceptar su necesidad, a darle validez a su sufrimiento o a su alegría, tanto como si fuera yo mismo. Esta reciprocidad es indispensable: “La idea expresada en el bíblico ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la comprensión del si mismo, no pueden separarse del respeto, el amor y la comprensión del otro individuo” aporta Erich Fromm. En un sentido práctico, si no he aprendido a reconocer mi rabia y mi resentimiento, difícilmente puedo recibir esos sentimientos en el otro; sus palabras van a suscitar una resonancia incomoda y una defensa hostil por parte de mi ego. El resultado —velado o no— será el rechazo, que sin duda es uno de los dramas del hombre.

El amor es por tanto —según mi criterio— una conjugación de respeto, validación, aceptación, recibimiento y acogida. Es algo que no es un acto en si mismo, sino una actitud. Es un condimento que sazona nuestra forma de actuar, de forma sutil pero que logra un impacto profundo en el otro.

Si Dios nos recibe a nosotros como estamos, en nuestra indigencia, nosotros debemos recibirnos a nosotros mismos en la misma condición y a la vez recibir a los otros de la misma manera. Es la espiral del amor.

Dios da valor a nuestra vida y, como relata el salmista, no desprecia nuestras lágrimas. No pregunta de donde vienen, él simplemente las recoge, les da valor y sentido. Así mismo tenemos que hacer con nosotros mismos y con el otro, con todo lo que trae en sus espaldas. Debemos tratar su vida con respeto, como a algo frágil y de gran valor.

Scott Peck, psiquiatra cristiano estadounidense, insiste en que el verdadero amor implica crecimiento espiritual. Estoy de acuerdo, creo que la máxima dadiva del amor es lograr el desarrollo y crecimiento espiritual de la otra persona. Aun así “la persona que realmente ama, que valora el carácter único y diferente de la persona amada, se resistirá ciertamente a suponer ‘Yo tengo razón, tu estas equivocado; sé mejor que tu lo que te conviene’.” Señala Peck. Se ama principalmente respetando la autonomía. Es entonces cuando detrás de cada acto de amor está esa promoción suave y carente de coerción de la espiritualidad del otro, el impulso hacia la libertad, el hacer del otro un ser responsable y maduro, un ser autoconsciente, capaz de amar también a su prójimo. Que Dios nos ayude a que esto sea una realidad diaria, a disponernos a servir día a día, no necesariamente de manera formal en una actividad programada, sino continuamente con ese prójimo que nos fue dado —como en el caso de nuestros padres y hermanos— o que —como a nuestros cónyuges— hemos elegido para vivir.

Si somos realmente capaces de amar, tendremos en nuestras manos el poder sobrenatural de Dios. Bajo la ley del amor seremos realmente libres y podremos decir, como San Agustín en su homilía: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz no puede brotar sino el bien.”

Por Martin Payba Adet en Lupa Protestante

viernes, 1 de agosto de 2014

“La homofobia no está en la Biblia, sino en sus intérpretes”

El Dr. Renato Lings es traductor e interprete; doctor en Teología y escritor. Ha trabajado entre otras cosas como intérprete en el Parlamento Europeo, como profesor en la Universidad Bíblica Latinoamericana o investigador en la Queen’s Foundation for Ecumenical Theological Education. En 2011 publicó: “Biblia y homosexualidad; ¿se equivocaron los traductores?”. 

Empecemos por el principio. Naciste en Dinamarca dentro de una familia evangélica muy activa dentro de la Iglesia, de hecho tu padre era maestro y encargado parroquial. ¿Cómo fue para ti descubrir tu homosexualidad en ese contexto? ¿Y para tu familia?

Descubrir mi homosexualidad fue una experiencia muy extraña. A partir de los once años aproximadamente me fui dando cuenta que algunos varones me atraían poderosamente. Al mismo tiempo no me atrevía a mostrarles ningún afecto especial. Crecía en un ambiente rural cerrado y represivo en el que era peligroso “pasarse” y reinaba la conformidad en todo. La homosexualidad era un tema tabú y, como medida de autoprotección, yo guardaba instintivamente mi secreto. Durante toda mi adolescencia, nadie se enteró de mi vida sentimental. 

¿Cómo era el Dios que tenías dentro del armario? ¿Cambió en algo cuando finalmente pudiste salir de allí? 

Era un Dios contradictorio. Por un lado me enseñaron en la escuela dominical la importancia de Juan 3,16, versículo que dice: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna.” Es una afirmación hermosísima que me ha permitido conservar mi fe cristiana hasta la fecha. Al mismo tiempo, sin embargo, el Dios que reinaba en mi ambiente familiar tenía bastante de dictador porque muchas cosas nos estaban prohibidas. Por ejemplo, a mí y a mis hermanas y hermanos no nos permitían aprender a bailar y no podíamos leer libros y revistas con contenido erótico. A los 18 años intenté salir del armario acudiendo al médico de cabecera pero él me remitió a un psiquiatra bastante retrógrado que me aconsejó esperar algunos años más. Fue una etapa dura y depresiva, de una gran soledad. Sólo conseguí liberarme del armario cuando cumplía 24 años. Fue una auténtica experiencia liberadora. Empecé a entender a Dios de otra manera, aceptándolo como Creador de todo el universo y, por tanto, de la sexualidad humana. 

Tus primeros estudios a mediados de los años sesenta fueron “Literatura y Cristianismo” y “Filosofía, griego y hebreo”... interpreto que tenías interés por conocer más profundamente la Biblia. En aquel momento, ¿Qué significaba para ti la Biblia? ¿Era una fuente de liberación o de condena? 

Durante mi adolescencia llegó a aburrirme la Biblia hasta el punto de saciedad debido a la manera autoritaria en que nos la imponían. Para una persona joven como yo era prácticamente un documento fosilizado. Además, no me permitían cuestionar nada. Cuando tenía 21 años escuché una charla en que un teólogo analizaba el pecado de Sodoma y Gomorra. Terminó su reflexión afirmando que este relato bíblico condenaba “la homosexualidad”. Eso me asustó y aquel día la Biblia empezó a preocuparme de verdad. A partir de aquella experiencia me he esforzado por entender la naturaleza de la supuesta condena bíblica y desde entonces busco el lado liberador de las escrituras. 

Si nos centramos ahora en los textos bíblicos que tradicionalmente son utilizados por los cristianos conservadores para condenar a las personas homosexuales, me pareció interesante la propuesta de tu artículo “Los –yaceres- de una mujer”[1] en la que afirmabas que Levítico 18,22 se puede traducir como. “No cometerás actos de incesto con varones”. Nos puedes explicar brevemente, y para que podamos entenderlo, las razones de esta traducción y sus implicaciones. 

Es muy interesante el versículo 18,22 del Levítico. El lenguaje hebreo del texto original es opaco, muy difícil de entender. Por eso vienen acumulándose, desde tiempos antiguos, diferentes interpretaciones. Actualmente mis investigaciones bíblicas me permiten catalogar 14 lecturas distintas de Lev 18,22. ¿Cuál es la correcta? La respuesta es sencilla: “No sabemos”. La lectura menos probable es la que pretende presentar el versículo como una condena de “la homosexualidad”. Hace años que esta lectura está de moda porque a los traductores les facilita grandemente su trabajo. No obstante, es un anacronismo atribuir al redactor del texto hebreo actitudes “homófobas”. Este versículo no aporta ningún dato de interés para la gente LGTB de nuestros días. Si nos valemos de criterios literarios y lingüísticos a la hora de analizarlo, la clave interpretativa aparecerá por otro lado. Hasta tiempos muy recientes los estudiosos han hecho caso omiso del tema del incesto. No obstante, una amplia parte del capítulo 18 habla justamente de ese problema. Por tanto, recomiendo que tengamos en cuenta el tema del incesto a la hora de reflexionar sobre Lev 18,22. 

En otro de tus artículos, “Sodoma, escenario de un choque cultural”[2] afirmas que dramas como el de Sodoma pueden convertirse en instrumentos de liberación para las personas LGTB. ¿Puedes ponernos un ejemplo? ¿Cómo podemos acercarnos a esta historia bíblica desde nuestra realidad lgtb y sentirnos liberados? 

De acuerdo, es muy buena la pregunta porque a primera vista mi propuesta tal vez pueda parecer contradictoria. Si nos atenemos estrictamente a la tradición cristiana, el drama de Sodoma y Gomorra es opresor y violento. Ahí está el origen de toda nuestra vía crucis. Ahora bien, hay otra manera muy distinta de acercarnos al relato bíblico. Si deseamos respetar el testimonio que nos presenta la Biblia hebrea, ahí tenemos a los profetas Isaías, Ezequiel, Jeremías, y otros. Históricamente son los primeros intérpretes del drama de Sodoma. Según esta corriente interpretativa, el pecado de la ciudad no tiene nada que ver con supuestos delitos sexuales. Todas las voces proféticas utilizan el nombre de Sodoma como metáfora para criticar sin pelos en la lengua a los gobernantes y políticos de su época, tildándoles de idólatras, egoístas, arrogantes, opresores y violentos. Por ejemplo, léete el capítulo 1 de Isaías, fijándote en los versículos 10-17. También vale la pena estudiar Ezequiel capítulo 16, versículos 46-51. Si aprendemos a escuchar a los profetas para que nos enseñen a interpretar bíblicamente el drama de Sodoma, el proceso nos ayudará a liberarnos a nosotros mismos, a denunciar la injusticia y a ser solidarios con los desfavorecidos que malviven en nuestro entorno. 

Y si vamos al Nuevo Testamento y a las cartas Paulinas, por ejemplo en textos como Rm 1:26-27 o 1 Cor 6:9-10, podríamos interpretar que el Apóstol se posiciona en contra de las relaciones sexuales entre dos hombres. ¿Crees que es así? ¿Cómo deberíamos acercarnos las cristianas y cristianos de hoy a esos textos? 

Bueno, son textos muy curiosos y cada uno tiene sus complejidades. Te sugiero que vayamos por partes. Si nos acercamos primero a 1 Cor 6:9-10, te diré que muchos traductores se equivocan a la hora de interpretar dos vocablos griegos como son malakoi y arsenokoitai. Por su parte, malakoi significa “blandos”, “blandengues” o “débiles”, mientras que no se sabe prácticamente nada de arsenokoitai. Literalmente vendría a significar “varones-cama” o “varones que se acuestan”. Posiblemente la palabra tenga que ver con los burdeles y con el tráfico ilegal de prostitutas y de prostitutos jóvenes, negocio muy lucrativo en el imperio romano. Insisto, sabemos muy poco de este vocablo. Es importante darse cuenta que no aparece en la literatura erótica redactada en griego. Por esta razón no podemos interpretarlo como referencia a varones homosexuales. Debemos rechazar enérgicamente las traducciones equivocadas, de las que hay, lamentablemente, unas cuantas. 

 En cuanto a Rom 1:26-27 la situación es distinta. Según la tradición cristiana, Pablo critica allí a las personas homosexuales. Sin embargo, si sometemos estos versículos a un cuidadoso análisis literario, veremos que todos los verbos principales aparecen en tiempo pasado indicando que el apóstol se refiere a sucesos históricos conocidos. Algunos traductores de nuestra época se han atrevido a modificar los verbos convirtiéndolos en tiempo presente, tal vez para herir a la gente LGTB de hoy, pero se equivocan gravemente. El apóstol cita hechos ocurridos en el pasado remoto. Con respecto al versículo 26, se refiere probablemente a un grupo de mujeres que se prestó, en un momento determinado, para dedicarse a actividades sexuales “antinaturales” con varones. En tiempos antiguos, lo de “antinatural” quiere decir que sucede al margen del coito vaginal. Puede tratarse del sexo oral o anal. Los varones descritos en el versículo 27 parecen haber participado activamente en orgías, tal vez dedicadas a la Cibeles, diosa originaria de Asia Menor. En todo caso, el discurso de Pablo en este pasaje se inspira grandemente en el Libro de la Sabiduría que contiene una larga serie de denuncias de las prácticas idolátricas y de los excesos que acarrean. Ante todo, las críticas de Pablo se centran en la idolatría. En ningún momento le interesa condenar a dos personas que viven en pareja. La gente a que se refiere el apóstol en este pasaje no es cristiana sino pagana. Es absurdo aplicar esta polémica puntual, que surge en un debate ocurrido hace dos mil años, a las personas LGTB cristianas de nuestro tiempo que vivimos en una realidad muy distinta. 

 Para entender mejor a Pablo en la Carta a los Romanos, hay que leer la carta entera hasta llegar al capítulo 16. Demasiados lectores se limitan a estudiar algunos versículos del capítulo 1, ignorando que el texto continúa y que sirve para criticar a una persona determinada que vive en Roma. Esa persona aparece en el capítulo 2. En tiempos del apóstol no existía la división en capítulos que conocemos nosotros. Las denuncias expresadas en el capítulo 1 desembocan en el capítulo siguiente donde Pablo castiga verbalmente al “instructor” de origen judío que siembra la confusión en la comunidad cristiana recién constituida. Hacia el final de la carta (16:17) Pablo previene a sus lectores contra quienes predican doctrinas que le son ajenas: “Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que suscitan divisiones y escándalos contra la doctrina que habéis aprendido”.

Para estudiar este contexto, recomiendo las obras de los teólogos James Alison y Douglas Campbell. Este último intuye que la diatriba expresada en el capítulo 1 de la carta pertenece realmente al instructor judío y que Pablo la cita para después rechazarla enérgicamente. O sea, las opiniones vertidas en los versículos 1,26-27 no las comparte el apóstol sino todo lo contrario. Leída así, la carta comienza a tener una coherencia profunda, permitiéndonos apreciar mejor cuál es la misión principal del Apóstol de los Gentiles. Como él mismo dice en Rom 1:1 y 1:3, su cometido es anunciar y compartir el evangelio de Cristo Jesús. 

Si analizamos hoy el camino andado durante varias décadas por muchos cristianos y cristianas lgtb intentando aclarar o reinterpretar los textos bíblicos que los conservadores utilizan para condenarlos... ¿No te parece que intentar siempre justificarnos sólo muestra que no nos hemos liberado realmente de la homofobia? ¿Qué todavía les estamos intentando pedir que nos acepten en sus iglesias y en su mundo? ¿No te parece que esa dinámica siempre sitúa a las personas LGTB como las que tienen que justificarse y a las heterosexuales las que tienen que ser convencidas para dar su visto bueno?

 Es muy importante esa pregunta. Reconozco de plano que yo mismo caigo a veces en la postura defensiva viéndome obligado a justificar mi compromiso cristiano y mi derecho de pertenecer a una iglesia determinada. Hace tantos años que nos tienen acostumbrados a esta rutina que nos cuesta una barbaridad salir de ella, por muy incómoda y desagradable que sea. Yo he dedicado los últimos diez años de mi vida a reinterpretar los textos bíblicos explicándolos como mensajes que no condenan a las personas LGTB. Ya estoy seguro, completamente convencido, de que la Biblia no es enemiga sino una gran amiga nuestra. Pero todos necesitamos educarnos y estudiar mucho, tanto heterosexuales como las y los que nos definimos de otro modo. Llevamos encima una larga tradición eclesiástica que nos ha amargado la vida. Seamos claros: el problema está en la tradición y no en las escrituras. Volviendo a tu pregunta inicial, me parece que ya es hora que nos acostumbremos a interrogar y cuestionar a los que quieren condenarnos para conocer el motivo de tales actitudes. Ellos piensan tener a su lado la Biblia y la realidad es muy otra. Y, desde luego, insisto y repito que nos urge aprender a analizar las traducciones de la Biblia que usamos habitualmente para poder exponer y denunciar los fallos y errores que cometen los traductores con escalofriante frecuencia. A nosotros nos toca demostrarle al mundo lo que significa amar los escritos bíblicos. 

Supongo que hay muchos textos bíblicos en los que has reconocido a un Dios que te habla como cristiano y gay. Textos que te han liberado, dado fuerzas, te han consolado o dado esperanza... pero sin tener que dejar tu orientación sexual fuera. ¿Podrías compartir brevemente uno de ellos? 

Un texto bíblico que me ha inspirado grandemente es el libro de Rut. Se trata de una perla literaria y teológica. El narrador demuestra cómo una joven mujer pobre, viuda y extranjera (Rut) es aceptada por toda la comunidad de Belén, y bendecida por el Dios de Israel, gracias a su amor incondicional por una mujer israelita (Noemí). Cuando Rut ha dado a luz a Obed, su primogénito, todas las vecinas llevan al bebé al regazo de Noemí diciendo: “A Noemí le ha nacido un hijo”. De esta manera celebran públicamente el vínculo afectivo que existe entre ambas mujeres. 

La experiencia nos confirma que la homofobia no puede tener nada que ver con el evangelio de Jesús, ni con el amor de Dios. ¿Puedes compartir también un texto bíblico que muestre la incompatibilidad del seguimiento de Jesús y la homofobia? 

La homofobia es excluyente. Las personas que Jesús critica más a menudo son aquellas que excluyen y desprecian al prójimo. Jesús no tiene nada de homófobo. En Mateo 19:12 habla de los “eunucos”, término que abarca a personas que nacen asexuales o sin ganas de casarse heterosexualmente, por el motivo que sea. Es posible que esté incluida la gente LGTB. De todas maneras el texto pone en evidencia que Jesús se refiere a estos grupos con respeto. Recordemos también al centurión romano (Lucas 7 y Mateo 8). El diálogo que este oficial mantiene con Jesús nos demuestra que cualquiera que se acerque al Maestro con sinceridad y humildad será escuchado, por muy diferente que sea de la mayoría y a pesar de ser, como en este caso, representante de nada menos que la odiada ocupación militar romana. Por otra parte, es probable que el centurión lleve una relación de afecto especial con el joven siervo moribundo y que es justamente ese amor el que lo motiva a solicitar la intervención de Jesús. El Maestro celebra la gran fe del oficial y lo bendice en términos prácticos sanando inmediatamente al criado amado. También en esta situación cabemos, de alguna manera, las personas LGTB, si nos identificamos con el centurión y su pareja. Por último, he de señalar la relación de afecto que existe entre Jesús y el discípulo amado como la plantea repetidamente Juan Evangelista a partir del capítulo 11. A Jesús no le inquietan en lo más mínimo las relaciones entrañables entre dos personas del mismo sexo sino que las acepta en la práctica. Tanto es así que él mismo se nutre de la ternura especial que lo une a un discípulo muy querido. 

Actualmente los cambios sociales están haciendo que las iglesias tengan que posicionarse respecto a las personas LGTB. Vemos como algunas iglesias en Europa abren sus puertas para ellas, pero otras, como en el caso de España, todavía las tienen cerradas. Todo eso se traduce en tensiones y enfrentamientos.... ¿Qué papel puede tener la Biblia para superar todo esto? ¿Cómo deberíamos acercarnos a ella para que fuera un lugar donde buscar luz y no un ladrillo que lanzarnos a la cabeza? 

La persecución homófoba que orquestan algunas iglesias poderosas se basa ante todo en el prejuicio y en unos pocos textos bíblicos interpretados erróneamente. El problema no está en la Biblia sino en sus intérpretes. Estos hechos vienen documentándose cada año más como lo demuestran, por ejemplo, algunos libros míos. La documentación más amplia de esta temática se encuentra en mi última obra en inglés titulada Love Lost in Translation. Todo mi trabajo teológico lo dedico a dos esfuerzos: (1) reinterpretar la Biblia y (2) denunciar los múltiples errores cometidos por los traductores, quienes actúan así no por maldad sino por ignorancia y debido a su formación en el seno de una larga tradición eclesiástica de índole homófoba y misógina. Y mientras yo viva no me cansaré de hablar de la gran riqueza psicológica y teológica que contiene la Biblia para toda la gente LGTB que quiera profundizar su fe y crecer espiritualmente. El mejor guía para el viaje es el que nos llama diciendo: “Sígueme”. 

Visitar página de Renato Lings 

Por Carlos Osma en Lupa Protestante



[1] Theology and Sexuality. Volume 15.2, 2009, pp. 231-250.
[2] Lisa Isherwood (ed.). Patriarchs, Prophets, and Other Villiains. Londres, 2007.

domingo, 27 de julio de 2014

El humor como expresión de salud psíquica y espiritual

Todos los seres vivos superiores poseen un acentuado sentido lúdico. Basta observar a los gatos y los perros de nuestras casas. Pero el humor es propio sólo de los seres humanos. El humor nunca fue considerado un tema «serio» por la reflexión teológica, aunque es sabido que se encuentra presente en todas las personas santas y místicas, que son los únicos cristianos verdaderamente serios. En la filosofía y en el psicoanálisis tuvo mejor suerte.

Humor no es sinónimo de chiste, pues puede haber chiste sin humor y humor sin chiste. El chiste es irrepetible; repetido, pierde su gracia. La historieta llena de humor conserva siempre su gracia y nos gusta oírla muchas veces.

El humor sólo puede ser entendido a partir de la profundidad del ser humano. Su característica es ser un proyecto infinito, portador de inagotables deseos, utopías, sueños y fantasías. Tal dato existencial hace que haya siempre un desajuste entre el deseo y la realidad, entre lo soñado y su concretización.

Ninguna institución, religión, Estado ni ley consiguen encuadrar totalmente al ser humano, aunque para encuadrarlo exista justamente cierto tipo de orden. Pero él desborda estas determinaciones. De ahí la importancia de la violación de lo prohibido para la vivencia de la libertad y para que surjan cosas nuevas. Y esto en el arte, en la literatura y también en la religión.

Cuando nos damos cuenta de esta diferencia entre la ley y la realidad ―véase por ejemplo, la esdrújula moral católica sobre la prohibición de usar el condón en estos tiempos en que abunda el sida― surge el sentido del humor. Dan ganas de reír, pues tiene todo tan poco buen sentido y es tanto hablar en pleno desierto, ya que nadie escucha ni observa, que sólo puede provocarnos humor. Esas personas viven en la luna, no en la Tierra.

En el humor se vive el sentimiento de alivio del peso de las limitaciones y del placer de verlas relativas y sin la importancia que ellas mismas se dan. Por un momento, la persona se siente libre de los superegos castradores, de las imposiciones que nos exige la situación y realiza una experiencia de libertad, como una forma de plasmar su tiempo, dar sentido a lo que está haciendo y construir algo nuevo. Detrás del humor existe la creatividad, propia del ser humano. Por más limitaciones naturales y sociales que haya, siempre hay espacio para crear algo nuevo. Si no fuese así, no habría genios en la ciencia, en el arte y en el pensamiento. Inicialmente son tenidos por «locos», excéntricos, anormales. Mucho tiempo después, una nueva mirada descubre la genialidad de un van Gogh, la creatividad fantástica de Bach, casi desapercibidas en su tiempo. Se dice de Jesús que los suyos vinieron a llevárselo, pues decían “está loco” (Mc 3,21). De San Francisco se dijo lo mismo: es un «pazzus», un loco, cosa que él aceptaba como expresión de la voluntad de Dios. Y era un santo lleno de humor y alegría hasta el punto de llamarlo «el fraile siempre alegre».

En palabras más pedestres: el humor es señal de que nos es imposible definir al ser humano dentro de un cuadro establecido. En su ser más profundo y verdadero es un creador y un ser libre.

Por eso puede sonreír y mirar con humor los sistemas que lo quieren aprisionar en categorías establecidas. Y el ridículo que constatamos en señores serios (por ejemplo, profesores, jueces, directores de escuela y hasta monseñores) que quieren, solemnemente y con aires de una autoridad superior cuasi divina, hacer a los otros ciegos y sumisos, o que obedezcan cual ovejas a sus órdenes. Eso también causa humor.

Estaba en lo cierto aquel filósofo (Th. Lersch Philosophie des Humors, Múnich 1953, 26) que escribió: «La esencia secreta del humor reside en la fuerza de la actitud religiosa, pues el humor ve las cosas humanas y divinas en su insuficiencia delante de Dios». Desde la seriedad de Dios, el ser humano sonríe de las seriedades humanas con pretensión de ser absolutamente verdaderas y serias. Son nada delante de Dios. Y existe también toda una tradición teológica que nos viene de los Padres de la Iglesia Ortodoxa que hablan del Deus Ludens (Dios lúdico), pues creó el mundo como un juego para su propio entretenimiento. Y lo hizo sabiamente, uniendo humor con seriedad.

Quien vive centrado en Dios tiene motivos para cultivar el humor. Relativiza las seriedades terrenas, hasta los propios defectos y es un ser libre de preocupaciones. Santo Thomas Moro, condenado a la guillotina, cultivó el humor hasta el final: pedía a los verdugos que le cortasen el cuello pero que no le tocasen la larga barba blanca. San Lorenzo sonría con humor a los verdugos que lo asaban en la parrilla y los invitaba a darle la vuelta porque un lado ya estaba bien cocido, o san Ignacio de Antioquia, anciano obispo de la primera Iglesia, que suplicaba a los leones que viniesen a devorarlo para pasar más rápidamente a la felicidad eterna.

Conservar esta serenidad, vivir en estado de humor y comprenderlo a partir de las insuficiencias humanas es una gracia que todos debemos buscar y pedir a Dios.

Por Leonardo Boff en Redes Cristianas

martes, 22 de julio de 2014

Centenario del templo de la Iglesia de El Salvador, 1914-2014

Bajo el lema “Yo soy la luz del Mundo“, la Iglesia de El salvador ( Noviciado, 5 – Madrid), va a celebrar un serie actos en conmemoración de los 100 años de existencia de su templo. Los objetivos que persiguen mediante la celebración de su centenario son:

1. Conmemorar 100 años de historia de nuestro templo poniendo en valor su historia y su ministerio al servicio de la obra de Dios en Jesucristo.

2. Dar a conocer en el entorno nuestra fe protestante y su relación con el espacio litúrgico.

3. Abrir nuestras puertas y nuestra historia públicamente.

4. Compartir con nuestros hermanos y hermanas en la fe y con la sociedad nuestro agradecimiento a Dios por este don.

5. Fortalecer el sentido de pertenencia y el valor de nuestro testimonio en comunidad.

ICM Pan de Vida participara activamente en los actos conmemorativos del centenario, puesto que este templo es también nuestra casa, en donde hemos sido recibidos con cariño y respeto.

Os recomendamos no perderos las charlas del mes de noviembre tituladas "Hacia una Iglesia acogedora" en las que ICM hablara sobre diversidad. 

Puedes descargar el folleto informativo pulsando aquí.

domingo, 20 de julio de 2014

Semana Mundial por la Paz en Palestina e Israel

Del 21 al 27 de Septiembre, el Consejo Mundial de Iglesias invita a las iglesias miembros y organizaciones conexas a unirse a la semana de sensibilización y acción en favor de una paz justa en Palestina e Israel. Quienes comparten la esperanza de justicia están invitados a realizar juntos acciones pacíficas y a crear un testimonio público internacional común.

Cómo participar

Durante la Semana Mundial por la Paz en Palestina e Israel, las iglesias de diferentes países envían una clara señal a los responsables de las políticas, a los públicos interesados y a las propias parroquias sobre la necesidad urgente de un acuerdo de paz que garantice los derechos legítimos y el futuro de ambos pueblos. Se pide a los participantes que planifiquen sus actividades en torno a estos puntos:

  1. Orar con las iglesias que viven bajo la ocupación, utilizando una oración especial de Jerusalén.
  2. Educar sobre acciones que contribuyen a la paz y sobre hechos reales que se oponen a ella, especialmente los asentamientos en el territorio ocupado.
  3. Sensibilizar a los líderes políticos utilizando políticas ecuménicas que promuevan la paz con justicia.

¿Porqué?

La semana pide a los participantes que traten de alcanzar la justicia para los palestinos a fin de que tanto israelíes como palestinos puedan por fin vivir en paz. Hace 66 años se proclamó la creación del Estado de Israel. Esto no ha dado lugar a la creación de un Estado palestino independiente, sino que ha intensificado la tragedia del pueblo palestino. Han pasado más de 40 años desde que la ocupación de Jerusalén Este, la Rivera Occidental y Gaza destruyera el ideal pacífico de una tierra, dos pueblos.

Sin embargo, el sueño de una nación no puede cumplirse a expensas de la otra.

El mensaje de la semana de acción es que ahora
  • Es tiempo de que los palestinos e israelíes compartan una paz justa.
  • Es tiempo de liberarse de la ocupación.
  • Es tiempo de igualdad de derechos.
  • Es tiempo de sanar las almas heridas.

lunes, 14 de julio de 2014

La Iglesia de Inglaterra vota favor de las mujeres obispo

Dos años después del rechazo inicial, la Iglesia de Inglaterra ha dicho finalmente "sí" a las mujeres obispo. El sínodo anglicano, reunido desde hace dos días en York, ha resuelto finalmente el dilema y ha votado a favor con el triple apoyo de las altas jerarquías, de los clérigos y de los representantes laicos, cuyas resistencias tumbaron la iniciativa en el 2012. 

"Hoy es un día para la historia", dijo el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, en un último llamamiento al sínodo, que fue poco a poco inclinándose hacia "sí" gracias a las concesiones ofrecidas a los grupos tradicionalistas laicos (que tendrán derecho a pedir una alternativa masculina cuando una mujer sea puesta al frente de una diócesis).

Welby anticipó que la primera mujer-obispo podría ser ordenada en el mes de noviembre y vaticinó incluso que, cuando llegue el día, podría ceder el testigo a una "sucesora", como primera arzobispa de Canterbury.

El apoyo entre los propios obispos masculinos ha sido abrumador en la votación del sínodo: 37 a favor, dos en contra y una sola abstención. Entre los clérigos han existido más discrepancias: 162 a favor, 25 en contra y cuatro abstenciones. En el sector laico, el más resistente, la votación ha sido de 152 a favor, 45 en contra y 13 abstenciones.

El primer ministro David Cameron y todas las fuerzas políticas británicas han dado la bienvenida a una medida que introduce la igualdad de género en las altas jerarquías eclesiásticas, veinte años después de la ordenación de las primeras mujeres sacerdotes de la Iglesia Anglicana. El 74% de los británicos respalda la idea de que una mujer pueda ser obispo.